Capítulo 01
El final del verano
El verano había terminado y eso solo podría significar una cosa.
—¡Te voy a echar de menos, Ryry! —chilló Samatha, abrazándome por la cintura con sus pequeños y delgados brazos—. ¿Por qué tienes que irte? ¡No quiero que te vayas!
Samatha se había apoderado de una parte de mi corazón y solo hasta ese momento fui más consciente que nunca.
Desde que nos conocimos nunca nos habíamos separado más allá de cuando yo estaba en la escuela, esto dolía muchísimo y ver sus ojos humedeciéndose me quebraba lentamente por dentro.
Deseaba llevarla conmigo.
Mi pecho se apretó al escuchar la tristeza en su voz y su llanto.
—Yo tampoco quiero irme, Samie —le aseguré, agachándome y poniéndome a su altura—. Pero, aunque no quiera hacerlo, debo irme, ya habíamos hablado de esto. —le recordé, peinando su cabello castaño rojizo.
Sus ojos verdes con pequeñas motas cafés me miraron abatida, melancólica y un nudo se formó en mi garganta.
Odiaba verla triste.
—¡No es justo! ¡La universidad apesta! ¡Apesta, apesta, apesta! —dijo e hizo el intento de rodar los ojos, viéndose graciosa—. ¡No es tan importante como jugar conmigo! ¡Te puedes quedar en mi habitación así tus padres no lo sabrán! —planeó con la felicidad brillando en sus ojos.
Me reí por su idea inocente y me sorprendí por considerar su propuesta.
Era muy inteligente, sin embargo, por más que quisiera quedarme con ella, no podía posponer la universidad. Se lo había propuesto a mis padres y tuve que soportar una larga charla de cómo eso podría afectar mi vida de maneras sobrenaturales.
¿Y si necesitaban una psicóloga para brindar apoyo emocional en medio de una invasión zombie? Era algo debía considerar.
—Samie, escucha —mascullé en tono bajo, ella alejó sus brazos de mí y los cruzó sobre su pecho, haciendo un puchero—. Me encantaría vivir en tu habitación, pero te prometo que vendré pronto a verte y a jugar contigo, quizás en Navidad pueda traer un gran regalo para ti, ¿Qué opinas?
Sus iris verdes brillaron y me regaló una sonrisa radiante.
—Debe ser gigante.
Era una buena negociante. Sonreí.
—Está bien, será un regalo gigante.
La abracé una vez más, queriendo nunca soltarla. Samantha ubicó su rostro entre mi cuello y mi clavícula, estando cerca de mi oído susurró:
—Por favor, no te olvides de mí —pidió, asustada—. No me dejes sola, no quiero que él vuelva, por favor, Ryry.
Fue el último toque que mi corazón necesitaba para comenzar a quebrarse.
Cerré los ojos y tragué saliva en seco, oír el miedo en su voz me afectaba muchísimo, me dolía no poder hacer algo más para que sus pesadillas desaparecieran, porque, aunque ya no lo admitiera, sabía que aún las tenía.
Me dolía no haber evitado su sufrimiento, ella me había salvado a mí, me había dado un propósito, un objetivo para mi vida y dolía no conseguir que esos demonios la dejaran en paz.
Samantha era muy buena para este mundo.
—Aquí estás a salvo, Samie —acaricié su cabello, tranquilizándola—. Yo no permitiré que te vuelvan a hacer daño y nunca me olvidaría de ti, cariño. Eres mi hermanita.
Una lágrima traicionera se escapó de mi ojo, haciendo su camino por mi mejilla derecha, la limpié al instante en que Samantha se separó de mí.
No quería que me viera llorar, una curva bailó en mis labios de manera temblorosa.
—Zoey y yo te queremos mucho, hermanota. —admitió, alzando del suelo su muñeca de trapo.
Una curva volvió a apoderarse de mis labios.
—Yo las quiero mucho más.
Miré la muñeca de reojo, era su única compañía, Samie seguía sin hacer amigos y eso comenzaba a preocuparme, no quería presionarla, pero sería bueno para ella tener una amiga real y de su edad.
Los últimos días lo había estado pensando mucho, así que tenía a la niña perfecta para ello.
—Samie, ¿Harías algo por mí? —pregunté, ella asintió—. Escuché que Kate tiene nuevos juguetes y muñecas muy bonitas, ¿Por qué no juegas con ella mientras yo no estoy?
Arrugó la nariz con desagrado.
—No le caigo bien. —respondió, sin dejar de hacer el mismo gesto.
Le apreté la nariz, molestándola un poco.
—Eso es porque no te conoce aún, deberías intentar hablar con ella —la animé—. Imagina que es una competencia entre tú y yo, la que haga más amigos tendrá todos los dulces que desee —ofrecí, sus ojos chispearon, emocionados—. ¿Aceptas?
Dio un brinco en respuesta.
— ¿Se pueden gusanitos de goma? —preguntó, esperanzada.
— ¡Claro que sí! —aseguré—. Solo a los aliens no les gustan y no somos aliens, ¿O acaso tú eres un alien verde y cabezón? —la observé fingiendo estar asustada y sorprendida.