Mi recuerdo más hermoso es con mi madre.
Yo sentada en su regazo mientras ella jugaba con mi cabello. La luz de la vela iluminaba su rostro, su sonrisa. Para mí ella era lo más hermoso del universo.
Con sus ojos color almendra me miró y dijo:
—Mi Niña, antes de que todo sucediera, existía «Tiempo».
Su voz dulce hacía eco, al chocar con las paredes de la cueva en la que estábamos. Nuestro refugio temporal.
Recuerdo el olor a humedad y el frío casi denso, que ambas sentíamos. Sus brazos y la gruesa manta, regalo de mis tías «Destino», me daban algo más que solo calor.
Yo escuchaba completamente embelesada. En aquel momento ella era toda mía. Nada, ni nadie, podía hacerme más feliz.
—En «Tiempo» surgió tu abuela: la Noche primigenia. Ella tenía mucho amor para dar y por eso creó primero a tus tres tías «Destino». Ellas tejieron toda la realidad en la que nosotros existimos. Pero desafortunadamente no todo podía ser la cálida y suave oscuridad.
Imagínense lo que era para una niña pequeña, escuchar ese relato en una oscuridad que se sentía tan absoluta. No solo era oír a mi madre, eran mis pies tocando la roca fría, mis brazos alrededor de su cuello, y toda mi atención puesta en el relato.
No solo escuchaba, yo sentía como si lo estuviera viviendo. Casi podía tocar a mi abuela la Noche.
Como narradora experta, ella hizo una pausa. Se liberó de mi abrazo y tomó un poco del alimento divino que flotaba a nuestro alrededor. Hizo una bolita y me la pasó. Yo la comí con alegría (ese día sabía un poco amargo, pero después dejaba un sabor dulce en la boca). Ella se acomodó y dijo:
—¿En qué me quedé? ¡Ah, sí…! En «Tiempo» también surgió Fulgor. Tu abuela Noche y él no se llevaban bien, pero se comportaban. Mejor dicho, se soportaban y vivían en equilibrio. Y así sucedió por milenios.
Su voz hipnótica y sus dedos recorriendo con suavidad mi cabellera, esos gestos hacían que yo fuera toda atención.
—Noche amaba a sus tres hijas «Destino», pero aún tenía mucho más amor para dar. Entonces creó más hijas: Unidad, Sabiduría, Belleza, Venganza, Memoria, Libertad, Permanencia, y a mí, Generosidad.
Mi emoción me hacía revolotear en sus piernas. Ella reía.
—Nosotras no existíamos materialmente, solo éramos conceptos en tu abuela. Todo era perfecto. Vivíamos en el más completo y absoluto amor. Y entonces Fulgor sintió celos…
—¿El abuelo sintió celos? —interrumpí abriendo mucho los ojos.
—Él también quería tener a quién amar. Por ello creó a: Poder, Orden, Indómito, Conflicto, Abismo, Caos, Esfuerzo, y Cambio.
Yo sentía mi corazón acelerarse. Escuchar de la creación de mi padre siempre me emocionaba. Mis ojos brillaban a la luz de la vela, y mamá sabía que mi parte favorita era la que seguía. Me miró con una sonrisa traviesa y dijo:
—¿Y si mejor mañana continuamos?
Yo protesté enérgicamente.
—Está bien, podemos seguir hoy, pero dormirás cuando te lo indique. Nada de pedir que vuelva a contarlo todo. ¿Tenemos un trato?
Prometí y prometí que dormiría inmediatamente. Ella me dio un abrazo fuerte y volvió a la historia.
—Fulgor no quería hijos que solo fueran ideas, así que creó la materia. Y sus hijos existieron. Pero también necesitaban un mundo en el que ellos gobernaran y seres que los adoraran. Y creó a los primeros humanos, pero eran violentos y no adoraban de formas que complacieran a sus hijos. Por eso Fulgor pidió ayuda a Noche. Ella no quería separarse de sus hijas, pero vio que los humanos eran poco más que animales. Se compadeció de todos ellos y tomó de la materia de Fulgor para darle cuerpo a sus hijas.
Mi madre entonces contaba las historias de cada una de sus hermanas. También me hablaba de mis primos. Y siempre terminaba con el relato de cómo mi padre y ella nos tuvieron a mi hermano, a mi hermana y a mí.
Cuando terminó de contarme todo eso, le rogué que volviera a empezar. Ella, con esa risa que sonaba a campanitas, narró todo de nuevo. Mientras lo hacía, empezó a quedarse dormida.
Yo tenía que aprovechar ese momento. Quería con todas mis fuerzas preguntarle sobre algo que me causaba curiosidad. Aquella era mi única oportunidad y la aproveché:
—Mamá —pregunté con voz bajita —, ¿cómo es el Reino de los muertos?
Seré sincera con ustedes: me creí muy lista. Creí que la engañaría. Imaginé que, con esa treta, ella me hablaría de ese lugar. Mi plan fracasó.
Despertó completamente y sentenció:
—¡Nunca vuelvas a preguntar por ese lugar! De todos los rincones que existen en el universo, ese está prohibido para ti. Y para ti más que para nadie. ¿Entiendes?
La advertencia de mi madre no tenía el menor sentido para mí. "Para ti más que para nadie", había dicho. ¿Por qué más que para nadie? Yo apenas era algo. Porque hay algo que no les he contado sobre mí: cuando nací no me pusieron nombre.
Yo era «Niña», a secas. En el mejor de los casos, «Hija de Generosidad». De todos mis hermanos y primos, solamente yo carecía de nombre. Y para nosotros, los nombres no eran simples palabras: eran función, eran sentido, eran razón de existir.
Mi hermana cuida de las mujeres humanas cuando van a tener a sus bebés. Ella es Alumbramiento.
Mi prima procura acuerdos de paz entre los humanos. Ella es Concordia.
Yo no tenía ni nombre, ni función.
Pueden adivinar cómo, al crecer, se volvió absurdo mi «nombre». Y por eso mi tía Venganza empezó a llamarme: «Doncella». ¿Seguía siendo vago? Sí, lo era, pero me gustaba. Tenía algo de personalidad.
Luego, cuando cumplí mil ochocientos años, mis padres me consideraron por fin una diosa adulta. Ese día decidieron decirme mi nombre real.
Era hermoso.
Era una sentencia.