Pequeña sonrisa [#2]

Capítulo 03

Capítulo tres: El león cazó a su presa

—Por fin logré quitar el olor a podrido de mi ropa. —celebré, entrando a la cocina, donde Ann comía la última galleta preparada por Dottie.

Abrí la boca indignada y ella me observó sobresaltada, embutiéndose la galleta rápidamente.

—¡Esa era mía! —chillé.

—¡No, no es cierto! —dijo, con la boca llena.

—¡La gané en el juego de piedra, papel o tijera, Ann!

Entrecerré los ojos y me crucé de brazos. Ella torció la boca.

—No debiste dejarla solita y desprotegida en la mesa.

Negué la cabeza, no iba a molestarme por algo como eso, además sabía que su comportamiento era a causa de los nervios, aunque no lo admitiera.

Cuando estaba muy ansiosa su plan de defensa era la comida y no podía culparla pues yo me sentía de la misma manera.

Aunque lo ocurrido el día anterior me había mantenido distraída, el sábado, luego de entrar al edificio empapada y con la atención del guarda de seguridad puesta en mí y mi horrible aspecto, evité ensuciar el piso limpio y duré gran parte de la tarde lavando mi ropa y sacándole el barro, tarea que era bastante difícil ya que el olor nauseabundo me hacía querer vomitar.

No sabía quién demonios murió en aquel charco, pero olía espantoso, tanto mi ropa como mi cabello.

Al final, la dejé en un balde con agua y jabón, porque no teníamos lavadora y secadora, para que hoy en la mañana hiciera el último intento de remojarla y quitarle el terrible hedor.

También, estuve por más de media hora con shampoo cubriéndome la cabeza y soltando maldiciones, ese tiempo lo usé para crear escenarios fatalistas donde existía una dimensión paralela en la cual me encontraba con el culpable de mi malhumor y le enseñaba a respetar al peatón.

El aroma putrefacto que aún sentía en el aire.

«En aquella dimensión paralela le darías un buen sermón y una mirada asesina.»

Seguramente, mi estatura lo intimidaría.

«Seguro, estarías más cerca de darle un golpe en las pelotas.»

Sacudí la cabeza ante aquel pensamiento, con una sonrisa en los labios.

Miré de reojo a Ann, ella estuvo riéndose de mí hasta altas horas de la noche. Incluso posteó en su perfil de Instagram que alguien, porque tuvo la delicadeza de hacer anónima mi identidad, fue bañada en agua sucia y estaba muy enojada con una toalla en la cabeza.

Serví un poco de café, hoy me había levantado más animada, apenas mis ojos se abrieron recordé que era mi primer día de universidad.

«Eso es, Ryley. Tu cabello oliendo a rosas y los rizos definidos, ropa bonita gracias a Pinterest y una sonrisa, muy bien.»

Pero tenía que ser sincera, estaba que me moría de los nervios, debía comer algo ligero, sentía que iba a vomitar en cualquier momento y, esta vez, sería por una razón muy diferente a la de ayer. El nudo en mi estómago cada vez era más fuerte, mis manos temblaban mientras trataba de servir un poco de mi preciado café en un vaso térmico.

No había nada que una buena dosis de cafeína no pudiera arreglar, siempre era efectivo en mí.

Luego de lo sucedido, opté por no salir, Ann apoyó mi idea, burlándose un poco, sin embargo, sabía por qué lo había hecho, ella no quería estar en el ascensor, apostaba que empezaríamos a usar las escaleras de lo contrario, Ann se volvería loca.

El tiempo recluidas en el departamento nos sirvió para que terminamos de ordenar lo que faltaba, instalar los muebles pequeños en su lugar, ubicar fotos y libros, la mayoría eran de Ann y evitó que leyera los títulos de algunos con portadas bastante sugerentes, tanto así que sus mejillas se pintaron carmesí y los llevó directo a su habitación.

Después hurgaría en su habitación para saber qué ocultaba con tanta vergüenza.

Ann se encargó de crear una lista con horarios y tareas que debíamos hacer cada una en el transcurso de la semana, como dije, ella era organizada e hiperactiva, por mi mente jamás cruzó la idea de diseñar una lista de quehaceres.

Al finalizar con lo poco que Annabeth había dejado en las cajas, todo se veía ordenado y estéticamente pulcro, dándonos tranquilidad mental.

Vimos algunas películas divertidas en la noche, hasta que llegamos al día de hoy.

El bendito y terrorífico primer día.

La observé ingerir su desayuno, ¿Dónde tenía tanto espacio para la comida? Ella no paraba de masticar mientras yo apenas podía tomar una taza de mi preciado café. Incluso, la veía sonreír un poco ante mi mueca de horror.

Su móvil sonó, sobresaltándome, era un tono irritante y chillón, que a ella le resultaba tierno.

Tenía los nervios alterados y ella tenía el volumen de su teléfono muy alto, revisó enseguida la notificación, divertida y tecleando al instante. Me quedé mirándola, una curva en sus labios, se notaba que estaba muy contenta, ¿Qué había pasado con el monstruo come galletas de hace un rato? Ahora desprendía alegría, emoción, cosa que yo en ese momento no tenía, pero me esforzaba por lograr.



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Editado: 28.05.2026

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