Capítulo siete: El irritante y popular Jack Morgan.
Era una catástrofe.
¡Catástrofe de magnitudes estratosféricas!
Bueno, al menos eso era lo que había gritado Ann al despertar.
La alarma de su reloj decidió no funcionar y mi teléfono se había quedado sin batería a mitad de la noche, de solo recordar el por qué, el calor insoportable invadía mis mejillas y me sentía demasiado avergonzada.
Todo era su culpa, era culpa de Stephen, cara perfecta y excelente perfil, Collins, ¿Por qué tuve que meterme a su perfil otra vez a la media noche? Y, peor aún, ¿Por qué me quedé dormida viendo sus increíbles fotos?
¡Ese idiota me convirtió en una maniática obsesiva con buen gusto! Repito, no me sentía orgullosa de ello.
Qué vergüenza, no se lo contaría a nadie jamás.
Y por culpa de su perfil tan público y para nada privado, mi teléfono consumió toda su carga.
Así era como él había causado tal catástrofe.
«Sí, era su culpa.»
Tenía que eliminar esa aplicación o dejar de usar internet.
«Sí, sí, claro, ahora usemos la biblioteca y regresemos a la Edad Media, todo porque conociste un chico guapo.»
Dottie estaría decepcionada de mi comportamiento si lo supiera.
Después de escuchar el grito de Ann, me levanté de un respingo con el corazón latiendo enloquecido y luego de veinticinco minutos, me encontraba maldiciendo al tiempo que cepillaba mis dientes y Ann peinaba su cabello castaño en una linda coleta, todo a la velocidad de la luz.
Las cosas volaban por doquier mientras nos asegurábamos de llevar todo lo necesario para nuestras clases.
Con torpeza desconecté el teléfono del cargador mientras me ponía mis zapatos.
Comí apenas una tostada, casi atragantándome y estaba de muy mal humor al no beber mi querida taza de café diario. Por su parte, Ann engulló una manzana mientras caminábamos velozmente a la parada del autobús.
Y dicho autobús apareció diez minutos más tarde de lo habitual, arrebatándonos la esperanza de llegar a tiempo a nuestras respectivas clases.
El caos de Nueva York finalmente nos rodeaba.
No, en serio no era un buen día.
«¿Sabes? Sería un buen momento para tener un auto. Oh, espera, tienes uno y lo dejaste en casa por una razón que nadie comprende.»
¿Acaso yo misma era mi propia enemiga? Ahuyenté aquella voz, no la necesitaba en este momento.
Ann gruñó, moviendo su pierna de manera impaciente junto a mí, poniéndome de los nervios y mirando cada dos segundos la hora de su teléfono con la esperanza de que el reloj retrocediera su curso.
Negué sutilmente, optando por no revisar el mío, ya estaba lo suficientemente estresada e irritada como para verlo y aumentar mucho más mi palpitante dolor de cabeza que acababa completamente con mi optimismo.
No, yo no era así de masoquista.
—No lo digas, Ann —pedí.
Sin embargo, aunque no deseaba saberlo, Ann terminó por informarme el tiempo de retraso que llevábamos.
—Veinte minutos.
Veinte.
Minutos.
—¡Te dije que no lo dijeras! ¡Eso lo hace real!
Eso era un récord para nosotras.
No solíamos llegar tarde a ninguna parte, pero suponía que para todo había una primera vez y no recomendaba esta experiencia.
Ann comenzó a lloriquear.
—¡Me he portado bien, Dios! —exclamó—. ¡¿Por qué tanta crueldad?! ¡¿Por qué?! ¡¿Acaso soy tu mejor guerrera?! ¡¿Lo soy?!
Blanqueé los ojos ante su escena en exceso dramática.
Quise contradecirla, no obstante, me mantuve en silencio, yo sabía perfectamente que Annabeth era especialmente maleducada con cierto rubio y quizás por ello el cosmos le hacía esto.
Sin embargo, ¿Por qué me lo hacía a mí también? Mi consciencia estaba limpia.
Rogando internamente para que el campus de la universidad apareciera en nuestro campo de visión, nuestras plegarias por fin fueron escuchadas, bajamos de un salto del autobús y Ann no dudó en correr, dejándome atrás. Las grandes puertas de metal de la NYU aparecieron frente a mis ojos y solté un suspiro.
Annabeth movía los brazos de un lado a otro, esquivando a los estudiantes que caminaban con lentitud frente a nosotras en dirección a la universidad.
Por un momento deseé arrancarles la cabeza con mis propias manos, ¿No podían ir un poco más lento?
Sí, cuando mi mal humor se hacía presente, el sarcasmo no dudaba en aparecer para hacerle compañía.
Me mordí la lengua, controlándome para no soltar unas cuantas palabrotas y evitando empujarnos para quitarlos de mi camino.
Bufé, exasperada, zigzagueando y sintiendo mi corazón martillar contra mis costillas. Mi respiración era completamente irregular y mis piernas dolían ante el ejercicio inesperado.
Mi mejor amiga me tomó la delantera y, mirándome sobre su hombro, gritó:
—¡Vamos, Ryley! ¡Corre! ¡Corre por tu vida!
Ante su orden y sin importarme mucho sus gritos, me detuve, exhalé de manera ruidosa sin poder evitarlo. Hace mucho no corría de esta manera. Tomé aire y sentí como quemaba en mis pulmones.
Demonios, debía empezar a correr en las mañanas como solía hacerlo para no perder el ritmo que antes llevaba.
Papá no estaría para nada feliz si pudiera verme con las mejillas coloradas, totalmente fatigada por tan solo correr un par de calles. Esperaba que mi gancho derecho no hubiera perdido su toque, también debía volver al boxeo pronto.
Una invasión zombi podría estar a la vuelta de la esquina.
«Le estás presentando mucha atención a las películas y videojuegos de Ann.»
Al parecer mi cabeza guardaba mucha información que no sabía que estaba allí.
Ann se detuvo frente a mí, elevé mis ojos, para encontrarme con los suyos, ganándome una mala mirada de parte suya, no entendía por qué no estaba cansada como yo. Se suponía que su estado físico era peor que el mío.