Capítulo seis: Lo que pasa entre chicas
¿Cómo era aquella frase que mi abuelo a menudo usaba?
Oh, sí, era «El mundo es un pañuelo, Ryley».
Pues muy bien, aquella frase aplicaba de manera bastante cómica en esta situación.
Megan me observaba divertida mientras mi rostro muy seguramente demostraba como quería que la tierra se abriera en ese momento y me tragara.
—Yo…
Nada, no se me ocurrió absolutamente nada que decir. No iba a retractarme de todo lo que había dicho, porque era cierto y era lo pensaba, pero, ¿Qué se supone que podría decir ahora?
«Tal vez algo como: Megan, qué gracioso, tu amigo se ve que es buena persona y no solo baña a los peatones con agua sucia en sus tiempos libres.»
No, claro que no.
La castaña sonreía ampliamente y podía jurar que esperaba nuestro bombardeo de preguntas. Quizás escuchaba los engranes de nuestros cerebros moverse y encajar entre sí.
Sí, por supuesto que sí.
«Debes agradecer que no insultaste de manera desagradable al pobre chico.»
Aunque lo merecía y no tenía nada bueno que decir de él, eso no quitaba el hecho de que esto era muy vergonzoso. Al instante sentí nervios de solo imaginar que él se cruzara otra vez en mi camino.
No conocía a Megan y ella, muy posiblemente, podría contarle a su irritante amigo todo lo que habíamos dicho sobre él y su pésima habilidad para conducir.
¿Me importaba? No.
¿Quería evitar encontrarme nuevamente a ese chico? Sí.
Me enfoqué en la castaña nuevamente y respiré profundo, no debería preocuparme por algo tan estúpido e insignificante.
«Pero sí te preocupa, Ryley. Te pones nerviosa. Él te pone nerviosa.»
Sacudí la cabeza, alejando ese último pensamiento.
Quise tranquilizarme, quise darle el beneficio de la duda a Megan, ella parecía realmente entretenida y para nada afectada o molesta por las diferentes maneras en las que, tanto Ann como yo, nos dirigíamos hacia su adorado amigo Stephen, el inconsciente al volante e incapaz de disculparse, Collins.
Y, de manera casi inquietante y sorpresiva, muy para mis adentros deseaba saber más sobre aquel chico, aunque tenía más que claro que no era de mi incumbencia y que tampoco debía estar pensando en conocer más detalles sobre su existencia.
Por favor, el chico era insoportable, ¿Por qué perdería mi tiempo queriendo saber más sobre él?
«Porque el chico es insoportablemente apuesto.»
¿Qué me ocurría? Eso no me interesaba, ese chico y lo que pensara de mí no debería importarme en lo absoluto, pero, aun así, el inexplicable interés que nacía de mi interior no me dejaba pensar con claridad.
Chicos como él, con apariencia perfecta y aura narcisista y desafiante, no eran de mis favoritos y era mejor mantener la distancia.
No estaba lista para lidiar con una situación como la que el inconsciente al volante e incapaz de disculparse me ofrecía.
Mi mejor amiga compartió una mirada burlona con Megan y ambas giraron sus rostros hacía mí, escaneándome al tiempo que buscaban mi reacción. Tenía los labios levemente abiertos y suspiré suavemente, entornando los ojos.
Estaban fascinadas con lo que sucedía, era evidente.
Ann chasqueó la lengua, jovial, y supe que derrocharía comentarios que no serían de mi agrado desde ese momento hasta que yo dejara de respirar o, en su defecto, hasta que algo aún más vergonzoso le diera material para reírse de mí.
«¿Ves? Esto es una señal divina para dejar el tema de Jack Morgan.»
Sin embargo, eso no pasaría, no dejaría el tema de Jack.
Me obligué a poner buena cara y una sonrisa tiró de los labios de Ann, preparándose para decir:
—Vaya, esto se ha vuelto interesante, ¿No lo crees, Ry?
Entrecerré mis ojos en su dirección y controlé las inmensas ganas de tirarle un cojín a la cara. En respuesta, enrollé con fuerza y torpeza la pasta en el tenedor.
Annabeth se rio entre dientes.
—Tal vez olvide comprar más mini donas para ti —espeté, dejando el tenedor sobre el plato a medio comer.
Mi mejor amiga, al escucharme, elevó una de sus cejas, desafiante.
—Y yo tal vez podría contarle a Dottie —advirtió y se inclinó hacia mí—. Cortarle todo.
Eso era jugar sucio, muy sucio.
Dottie no necesitaba detalles, decirle que ese conductor misterioso y desconocido ahora tenía un rostro precioso y un nombre bonito que resonaba en mi cabeza sin cesar la convertiría en una señora mayor intensa, inmiscuyéndose en mi vida más de la cuenta.
No, ella no podía enterarse de la existencia de Stephen, el inconsciente al volante e incapaz de disculparse, Collins o ella misma vendría a coquetearle si yo no lo hacía.
Abrí la boca, indignada, aunque no me sorprendía, esperaba una respuesta como esa de parte de Ann, se trataba de la chica que odiaba perder, que odiaba no tener la última palabra y salirse con la suya.
—Te odio —balbuceé.
Ann estalló en carcajadas mientras yo seguí comiendo de mi deliciosa pasta con carne. Por su parte, Megan se dedicó a observarme, aun a la espera de las preguntas que sabíamos que tenía e invadían mi mente.
Exhalé sonoramente, dejando mi plato sobre la pequeña mesita de centro. Megan acomodó sus mechones castaños.
—No creo que sea necesario que ese tal, ¿Cómo era su nombre? Ah, sí, Stephen, no creo que él deba enterarse de esta conversación, ¿Verdad? —musité, haciéndola reír.
«Perfecto, muy bien, finge que no recuerdas su nombre.»
De inmediato sacudió la cabeza en una negativa y, al verla, me relajé notoriamente. No le temía a ese chico, sin embargo, lo que menos deseaba en este momento era que me confrontara, no me apetecía ver su hermosa cara.
—No debes preocuparte por eso —aseguró—. Lo que pasa entre chicas, se queda entre chicas.