(Final del verano, antes del Ciclo 1)
La casa de campaña de Primavera estaba ya doblada, lista para guardarse. Ella la abrazó y la besó. Le dijo: «Gracias». Estaba por amanecer. Un cosquilleo suave recorrió su piel mientras organizaba, guardaba y limpiaba.
Decidió disfrutar al máximo el último mes del verano. Se había negado a vivir bajo techo, quería ver la luna y las estrellas, sentir el sol en su piel.
Alumbramiento tenía su palacio al centro del lago más imponente de la «Meseta de la vida»; un lugar vasto, a tanta altura que los glaciares perpetuos lo rodeaban.
Primavera levantó su campamento a la orilla del lago, cerca del pequeño altar erigido a su hermana. Disfrutaba cuando ellos se sentaban a descansar a su lado. Todos suponían que ella era una humana joven pidiendo favores especiales a la diosa del Nacimiento. No los corregía. Los peregrinos intuían que solo alguien con mucha necesidad acamparía ahí, respetaban su silencio. No les daba respuestas, pero sí dulces y frutas.
Ya había amanecido y estaba lista. Llenó sus pulmones con el aire fresco. Una sensación agradable de ligereza recorrió todo su cuerpo. De forma instintiva buscó en los bolsillos de su falda la piedra mariposa, la apretó sin sacarla.
Un revuelo a su espalda la hizo girarse: un nacimiento había ocurrido entre los peregrinos. Se acercó y vio que Alumbramiento lo había atendido directamente. Cuando su hermana hacía eso cambiaba su aspecto físico: elegía lucir como una partera anciana.
Todos celebraban, decían que había sido un nacimiento perfecto.
Se acercó para ver a la madre y al bebé. En silencio le dio una bendición al recién nacido: «Que los ciclos de la vida siempre te den fortaleza». Se acercó a su hermana, que seguía luciendo como anciana, le tocó el hombro.
Alumbramiento se giró para verla, movió la cabeza para indicar que entendió: debían partir. Fue a limpiarse.
Las hermanas comenzaron a caminar. A sus espaldas quedaron las risas suaves y el llanto del recién nacido.
La sensación de bienestar duró poco en Primavera. Una punzada que le atravesó el estómago. Su mente se trasladó a un lugar muy específico: la oscuridad que la esperaba.
No dijo nada. Bajó la mirada e hizo discretamente algunas exhalaciones cortas.
Sin darse cuenta, ambas fueron transportadas.
Ya no estaban en los caminos agrestes de la «Meseta de la vida». De un momento a otro, el aire olía a perfume y tierra cultivada. Alumbramiento volvió a tener su aspecto de diosa joven.
Las hermanas iban caminando por un sendero de rosas. Aquello era señal inequívoca de que iban a llegar pronto con su madre.
La casa de Generosidad era uno de los lugares más peculiares en el mundo: nadie sabía donde estaba. Solo se podía llegar si la casa misma transportaba al invitado, y solo llevaba a los que deseaban llegar a ella.
En la mente de Primavera empezaron a llegar de golpe todos sus recuerdos de lo sucedido en su festejo del mes pasado. Sintió mucha sed. Su hermana con paciencia y cariño la acompañó.
Pudieron continuar después de unos minutos. Avanzaron hasta llegar a una avenida perfectamente recta, bordeada de árboles esféricos cargados de manzanas de mejillas rojas. Al final de la avenida su madre las saludaba con la mano. Generosidad era toda curvas. Su piel era del color de la azúcar morena. Su cabello castaño caía en ondas.
Su madre iba vestida como siempre: un vestido hecho de flores frescas. Primavera vio los pétalos contra la piel de Generosidad, se le revolvió con violencia el estómago.
También estaban sus tías Belleza y Unidad.
Alumbramiento corrió a abrazar a su madre. Primavera sintió ese mismo arrebato de alegría, pero lo reprimió. Decidió seguir caminando con calma. Su madre se acercó a ella, la abrazó y le dio un beso en la cabeza.
Saludó a sus tías y notó que ellas la miraban con esa expresión compasiva. Cuando se supo entre los dioses y semidioses su nombre real todos empezaron a mirarla con lástima.
Las cinco mujeres entraron a la casa. Estaba hecha de plantas, ramitas, enredaderas, flores sin aroma y musgo en el suelo.
Tanta naturaleza le causó escozor. «Seis meses aquí arriba, bajo el sol —pensó—. Seis meses bajo tierra, en la oscuridad absoluta. Cada año. Cada ciclo. Por la eternidad». Esas palabras se repetían en su mente. Se obligó a no llorar cuando su madre se acercó para envolverla de nuevo en un abrazo.
Siempre había humanos de visita con su madre. Ellos siempre tenían esa mirada vacía, pacífica, como si hubieran olvidado todo excepto el presente. Existían sin peso.
Primavera por primera vez se preguntó si «eso» era un refugio. «¿Y si yo soy como ellos?». Decidió alejar esos pensamientos de ella, mejor pensó en el bebé humano que nació aquella mañana.
Las diosas se instalaron en una terraza. Hablaron con normalidad. Ella oía sin escuchar.
Unidad se le acercó. Ella era una muñequita de porcelana: piel traslúcida, ojos de color azul pálido y cabello lacio que brillaba como sol capturado. Ella tocó suavemente su mano.
—Tu padre quiere que sepas que deseaba de todo corazón estar aquí —Unidad dijo con su melódica voz. Se abrazaron.
Unidad era la pareja de Poder.
—Está con lo de la guerra, ¿no?
—Sí, cariño. Conflicto, tu tía Memoria y la dulce Concordia están ahí con él.
—Es una guerra más grande de lo que imaginé.
—Todos están tratando de evitar que suceda…—dijo ella con resignación. Ambas sintieron el peso de la conversación por unos segundos—. Tengo algo para ti.
Unidad le mostró una pulsera. Era de tres oros: amarillo, blanco y rosa. Tenía piedras incrustadas: morganita, diamante, ónix, esmeralda, rubí, zafiro, topacio y amatista.
—Cuando digas «Hijas de la Noche» —explicó Unidad—, emitirá luz.
Primavera lo dijo y una luz brillante salió de la pulsera, pero se apagó al instante.
—Cariño… Le estás dando un hermoso regalo al mundo. No lo olvides.