Peón

Capítulo 36

Un frío terrible le recorrió la espalda.

No nos están protegiendo. Nos están pastoreando.

Buscó a Rubén con la mirada. No estaba. El exmilitar había desaparecido en las sombras hacía diez minutos. Marcos se levantó despacio, intentando no llamar la atención, y se deslizó hacia la oscuridad, rezando para que Rubén hubiera visto lo mismo que él.

La noche en la isla no era silenciosa. Era una sinfonía de ruidos extraños. El viento silbaba entre las rocas volcánicas y, de vez en cuando, se oía el bzzzt eléctrico de un mosquito patrullando. Marcos fingió hacer una guardia en el borde del perímetro.

Miró su reloj. Las 02:00. Faltaba una hora para el relevo. Se frotó los ojos llenos de tierra. Miró a los mercenarios. Uno al norte. Uno al sur. Uno al este. Uno al oeste. El del norte estaba sentado sobre un tronco, mirando hacia las tiendas. El del sur tenía el rifle apoyado en las rodillas, apuntando vagamente hacia la tienda de Lucía. Eran guardias de prisión. Una mano le tapó la boca desde atrás antes de que pudiera hacer un ruido. Marcos dio un salto, pero la mano era de hierro.

—Tranquilo —le susurró Rubén al oído—. Soy yo. No hagas movimientos bruscos.

Rubén lo soltó. El exmilitar se agachó a su lado en la maleza. Llevaba la cara manchada de barro y ceniza. Parecía una parte más de la isla.

—¿Te has dado cuenta? —preguntó Rubén.

—Están mirando hacia dentro —susurró Marcos—. Nos tienen encañonados.

—Sí. Y sé por qué.

Rubén sacó una cantimplora y bebió un trago.

—He estado cerca de la tienda de mando de Kane. Hace diez minutos ha recibido una transmisión por satélite. Encriptada, pero Kane tiene la voz grave y las paredes de lona son finas.

—¿Qué ha dicho?

—Era Cole. La orden ha sido clara: "Limpieza a las 03:00. Asegurad los activos y eliminad los pasivos".

Marcos sintió que el estómago se le caía a los pies.

—Los activos son las pistolas y el USB —dijo—. Los pasivos...

—Somos nosotros.

—Exacto. Tienen orden de ejecutar a todo el equipo de Lleida mientras dormís. A las tres en punto.

Marcos miró su reloj. 02:15.

—Tenemos cuarenta y cinco minutos —dijo Marcos, sintiendo ganas de vomitar la barrita energética—. Tenemos que despertar a los demás. Tenemos que huir.

—No —le cortó Rubén.

—Rubén, van a matarnos...

—Si despertamos a todos, harán ruido. Se notará el pánico. Dani gritará. Sandra llorará. Los mercenarios tienen visión nocturna y rifles térmicos. Si intentamos correr, nos cazarán por la espalda en diez segundos.

Rubén señaló al cielo, donde las luces azules patrullaban.

—Y si disparamos... alertaremos al Nido. Y entonces moriremos todos, incluidos ellos.

—¿Entonces qué hacemos? ¿Esperar nuestro turno?

—No.

Rubén sacó su cuchillo. La hoja negra no reflejaba la luz de la luna.

—Nosotros atacamos primero. Pero tiene que ser en silencio. Quirúrgico.

—Rubén... somos tres contra ocho. Y yo no soy un soldado. Soy un estudiante que suspende física.

—Hoy vas a tener que aprobar. ¿Dónde está Javier?

Encontraron a Javier en su puesto de "guardia" (lejos, donde Kane lo había puesto para que no molestara). Estaba despierto, acariciando el gatillo de su rifle. Cuando Rubén le explicó la situación, Javier no se asustó. Sonrió.

—Por fin —dijo Javier. Hizo ademán de cargar el rifle.

—¡Quieto! —Rubén le agarró el arma—. Nada de fuego. Nada de ruido. Tienen que ser cuchillos.

—Me vale —dijo Javier, sacando una navaja de caza enorme de su bota—. ¿A quién mato primero?

Rubén los reunió en un círculo cerrado, ocultos tras unos helechos gigantes.

—Escuchadme bien. Faltan cuarenta minutos. Hay ocho objetivos. Kane está en su tienda. Hay cuatro guardias despiertos en el perímetro. Tres duermen.

Rubén miró a Marcos.

—Marcos, tú y Javier no sabéis hacer esto. Pero vais a tener que aprender rápido, porque si falláis, Lucía muere. Sandra muere. Dani muere. ¿Entendido?

Marcos asintió, tragando bilis.

—¿Cómo se hace? —preguntó Marcos. Le temblaban las manos.

—No es como en las películas —dijo Rubén, frío y técnico—. No se trata de clavar el cuchillo y ya está. La gente grita. La gente lucha. Tenéis que anular el sonido antes de anular la vida.

Rubén se colocó detrás de Marcos para hacer la demostración.

—Paso uno: Mano a la boca y nariz. Sella las vías respiratorias. Tira de la cabeza hacia atrás para exponer el cuello y desequilibrarlo.

Marcos sintió la fuerza de Rubén. Estaba indefenso.

—Paso dos: El cuchillo.

Rubén le tocó el lado derecho del cuello con el dedo.




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