Peón

Capítulo 38

El amanecer en la isla no trajo esperanza. Trajo calor y moscas sobre los cadáveres.

Marcos estaba sentado en una roca volcánica, mirando cómo el sol intentaba abrirse paso entre la niebla sulfurosa. Le dolía todo el cuerpo. Un dolor sordo y profundo que le llegaba hasta los huesos.

A su alrededor, el grupo presentaba un aspecto desolador. Rubén estaba sentado contra un árbol, con el torso desnudo y lleno de hematomas que iban del morado al negro. Esther y Sandra estaban arrodilladas a su lado, terminando de vendarle las costillas con mano firme pero caras pálidas.

El exmilitar respiraba con silbidos cortos. Apretó los dientes cuando Sandra ajustó el nudo del vendaje. Tenía el pómulo izquierdo hinchado, del tamaño de una ciruela, pero sus ojos seguían vigilando el perímetro, con la pistola de Kane en el regazo.

—Tenemos que irnos —dijo una voz rasposa.

Era Javier. No estaba abatido. Al contrario. Estaba de pie, limpiando su cuchillo de caza con un trozo de tela que ya no era blanco. Lo hacía con movimientos rápidos, nerviosos. Sus ojos brillaban con una impaciencia febril.

—Ya hay luz —insistió Javier, mirando hacia la selva—. Sabemos dónde están. No sé qué coño hacemos aquí sentados esperando a que nos encuentren. Vamos a por ellos.

—Siéntate, Javier —ordenó Lucía.

Estaba de pie junto a la radio de largo alcance que le habían quitado al cadáver de Kane. Se había lavado la sangre de la cara y vuelto a poner la chaqueta táctica.

—No vamos a atacar el Nido hoy.

—¿Por qué no? —Javier señaló el rifle—. Estamos listos. Ellos están muertos. No hay nadie que nos pare.

—¿Listos? —Lucía señaló a Rubén—. Rubén tiene las costillas rotas. Marcos está en shock. Y tú pareces a punto de estallar.

Lo miró a los ojos.

—Si vamos ahora, cometeremos errores. Y allí no hay margen de error.

Javier bufó y escupió al suelo. Pero envainó el cuchillo con un golpe seco. Se quedó allí, paseando de un lado a otro como un tigre en una jaula demasiado pequeña. Lucía se giró hacia la radio. Respiró hondo, cerró los ojos un segundo para componer su mentira y pulsó el botón de transmisión.

Leviatán, aquí equipo de tierra. ¿Me reciben?

Hubo un momento de estática. Luego, la voz del capitán del submarino resonó, metálica y claramente molesta.

Aquí Leviatán. Informe de situación. ¿Por qué no responde Kane? Se ha saltado dos ventanas de comunicación.

Marcos contuvo el aliento.

Aquí viene. Si no se lo traga, nos quedamos en esta roca para siempre.

—Kane está... ocupado —dijo Lucía, con una frialdad que le heló la sangre a Marcos—. Está asegurando el perímetro interior. Hemos tenido problemas con el equipo de triangulación.

¿Problemas?

—La interferencia magnética de la isla es más fuerte de lo previsto. Los sensores de Kane están fritos. Estamos intentando recalibrarlos manualmente.

¿Y qué pasa con el objetivo? ¿Habéis localizado el Nido?

—Tenemos una ubicación probable, pero no podemos confirmarla sin los sensores. Y el terreno es peor de lo esperado. Necesitamos cuarenta y ocho horas.

¿Cuarenta y ocho? —ladró el capitán—. Negativo. Mis órdenes son extracción al amanecer de mañana.

—Necesitamos veinticuatro para reparar el equipo y asegurar la ruta, y otras veinticuatro para la incursión y el regreso —le cortó Lucía.

Hizo una pausa calculada.

—Si nos vamos antes, volvemos con las manos vacías. Y dudo mucho que a Cole le guste oír que su inversión de millones de dólares fracasó porque el capitán del submarino tenía prisa. ¿Quiere ser usted quien se lo explique?

Hubo un silencio largo y pesado al otro lado de la línea. Solo se oía la estática y el zumbido de las moscas verdes.

De acuerdo —dijo finalmente el capitán, a regañadientes—. Cuarenta y ocho horas. Mantendremos posición a profundidad de periscopio. Pero si pasado ese tiempo no hay contacto, nos largamos. Con o sin vosotros. Leviatán fuera.

Lucía bajó la radio. Soltó el aire despacio.

—Comprado —dijo.

—Mentira piadosa —comentó Marcos, con la voz ronca—. Se te da bien.

Lucía le lanzó una mirada cansada.

—No es piadosa, Marcos. Es necesaria. Ahora, tenemos trabajo.

Se giró hacia Dani y Luis, que estaban sentados lejos de los cuerpos cubiertos por lonas, intentando no mirar hacia allí .

—Dani, Luis. Levantaos.

Los dos la miraron, asustados.

—Hay que limpiar el campamento. No quiero que esos cuerpos atraigan animales o patrullas aéreas. Arrastradlos fuera del claro. Juntadlos allí, detrás de esos arbustos.

—¿Nosotros? —preguntó Dani, con la voz temblorosa—. ¿Tocar... tocarlos?

—Sí, vosotros. —Lucía señaló las tiendas de los mercenarios—. Limpiad el campamento. Arrastradlos fuera de la vista.




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