Pequeña Dory

5. Un beso.

Santiago arrastró a Gloria hasta un pasillo y le colocó en la palma de la mano una tarjeta de crédito. 

 

— Llévate esto. Te enviaré el pin en un mensaje. — Le dijo Santiago. 

 

— No. — Se negó Gloria. — Esto no está bien. No quiero usar dinero que no es mío. 

 

— No voy a quedar sin saldo porque compres con ella, llévatela y úsala. Yo te he metido en esto, no puedo dejar que mi madre te haga gastar dinero tuyo. — Le cerró la mano con la tarjeta en ella y le sonrió. — Cómprate ropa bonita, a ti y a Dory, ¿sí? 

Gloria se quedó mirándolo. 

 

— Eh. — Los llamó Lauro y Gloria soltó su mano de Santiago y se guardó la tarjeta en su viejo bolso. — Mamá te está esperando y no le gusta esperar. — Avisó a Gloria y ella asintió. 

 

— Me voy. — Le dijo a Santiago y le dio un tímido beso en la mejilla antes de irse. 

Santiago se llevó la mano a la mejilla y Lauro sonrió frente a su hermano mayor. 

 

— Menudo beso y menuda cara que has puesto, parece que es la primera vez que ella te besa. 

 

— Deja de molestar. — Lo regañó Santiago, que bajó rápidamente la mano y caminó detrás de Gloria. 

Lauro sonrió divertido y lo siguió. 

 

— No sois pareja realmente, ¿verdad? 

 

— Cállate. — Santiago se paró mirándolo. — Por supuesto que somos pareja, ¿no has visto que tenemos una hija? 

 

— Ya. Yo creo que lo estás haciendo todo para que mamá no te obligue a casarte con Rosaura. — Sonrió ante la cara seria de su hermano. — Te creería si os viera besaros. Un beso lo cambiaría todo. — Asintió confirmándoselo. 

Santiago siguió hasta el vestíbulo de la mansión,donde Gloria le ponía a Dory su gorro de lana. 

 

— ¿Estás contenta? — Le preguntó Gloria a su hija. 

 

— Sí, mami. — Respondió Dory, que tenía una sonrisa de felicidad en su rostro. — Vamos a salir con la abuelita. 

Gloria se quedó preocupada de que creyera que realmente era su abuela. 

 

— Gloria. — La llamó Santiago y ella se incorporó mirándolo acercarse. 

 

— ¿Sí? — Le preguntó Gloria. 

 

— Dory tápate los ojos un momento. — Le pidió Santiago a la pequeña y le hizo el gesto de cubrirse los ojos con las manos. 

La pequeña lo imitó y Gloria se sorprendió cuando Santiago la agarró de la cabeza con las dos manos. 

 

— ¿Qué estás haciendo? — Le reclamó Gloria y le agarró las manos para soltarse de él. 

 

— Lo siento. Mi estúpido hermano sospecha que no somos una pareja real y tengo que besarte. 

Los ojos de Gloria se movieron y vio a Lauro recostado en un umbral mirándolos. 

 

— Pero… — Dijo y fue inesperadamente besada en la boca por los labios de Santiago. 

Gloria sintió como si su corazón dejara de latir por un segundo y empezara a bombear más rápido que nunca cuando Santiago no se conformó con el contacto de sus labios y entró en su boca. 

Santiago puso pasión en el beso, lo inició para callarle la boca a su hermano menor, pero sintió fuego en su interior al hacerlo. 

Gloria apretó con sus manos los brazos de Santiago. 

 

— ¿Pero qué es está vulgaridad? — Preguntó de pronto Jennifer al verlos en pleno beso de pasión. 

Santiago dejó de besarla para mirar a su madre y Gloria se cubrió la boca con una mano. Sus pómulos estaban calientes. 

 

— Un beso, madre. ¿Padre ya no la besa? — Le dijo Santiago, acercándose a su madre. 

 

— Por supuesto que me besa, pero hay un momento y un lugar para cada cosa… — Protestó Jennifer, culpabilizando después a Gloria por el espectáculo. — Esas cosas se hacen en privado, no en el vestíbulo de una casa ajena. 

 

— Lo lamento. — Se disculpó Gloria. 

 

— ¿Una casa ajena? — Le preguntó Santiago a su madre. — ¿Desde cuándo la casa en la que crecí es una casa ajena para mí, madre? 

 

— Bueno, ahora eres casi un extraño para nosotros, ¿no? Por eso tienes una prometida y una hija sin decírnoslo. — Le respondió Jennifer. 

 

— No tenía idea de que enamorarme de la mujer que yo elija y no de la que tú quieres, me hacía un extraño. Pero gracias por dejarmelo claro, madre. 

Santiago se marchó enfadado y Gloria no supo lo que hacer. 

 

— Él mete la pata y quiere echarme la culpa. — Se enfadó también Jennifer y miró a Gloria ahí parada. — Todo es tu culpa. — Se llevó la mano a la sien y puso cara de sufrimiento. — Me está doliendo la cabeza de nuevo. 

 

— Ya, madre. — La calmó Lauro que se acercó y la agarró. — Deberías subir a descansar… — La guió hacia las escaleras y miró a Gloria mientras lo hacía. 

Gloria observó a su hija, Dory seguía con los ojos tapados y se los destapó agachándose a su lado. 

 

— ¿Estás triste, mami? — Le preguntó Dory al ver su cara y la abrazó. — No estés triste, mami. Yo estoy aquí. 

Gloria sonrió abrazando a su hija. 

 

— Gracias, cielo. 

Dory la miró a la cara. 

 

— ¿Ya estás contenta, mami? 

Gloria le asintió, poniendo una sonrisa en sus labios aunque por dentro no se sintiera contenta. Quería que sus vidas fueran mejor y había estropeado la oportunidad al aceptar ayudar a Santiago. 

 

 

Santiago salió a una terraza y se apoyó con las manos en la barandilla de madera. Su madre no tenía corazón cuando se trataba de él, no respetaba que ya era un hombre y que como tal, tenía el derecho de elegir con quien quería estar. 

 

— Joven Santiago. — Lo llamó Asunción, que se paró detrás de él con un plumero en las manos. 

Santiago se giró mirando a la mujer del servicio. 

 

— No es momento de hablar. — Le dijo Santiago.

 

— Se equivoca. Ahora es el mejor momento. — Le respondió Asunción con respeto. — Sabe que trabajando para su familia siempre he sido ejemplar. — Negó con la cabeza y dijo. — No me metería si no ser porque mi sobrina será la que salga peor parada de este juego que usted ha creado. 




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