(Mediados del verano, antes del Ciclo 1)
Doncella estaba sentada, balanceaba los pies sobre un precipicio. El viento rugía entre las copas de los árboles. El sol le dolía sobre la piel.
—¡Te vas a caer! —su madre la llamaba desde lejos—. Ven para acá, ya vamos a abrir los regalos.
Ella escuchó la voz, pero no registró lo que le decía. Estaba demasiado absorta mirando el vacío que se abría debajo de ella. Sentía que la llamaba de forma que no podía comprender. «¿Quiero que suceda? No, claro que no. ¿O tal vez…?»
En aquel momento una mano la tocó en el hombro.
Su prima Concordia de cuclillas a su lado le sonreía. La tormenta dentro de Doncella se calmó.
—¿Está todo bien? —preguntó ella. Sus preciosos ojos rasgados transmitían serenidad y gentileza por partes iguales.
—Solo necesitaba un momento para mí. Estoy bien, no tienes que preocuparte.
—¿Regalos primero y después platicar hasta quedarnos dormidas?
«Eso es tan Concordia», pensó. La miró con admiración. Todo en su prima era elegancia. Doncella iba a responder, pero una voz como el trueno las interrumpió:
—¡Niña! ¡Papá llegó!
Era Poder que, como siempre, llegó de la forma más dramática posible.
El festejo se realizó en una plataforma colocada en enormes copas de árboles. Poder la cruzó haciendo crujir los troncos con cada paso. Él era dos metros y medio de puro músculo divino, que hacía que hasta los árboles parecieran pequeños.
Una voz, excepcionalmente hermosa, cortó el ambiente como cuchillo.
—Querrás decir: «Doncella», ¿no? —Venganza fue quien habló.
—Ella siempre será mi Niña.
—«Perro viejo no aprende trucos nuevos».
Doncella se paró de un salto, una sensación de vértigo la invadió. Se sostuvo.
Corrió a él y, como lo hacía de pequeña, se lanzó a sus brazos. Cerró los ojos, se dejó llevar. Las palpitaciones de ambos bajaron su intensidad.
—Te traje un regalo —declaró él mientras la sostenía.
En silencio Alumbramiento se acercó a ellos. Poder la vio y la jaló para hacerla parte del abrazo. Las dos podían escuchar el corazón de Poder como si fuera un caballo galopando.
La luz del atardecer los envolvía.
Poder parecía hecho de oro.
Doncella, con su piel rojiza, deslumbraba como el cobre.
Alumbramiento era la más espectacular: su piel era como la canela, con preciosas manchas desiguales que eran blancas como la leche.
—¡Oye, grandote! Estábamos por abrir los regalos, pero, como siempre, llegaste a interrumpir —Libertad los convocaba en calidad de anfitriona.
Ella se había encargado de todo. Fue su idea montar esa plataforma enorme en su bosque favorito. «Para evitar el calor», fue su explicación, pero todos sabían que todo era su fascinación por la copa de los árboles.
Poder y sus hijas decidieron obedecer, pero lo hicieron de mala gana.
La primera en liberarse del abrazo fue Alumbramiento. Doncella tardó unos segundos antes de imitar a su hermana. Mientras lo hacía dijo en voz muy bajita: «Te quiero, papá». Él no lo escuchó.
Todos se reunieron alrededor de la festejada para abrir los regalos.
—¿Dónde está tu madre? —Poder preguntó.
Doncella levantó los hombros. Libertad respondió:
—La altura la mareó; dijo que nos esperaría en el campamento. Va a preparar todo para que pasemos la noche.
—Claro. No lo pensé. Tiene sentido debido a...
—¡Mi regalo primero! —interrumpió Alumbramiento.
Le presentó a Doncella una piedra blanca que entraba en las manos. Lo peculiar de la piedra es que tenía finas vetas negras que formaban una figura que parecía una mariposa. De pequeña Doncella jugaba con rocas, las llamaba «amigas». Varias ideas de cómo agradecer ese regalo le llegaron a la mente.
—Nunca te miras al espejo. Ni por error —Concordia habló—. Tal vez mi regalo te muestre cosas nuevas.
Le obsequió un espejo de obsidiana.
Venganza le regaló un pequeño frasco de veneno. «¿Un veneno? ¿De qué me serviría un veneno?» Libertad le regaló un machete, con su nombre grabado. También lo agradeció con una sonrisa deslumbrante.
—Quería regalarte un cachorro de tigre —declaró Libertad—. Pero tu madre se iba a enojar conmigo. Pocas cosas dan más miedo que ella.
—Podrías haberle regalado un perrito —riendo dijo Poder—. Seguro Generosidad sí te hubiera dado permiso.
La idea de un perrito como regalo para Doncella les hizo mucha gracia a todos.
A la festejada no le pareció gracioso.
Poder aclaró su garganta de forma ruidosa. Todas lo miraron. Tenía una mirada triunfal, sus ojos lucían como el ámbar bajo el fuego.
Jaló a Doncella a unos metros. Se rompió el círculo: ahora las mujeres se colocaron como un público. Poder y Doncella estaban en el centro de ese escenario imaginario, pero ella quedó de espalda.
Flotando entre ellos, lo suficientemente alto para que todas la vieran, apareció una corona.
Doncella abrió las manos, la corona se desplazó suavemente y se posó en ellas. En ese momento, Poder volvió a girar a Doncella, la colocó para quedar de perfil a las diosas.
Aquella corona la hizo quedarse sin aliento. Era la más hermosa que Doncella había visto jamás. Eran flores cristalizadas y tenía abejitas de oro. Doncella sonrió: eran el símbolo de su padre.
—¿Ves las flores? Son del mismo color que tus ojos. Pedí que las hicieran para resaltarlos.
Las flores eran de color violeta, algunas muy oscuras.
Era un regalo esplendoroso. «Desproporcionado», pensó ella. Era completamente ajeno a su estilo. Sin embargo, nadie podría negar que era un objeto espléndido.
Su padre, con un rápido movimiento, la tomó de sus manos. La colocó en la cabeza llena de rizos castaños y dorados de Doncella.
—Me encanta, papá. Es mucho más de lo que merezco —con voz baja habló Doncella.
—Una corona perfecta, para una diosa perfecta —respondió él.
Ella temía moverse. Pensó, de forma irracional, que la iba a romper.