Capítulo dos
Un loco al volante
Me cubrí el rostro con mi antebrazo, evitando la luz del sol que lastimaba mis ojos adormilados, al tiempo que mamá siguió regañándome desde el otro lado de la línea.
No esperaba menos de mi madre.
—Te habíamos dado una orden, Ryley —habló ella, con un tono serio, papá ya la había puesto al tanto y como había predicho, no me libré de ella. No respondí—. Y la ignoraste por completo, no puedes hacer ese tipo de cosas sin decirnos. Somos un equipo, hija.
Me mordí el labio inferior y, quitando el antebrazo de mis ojos, llevé mi mano al borde de la cama, jugueteando con uno de los hilos que sobresalía de la colcha color rosa que me cubría, ansiosa.
Mamá se había levantado muy temprano para tirar de mis orejas por ser tan testaruda, lo merecía, ellos podrían haber costeado la universidad, de hecho, me dieron el dinero para realizar la transferencia y hacer el pago correspondiente del semestre, ellos confiaron en mí y encontrarse con la sorpresa de que tenía la media beca los hacía sentir fuera de lugar, ellos y yo no solíamos tener secretos, nuestra relación de familia se basaba en la confianza y yo había pasado sobre ello.
—Lo sé, mamá y lo siento —me excusé nuevamente—. Te enviaré el dinero.
Terminó por soltar un suspiro, dándose por vencida. Ya no podía hacer nada para cambiar mis decisiones.
—Está bien, pero no quiero que una situación como esta se repita, ¿De acuerdo? —pidió—. Sin secretos, debes contarle todo a tu madre.
La escuché, viendo la opaca luz del sol filtrarse entre la persiana que protegía mi ventana, ya eran casi las ocho de la mañana, escuchaba los ruidos de los autos y sus molestas bocinas, sin embargo, no deseaba levantarme y me descubrí queriendo estar en mi antigua habitación, lejos de los ruidos de la ciudad.
—Te lo prometo. —le aseguré.
Ella dio por terminado el tema y empezó a preguntarme sobre la ciudad, si me sentía a gusto con los muebles nuevos y, finalmente, sobre la convivencia con Ann.
—Eres la mejor madre del universo por haber convencido a los tíos de Ann para que viviéramos juntas.
Se rió un poco.
—Nos alegra que estés bien, ella lo necesitaba tanto como tú —admitió, dulce—. Papá y yo empezamos a extrañarte, la abuela echó de menos los waffles matutinos que le hacías cada mañana.
Sonreí con ternura al recordar a la abuela, cada vez que tocaba su puerta y entraba sosteniendo una bandeja con waffles y jugo de naranja fresco sus ojos brillaban, papá me había contado una historia sobre ella y el abuelo. Él solía llevarle el desayuno a la cama y ese desayuno siempre consistía en un par de waffles con fruta o mermelada y jugo de naranja natural.
Así que, cuando el abuelo murió, decidí empezar a hacerlo yo, era mi forma de decirle que no estaba sola, que nos tenía a nosotros y que el abuelo siempre estaría con ella.
—No creo poder estar lejos mucho tiempo —confesé—. Es extraño para mí no estar con ustedes.
Hice un mohín, aunque ella no podía verme.
—Nosotros estamos contigo, cariño —musitó con un tinte de tristeza y nostalgia—. Recuérdalo siempre, mi niña. En menos de lo que crees estaremos juntos.
Mis labios se curvaron hacia arriba, mamá era fabulosa y confiaba en que pronto estaríamos reunidos, yo podría ir a visitarlos algún fin de semana después de conseguir trabajo, claro, y tener algo de dinero extra, mucho antes de Navidad.
Aquel pensamiento me hizo mantenerme positiva.
—Te quiero. —dije en un hilo de voz.
—Y yo a ti —respondió—. Tengo que colgar, ya debemos irnos a una actividad para recolectar fondos —informó, sabía de ese evento y deseaba tanto estar allí, un nudo se instaló en mi garganta—. Te contaré todos los detalles luego, que tengas un buen día y saluda a Ann de mi parte.
—Claro, mamá —balbuceé—. Despídeme de papá.
Sin más, la llamada terminó, me estiré un poco y concentré toda mi energía en estar feliz y animada, la noche anterior Ann y yo caímos rendidas después de estar hablando gran parte del tiempo sobre todas las cosas que podríamos hacer y cómo divertirnos un poco.
Ella estaba muy emocionada y me dejé contagiar por su alegría, Ann quería vivir la experiencia universitaria completa, pero claro, sin dejar de ser la estudiante aplicada y competitiva que yo conocía.
Después de eso, quise saber desde cuándo estaba en New York, descubriendo que Annabeth había llegado el viernes a la ciudad por lo que ella fue quien recibió todos los muebles y, con un poco de ayuda de los mismos señores de logística, organizó el departamento.
Ella había estado mintiéndome sobre que se quedaría con sus tíos, Lilianne y Willie White, en Los Ángeles, también descubrí que estuvo todo el verano en clases intensivas de italiano.
Sus tíos no querían que estuviera sola en una ciudad como New York, sin embargo, sí logró persuadirlos con bastante ayuda de mis padres, yo fui un valor importante en la ecuación para conseguirlo.
Tenerla aquí de alguna manera me hacía sentir segura y tranquila, Ann sabía que la soledad era abrumadora para mí.
Sacudí mi cabeza, enviando tan lejos como me fuera posible esos pensamientos y quité las mantas que me cubrían. No podría dormir más como me apetecía, así que aprovecharía el tiempo.
«Positiva, recuérdalo.»
Me levanté de la cama y puse mis pies envueltos en unos gruesos calcetines en el suelo frío, nuestro departamento se encontraba en total silencio, lo cual me hizo saber que había despertado antes de que Ann lo hiciera, caminé hacia la cocina para preparar un poco de café. Tenía la costumbre de sentir aquel olor en el ambiente por las mañanas.
Me gustaba mucho empezar el día con una taza de café, herencia del abuelo y costumbres de casa suponía.