Peón

Capítulo 37

En el centro del perímetro, la tienda de mando de Kane brillaba como una linterna china. Dentro, el capitán mercenario estaba de pie frente a la mesa de comunicaciones. Se llevó la mano al auricular.

—Alpha Uno, informe.

Silencio. Solo estática.

—Bravo Dos, dame situación.

Estática.

Kane frunció el ceño. No era interferencia. Era el silencio del vacío.

—Delta...

Se detuvo. Era un profesional. Sabía lo que significaba el silencio repentino de siete hombres entrenados.

Han caído.

No entró en pánico. Su ritmo cardíaco apenas subió. Dejó el auricular sobre la mesa con calma. Su mano derecha bajó lentamente hacia la funda de su pierna. Desemfundó su cuchillo de combate: un Ka-Bar de hoja negra y filo serrado. Se giró lentamente hacia la entrada de la tienda.

—Podéis dejar de esconderos —dijo Kane a la noche—. Sé que estáis ahí.

La lona de la entrada se apartó. Rubén entró. Estaba solo. Llevaba la ropa manchada de barro y sangre fresca que no era suya. Se había quitado las gafas de sol y las había colgado del cuello de la camiseta. Sus ojos, desnudos por primera vez, eran dos piedras de pedernal a punto de soltar chispas. En su mano derecha, su propio cuchillo brillaba a la luz de la lámpara LED.

—Solo soy yo, Kane —dijo Rubén.

Kane soltó una risa breve, seca. Evaluó a Rubén de arriba abajo.

—Así que las ovejas tenían dientes. Impresionante.

—No somos ovejas. Somos lo que queda.

—Has matado a siete de mis hombres. —Kane ladeó la cabeza—. Eso te va a salir caro, abuelo. Esos contratos tienen cláusulas de indemnización muy altas.

—Pásame la factura en el infierno.

Kane salió de detrás de la mesa. Se movía con una ligereza felina, rebotando sobre las puntas de los pies. Era más joven que Rubén, más rápido, y tenía más alcance.

—Te di una oportunidad en el pasillo del submarino —dijo Kane, empezando a girar en círculo alrededor de Rubén—. Te ofrecí un trabajo. Una salida. Podrías haber vivido como un rey con la paga de este trabajo.

—Y tú podrías haber sido un soldado decente en lugar de una puta barata de Wall Street.

La sonrisa de Kane desapareció.

—Vamos a ver si sangras tan bien como ladras.

Kane atacó. Fue un estallido de velocidad. Se lanzó hacia delante con una estocada baja al estómago. Rubén la vio venir y giró la cadera, desviando la hoja con la suya. El metal chirrió contra el metal. Saltaron chispas. Pero Kane no se detuvo. Usó el impulso para girar y lanzar un codazo a la cara de Rubén.

Crac.

Rubén encajó el golpe en el pómulo. La piel se abrió. La sangre le bajó por la mejilla al instante. Rubén no retrocedió. Aprovechó la cercanía y lanzó un tajo corto hacia el cuello de Kane. Kane tuvo que echarse hacia atrás, pero la punta del cuchillo de Rubén rasgó su chaleco táctico y le hizo un corte superficial en el pecho. Se separaron, jadeando. La primera sangre estaba vertida.

—Lento —se burló Kane, limpiándose la sangre del pecho con el dedo y probándola—. Eres lento, viejo. Te pesan los años.

—A ti te pesa el ego —replicó Rubén, escupiendo sangre al suelo.

Volvieron a chocar. Esta vez fue una maraña de agarres y cuchilladas cortas. Era una pelea de cárcel, sucia y técnica. Kane lanzó una patada a la rodilla de Rubén. Rubén gruñó de dolor, su pierna falló por un segundo. Kane aprovechó la apertura. Le metió un puñetazo en las costillas flotantes que le sacó el aire. Rubén se dobló, pero usó el movimiento para cabezear a Kane en la nariz.

La nariz de Kane crujió. Los dos cayeron hacia atrás, rodando por el suelo de la tienda, tirando la mesa y los equipos de comunicaciones. Se pusieron de pie a la vez. Estaban destrozados. Rubén respiraba con dificultad, agarrándose el costado. Kane tenía la cara llena de sangre que le manaba de la nariz rota, dándole un aspecto demoníaco.

—¿Eso es todo? —jadeó Kane, escupiendo un diente—. ¿Eso es todo lo que te enseñaron en la Legión? Tengo trucos que ni siquiera has visto en tus videojuegos, niñato.

—Veamos este.

Kane se lanzó con una finta. Hizo ver que iba a la cara, pero cambió de nivel y barrió las piernas de Rubén. Rubén, agotado y herido, no fue lo bastante rápido. Cayó de espaldas con un golpe sordo que le sacó el poco aire que le quedaba. Intentó levantar el cuchillo, pero Kane fue más rápido.

Kane saltó sobre él. Le pisó la muñeca armada con la bota, inmovilizándole la mano derecha contra el suelo. Rubén gritó cuando sintió los huesos de la muñeca crujir bajo el peso. Kane se dejó caer encima, inmovilizando el otro brazo de Rubén con su rodilla. Estaba encima. Tenía el control total. Rubén estaba atrapado. Kane acercó su cara a la de Rubén. La sangre de su nariz goteaba sobre la cara del español.

Kane sonrió. Una sonrisa roja y rota. Levantó su cuchillo. La punta brillaba, letal, apuntando directamente al corazón de Rubén. Empezó a bajarlo despacio, disfrutando del momento.




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