Capítulo cuatro: La posible presa del posible león
Dottie soltó una carcajada, acompañada de mi madre, mientras que yo rodé los ojos, irritada. ¿Por qué pensé que sería buena idea contarles?
—¿Al menos te pidió tu número? —preguntó la mujer regordeta, muy interesada en saber mi respuesta.
Ann escuchaba la conversación demasiado entretenida ya que estaba en altavoz y una videollamada a mi madre se había convertido en una charla grupal e incómoda, vi el rostro de mamá con una sonrisa burlona y Dottie me veía con perspicacia.
Mi mejor amiga mordió su labio, intentando no reír cuando le brindé una mirada asesina.
¿Dónde estaba mi padre cuando lo necesitaba?
—No, Dottie —refuté—. Ni siquiera sé si es un chico o una chica o un anciano.
Arqueó una ceja, inquisidora.
—¿Y qué si se trataba de una chica o un anciano? ¡Debes tener citas! ¡Con quién sea! —expuso—. Yo no te eduqué así, Ryley.
Mamá negó con la cabeza, divertida.
—Tú no la criaste, Dottie —habló rápidamente mi madre—. Lo hice yo. —sonrió, orgullosa.
El rostro de la mujer de cabello grisáceo giró hacia ella, acusándola en silencio.
—Pues entonces es tu culpa que la niña no esté teniendo sexo con un universitario en lugar de estar aquí hablando con nosotras. —musitó.
—¡Apenas llevo un par de días en la universidad!
Me pasé una mano por el cabello, avergonzada, la castaña junto a mí no pudo soportarlo más y estalló en carcajadas.
Definitivamente papá era mi favorito justo en ese momento.
—Ah, entonces sí quieres. —refutó Dottie, guiñándome un ojo.
Al mismo tiempo, la mujer rubia que me dio la vida se cruzaba de brazos frente a la pantalla de su computadora sin protestar o defenderme.
—Dame cinco virtualmente, Dottie. —pidió Ann, estirando su mano y poniéndola cerca de la cámara, la divertida encargada de la fundación hizo lo mismo.
Bufé.
—No voy a tener sexo con nadie, Dottie. NADIE —aclaré, sonrojándome—. Y no hay ningún problema si la persona que me llenó de lodo es una chica, un chico o un anciano. No tengo nada en contra, ¿De acuerdo? Solo no saldría con chicos o chicas o ancianos que suelan ir por las calles poniendo en riesgo la higiene y salud de los demás. No son mi tipo.
Tenía una expresión seria en el rostro, mostrándoles lo madura que era, pero claro que eso no importó porque las tres, incluida mi madre, comenzaron a carcajearse con fuerza.
Otra vez estaban burlándose de mí.
Perfecto, eso era todo.
—¿Saben qué? La próxima vez pediré hablar directamente con Samie —dije, fingiendo molestia—. Ustedes son unas pesadas.
Mamá fue la primera en detener su risa, tosiendo un poco para disimular su arrebato ante mi mirada mordaz.
—Lo siento, cariño —masculló, viéndome apenada—. Samie te extraña mucho.
Dottie, a su lado, asintió dejando de reírse, sin embargo, la sonrisa bobalicona no abandonó sus labios.
—Así es —afirmó ella—. Pero ha pasado mucho tiempo con Kate y se han vuelto muy unidas.
Al escuchar eso se me olvidó por completo que, segundos atrás, era su burla personal. Mi pecho se infló con una sensación de orgullo absoluto.
Sonreí sin poder evitarlo, enternecida y reviviendo el recuerdo de aquel par de niñas en la fundación, con Samie acercándose a Kate de manera tímida y, ahora, podía imaginarlas correteando por todas partes y soltando risitas tiernas.
Deseaba ver esa escena en persona.
—Le contarás lo que me sucedió, ¿No es así? —inquirí, observándola con detalle.
—Tenlo por seguro. —sonrió.
Sacudí la cabeza, dándome por vencida.
—Solo evita decir la palabra sexo enfrente de la niña. —le advertí. Ella volvió a reír.
Miré la hora, divisando que ya teníamos que irnos a la universidad, puse una mueca triste y Ann también, hace mucho que no las veía. Ella no conocía a Samie y quería que pronto lo hiciera, aunque se mostró curiosa al mencionar a la pequeña.
Ellas dos se llevarían muy bien, no tenía dudas.
Dejando mi falsa molestia a un lado, procedí a despedirme.
—Las quiero, hablaremos en la noche, ¿Sí? —les dediqué una mirada dulce, ambas estuvieron de acuerdo.
Me sentí mejor de verlas y hablar con ellas, sin embargo, extrañé los consejos de papá o los pucheros de Samie.
Ann se despidió cariñosamente de ellas, jurándoles visitarlas apenas consiguiéramos trabajo y, con ello, dinero para los boletos de autobús, después de que Dottie nos mostrara su papada oprimiendo las teclas con fuerza, la videollamada terminó y nos apresuramos a tomar nuestras cosas para salir del apartamento.
—Dottie sigue siendo tan... Dottie. —comentó Annabeth, sin dejar de sonreír.
Suspiré.
—Ella se esmera mucho para serlo. —admití.
Una oleada de aire frío erizó mi piel y al instante me di cuenta que debía ponerme un suéter más grueso.
Esta era la famosa ciudad de New York y su característico clima frío y húmedo del que tanto hablaban.
El otoño estaba cerca y era más que evidente, moría por verlo, era mi estación favorita.
Ann, al parecer, pensó lo mismo puesto que se fue directo a su habitación, abrazándose a sí misma en busca de algo para abrigarse.
—Me voy a congelar. —murmuré en voz baja, mis dientes no dejaban de chocar entre ellos.
La noche había sido fría, tanto así que no pude observar la fuerte lluvia por mi ventana pues esta se empañó por completo impidiendo ver al exterior.
Y el calefactor seguía sin funcionar, estuvimos a punto de encender una fogata en la mitad de la pequeña salita.
Cambié mi suéter, eligiendo el más grueso, era de un lindo color blanco que combinaba a la perfección con mi pantalón. También tomé un gabán del mismo tono del suéter y satisfecha con mis elecciones, salí en dirección a la cocina.
Tomé de mi taza de café caliente.
Era lo que necesitaba para empezar bien el día, si el clima seguía así podría dormirme en alguna clase y era lo menos que quería.