Peón

Capítulo 39

A la mañana siguiente, la selva decidió que no los quería allí.

Si la playa era un paisaje lunar muerto, el interior de la isla era un invernadero diseñado por un sádico. La vegetación no crecía; atacaba. Helechos con bordes de sierra, lianas que parecían cables de acero y un musgo resbaladizo que cubría rocas afiladas como cuchillos.

Avanzaban en fila india. Rubén iba en punta, abriendo camino con el machete en silencio. Lucía iba detrás, brújula en mano. Marcos iba en el centro, cargando la mochila con el Octanitrocubano. Se sentía como si llevara una cabeza nuclear atada a la espalda. Detrás de él, el resto del circo.

Llevaban dos horas de marcha cuando llegaron a un desnivel pronunciado. Una pared de roca y raíces de unos tres metros de altura. Rubén subió como si tuviera ventosas. Lucía lo siguió. Marcos se agarró a una raíz, resbaló, se raspó la rodilla y subió con la gracia de un saco de patatas, protegiendo la mochila a toda costa.

Le tocó a Dani. El chico estaba rojo, sudando como si estuviera en una sauna, con las gafas empañadas. Intentó subir, pero su bota resbaló en el musgo.

—¡Mierda! —susurró, a punto de caer hacia atrás.

Una mano lo agarró por la correa de la mochila. Era Esther.

—Te tengo, genio —dijo ella, tirando hacia arriba.

Pero Dani pesaba —o su mochila llena de electrónica pesaba—. Esther resbaló un poco. Entonces, apareció otra mano. Sandra.

Sandra, que había estado evitando mirar a Dani durante todo el viaje, se colocó al otro lado. Agarró el brazo de Dani con firmeza.

—A la de tres —susurró Sandra, mirando a Esther—. Una, dos, tres.

Tiraron juntas. Dani salió despedido hacia arriba, aterrizando de bruces en el barro como un pez fuera del agua, pero a salvo. Esther y Sandra se quedaron de pie, respirando agitadamente, con las manos todavía unidas por el esfuerzo. Esther miró a su novia, sorprendida por la rapidez de su ayuda.

—Pensé que lo dejarías caer —susurró Esther, medio en broma.

Sandra se limpió el barro de las manos en los pantalones, pero no apartó la mirada de los ojos de Esther. Su expresión ya no era de celos, sino de determinación.

—Te dije que iba a intentarlo —dijo Sandra, con voz ronca—. Si este tirillas es importante para la misión... y para ti... entonces no voy a dejar que se mate por el camino.

Miró a Dani, que intentaba desenredarse de un helecho.

—Estamos juntas en esto. Los tres, si hace falta. Superaré lo mío, Esther. Te lo prometo.

Los ojos de Esther se llenaron de luz. Se inclinó hacia adelante, le apartó un mechón de pelo sudado de la cara a Sandra y le dio un beso rápido y suave en los labios.

—Gracias, San —susurró—. Te quiero.

—¡Gracias, chicas! —jadeó Dani desde el suelo, rompiendo el momento romántico con la delicadeza de un elefante—. ¡Joder, sois muy fuertes!

Sandra se separó de Esther lentamente, rodando los ojos, pero Marcos vio que ocultaba una media sonrisa.

—Y tú pesas mucho para ser un alfeñique —dijo Sandra, dándole una palmada en la espalda—. Venga. Levanta y anda.

Siguieron avanzando. El calor era asfixiante. De repente, Rubén levantó el puño cerrado. La señal universal de «Para o muere». Rubén se giró muy despacio y les hizo un gesto con la mano plana hacia el suelo. Abajo. Ya.

Marcos reaccionó rápido. Quizás demasiado rápido. Se tiró al suelo de golpe. La mochila con el explosivo golpeó una raíz saliente con un THUD seco y contundente. Rubén se giró hacia él con unos ojos que prometían dolor físico más tarde, pero se llevó un dedo a los labios. Entonces lo oyeron.

Bzzzzzt...

No era el viento. Era un zumbido eléctrico, grave. Marcos apartó una hoja de helecho. A diez metros delante de ellos, en un claro, el aire se distorsionó. Un mosquito pasó flotando. Iba bajo, a la altura de la cabeza. Giró sobre su eje. Su "ojo" azul barrió la selva. El haz de luz pasó por encima de ellos. Marcos contuvo la respiración hasta que le dolieron los pulmones.

No estornudes. Por tu vida, no estornudes.

El mosquito se quedó allí, suspendido.

Clic. Clic.

Sonó como el obturador de una cámara. Luego, emitió un pitido agudo y se alejó hacia el norte. Esperaron dos minutos completos.

—Limpio —susurró Rubén.

Se acercó a Marcos en tres zancadas rápidas. Lo agarró de la pechera y lo levantó del suelo, pegándolo contra el tronco de un árbol.

—¿Eres idiota? —siseó en su cara—. ¿Sabes lo que llevas en la espalda?

—Me... me he tropezado...

—¡Llevas diez kilos de Octanitrocubano, joder! —Rubén le clavó el dedo en el pecho—. Es inestable al impacto. Si esa mierda explota aquí, no solo nos matas a nosotros. Borras medio kilómetro de selva. ¿Quieres que Lucía acabe convertida en vapor rosa?

Marcos tragó saliva.

—No. Lo siento.

—El "lo siento" no arregla un cráter, Marcos. Camina como si pisaras cristales. O te quito la mochila y se la doy a Javier.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.