Cuando la puerta se cerró tras la comitiva fúnebre, el silencio cayó sobre la sala de máquinas como una losa de plomo. Marcos esperó diez segundos, contando sus propios latidos, antes de atreverse a salir de detrás del banco de datos. Sus piernas parecían de gelatina.
Miró el lugar donde había muerto Javier. Solo quedaba la pistola sónica agotada y una mancha oscura en el suelo inmaculado que, Marcos notó con horror, ya estaba empezando a ser absorbida por el material del suelo.
La casa se limpia sola, pensó, sintiendo una náusea repentina. Ni siquiera van a dejar una mancha como recuerdo.
Se giró hacia los paneles flotantes que había visto al entrar. El símbolo principal, esa geometría compleja de líneas de luz ámbar, había cambiado drásticamente. Al principio era una red intrincada. Ahora era apenas un esqueleto.
Mientras Marcos miraba, dos líneas más se apagaron. Desaparecieron en la nada. El patrón pulsó. Más rápido.
Tik-tak, tik-tak.
No necesitaba ser un genio de la criptografía para entenderlo.
—Se acaba el tiempo —susurró.
La última línea exterior parpadeó y se desvaneció. El símbolo se contrajo hasta convertirse en un punto brillante y luego se apagó. Cero.
Un zumbido grave, que no se oía pero se sentía en los huesos, recorrió la estructura. La luz ambiental cambió de un blanco clínico a un ámbar profundo.
El instinto de supervivencia de Marcos, que llevaba una semana gritándole, tomó el control. ¡CORRE!
Se dio la vuelta y esprintó hacia el pasillo por el que había entrado. Hacia la salida. Hacia el aire sucio y seguro del volcán. Recorrió los veinte metros que lo separaban del umbral a toda velocidad. Sabía perfectamente dónde estaba la puerta. La había cruzado hacía menos de cinco minutos.
Llegó al final de la sala. Y se detuvo en seco, resbalando sobre el suelo pulido. No había puerta. No había marco. No había junta. No había panel de control. Delante de él solo había una pared lisa, negra y ligeramente curvada, que se extendía desde el suelo hasta el techo sin una sola imperfección. Marcos extendió las manos. Tocó la superficie. Estaba fría, sólida como la roca.
—No... —murmuró.
Golpeó la pared con el puño. Nada. Ni un sonido hueco. Empezó a palpar frenéticamente, buscando una ranura, un sensor, lo que fuera.
—¡No! ¡Joder, no! —gritó, golpeando con la culata de la pistola de Kane—. ¡Ábrete!
Era imposible. La arquitectura había cambiado. La materia se había reorganizado como si fuera arcilla digital. Donde antes había un pasillo hacia la libertad, ahora solo había un muro de obsidiana. Estaba sellado. Como un insecto en ámbar.
Una trampa para ratones de alta tecnología. Y el ratón soy yo.
De repente, la pared que tenía a su espalda —la que daba al centro de la sala— cambió.
El panel flotante que mostraba los símbolos desapareció. En su lugar, una sección enorme de la pared, de cinco metros de ancho, se volvió transparente. O mejor dicho, se convirtió en una pantalla de una resolución tan perfecta que parecía una ventana al exterior.
Marcos se giró, hipnotizado. La pantalla mostraba la selva de ceniza. Los helechos gigantes meciéndose al viento nocturno. Las rocas volcánicas afiladas. Era una imagen nítida, bañada en el tono verdoso de una visión nocturna imposiblemente clara.
—Sigo aquí —susurró Marcos, aliviado—. Sigo en tierra.
Y entonces, el suelo se movió. Pero no hubo temblor. No hubo el rugido de cohetes, ni la vibración violenta de motores luchando contra la física.
Fue una sensación líquida. Marcos sintió un ligero vacío en el estómago, una presión suave pero constante, como cuando un ascensor de lujo empieza a subir muy despacio. Sus pies se sintieron un poco más pesados, pero no perdió el equilibrio. El silencio seguía siendo absoluto.
—¿Qué...?
Levantó la vista hacia la pantalla gigante. La selva... se hundía. Muy lentamente. Al principio, apenas unos centímetros. Marcos tuvo que fijarse en una rama cercana para confirmarlo. Pero sí. La rama bajaba. El suelo empezaba a alejarse.
Vio las copas de los árboles hacerse un poco más pequeñas. Vio cómo la perspectiva se abría, revelando más terreno alrededor de la base. No estaban temblando. Estaban levitando. Era una ascensión controlada, elegante, casi perezosa al principio. Se elevaban metro a metro, con una suavidad majestuosa y aterradora.
No luchan contra la gravedad, con un escalofrío al ver cómo el suelo se alejaba cada vez más rápido, aunque seguía siendo un movimiento fluido. Simplemente la cancelan.
La imagen en la pantalla mostraba ahora el contorno de la isla completa, un manchón negro rodeado de espuma blanca, haciéndose pequeña poco a poco. Estaba pasando. De verdad estaba pasando. Y él estaba dentro.
Marcos se llevó la mano al chaleco táctico. Sus dedos, entumecidos por la adrenalina y el frío de la sala, rozaron el plástico negro del walkie-talkie.
Era un trozo de plástico y cobre. Algo que podías comprar en Amazon. Y sin embargo, en ese momento, era el objeto más valioso del universo. Su único hilo con la Tierra. Su único hilo con ella. Lo sacó con cuidado, como si fuera de cristal, y apretó el botón de transmisión. El ruido de la estática llenó el silencio estéril de la nave.
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Editado: 20.04.2026