Peón

Capítulo 40

El umbral de la puerta de servicio no era una línea en el suelo. Era la frontera entre dos universos. Marcos cruzó la entrada jadeando, con los pulmones ardiendo por el aire sulfuroso del volcán. Detrás de él, la maquinaria de la puerta emitió un zumbido grave, casi orgánico. Se cerró.

No hubo un golpe metálico. No hubo chirridos de bisagras oxidadas. Simplemente, el ruido del mundo exterior se cortó. De golpe. Como si alguien hubiera pulsado el botón de mute en el mando a distancia de la realidad.

El viento aullando, el rugido lejano del mar, los gritos de Lucía... todo desapareció. Marcos se quedó quieto, con la espalda pegada a lo que acababa de ser una puerta y ahora era una superficie lisa y fría, sin costuras visibles.

El silencio era absoluto. Pesado. Presurizado. El aire que respiró ya no sabía a ceniza y huevos podridos. Era un aire frío, seco, sin olor. Un aire tan limpio y estéril que le raspaba la garganta, como el de un quirófano o una sala de servidores de alta gama.

Abrió los ojos, que había cerrado esperando un impacto o una alarma. Lo que vio le hizo olvidar, por un segundo, que estaba allí para salvar a alguien.

—Joder... —susurró. Su voz sonó plana, absorbida por las paredes—. ¿Quién ha diseñado esto? ¿Apple?

Estaba en un pasillo, o algo parecido. Pero no había ángulos rectos. No había esquinas donde se acumulara el polvo. Las paredes no eran muros. Eran curvas suaves de un material negro mate que parecía obsidiana pulida, fluyendo hacia el techo y el suelo sin interrupción. No había lámparas. No había fluorescentes parpadeantes. La luz emanaba de las propias paredes, una luminiscencia blanca y difusa que no proyectaba sombras. Era como estar dentro de una perla negra iluminada desde el interior.

Marcos dio un paso. Sus botas, llenas de barro de la selva, dejaron una mancha fea sobre el suelo inmaculado. El sonido de sus pasos fue amortiguado, como si caminara sobre goma dura. Miró a su alrededor, esperando ver cámaras de seguridad, sensores láser, guardias de seguridad privada con trajes caros.

Nada. El pasillo se curvaba hacia la izquierda, desapareciendo en una elegancia infinita.

Esto no es una base militar. Los militares pintan las cosas de gris y ponen carteles de peligro. Esto es... diseño. Esto es arquitectura de vanguardia.

Empezó a caminar, con la pistola de Kane en la mano. Se sentía ridículo. Un bárbaro sucio con un arma de pólvora en el templo de la tecnología.

No había rastro de Javier. El suelo estaba impoluto. No había huellas de barro, lo cual era imposible, porque Javier había entrado corriendo hacía segundos.

Marcos miró hacia atrás. Sus propias huellas de barro... estaban desvaneciéndose. Parpadeó. No, no era una alucinación. El material del suelo parecía "absorber" la suciedad, o repelerla a nivel microscópico. En cuestión de segundos, el suelo volvía a ser negro y perfecto.

Tecnología autolimpiable. Mi madre mataría por tener esto en la cocina.

Entonces lo oyó. Lejos, muy lejos, rebotando por la acústica extraña de los pasillos curvos. Disparos. Secos, violentos. El rifle de caza de Javier. El sonido rompió el hechizo.

—Javier —dijo Marcos.

Echó a correr. Corrió por el pasillo, siguiendo el eco de la violencia. La arquitectura era mareante. A veces el pasillo se estrechaba, a veces se ensanchaba formando salas ovaladas vacías. No había puertas visibles, solo paneles lisos.

Se detuvo en una intersección. El sonido de los disparos había cesado. A su derecha, la pared era diferente. Había una serie de paneles verticales flotando a unos milímetros de la superficie negra. Eran translúcidos, como láminas de cristal ahumado. Y tenían luz. Marcos se acercó, cauteloso.

No eran pantallas normales. No había píxeles. La imagen tenía profundidad, volumen. En la superficie del panel, brillaban símbolos. Eran líneas de luz ámbar, geometrías complejas que se entrelazaban y giraban sobre sí mismas. No eran letras. No eran números. Parecían diagramas de flujo tridimensionales o partituras de una música imposible. Y cambiaban.

Cada segundo, el patrón rotaba. Y cada vez que rotaba, una de las líneas exteriores se apagaba. Desaparecía. El patrón se hacía más simple. Más pequeño.

Es una cuenta atrás —dedujo Marcos. La lógica de ingeniero se impuso al miedo—. Es un temporizador.

La curiosidad pudo más que la prudencia. Extendió la mano hacia el panel. Esperaba tocar cristal frío. Su dedo atravesó la luz. No había pantalla. La imagen estaba proyectada en el aire, suspendida por algún campo estático. Pero al tocarla, sintió una resistencia. Como si tocara agua densa o imanes que se repelen.

La imagen reaccionó a su tacto. El símbolo se expandió, desplegando sub-menús de geometría fractal. Marcos movió el dedo hacia la derecha. El símbolo entero se desplazó por el aire, siguiendo su mano, y se "pegó" a otra zona de la pared virtual.

Holografía háptica —susurró, con los ojos como platos—. Ni siquiera es una proyección fija. Es... es una interfaz espacial.

Retiró la mano, asustado. Había visto prototipos de esto en revistas de tecnología del MIT, cosas experimentales que necesitaban gafas especiales y guantes con sensores. Aquí estaba, flotando en un pasillo, sin gafas, sin guantes. Funcionando con una fluidez perfecta.




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