Pequeño Amor Inesperado.

11.

Maya.

Hoy no ha comenzado como todos mis días, sino de una forma distinta, con Sebastian llamándome a las seis de la mañana por teléfono.

Mel esta noche se ha quedado con sus abuelos, acordamos que iría hoy en la tarde a buscarla.

—Buen día. —digo adormilada. —Sabes, es la primera mañana en mucho tiempo en la que no tengo que entrecortar mi sueño, ¿Acaso no me has entendido anoche cuando te escribí?

Escucho como sonríe a través del teléfono.

—¿Es una especie de venganza por algo? No recuerdo haberte hecho algo para provocar algo así.

—Tu haces muchas cosas para provocarme aunque no te des cuenta, pero no es por nada de eso, necesito que te acerques al muelle en una hora.

Me quedo mirando el techo.

—¿El muelle?

—Levantate, el tiempo corre. —dice antes de colgar la llamada.

Me apresuro a alistarme y preparar un café para llevar.

Me siento extrañada al encontrarme nuevamente ilusionada, no recordaba cuándo fue la última vez que sentí ilusión por algo que no sea Mel, estaba tan perdida que ni siquiera me había dado cuenta que había perdido la ilusión incluso por las sorpresas o los detalles.

Tal vez esa en su momento debió haber sido mi alerta, perder la ilusión es el primer paso para perder la relación.

Que te quiten la ilusión es que te quiten como un pedazo de ti.

Abro la puerta para encontrarme con un ramo de flores y una tarjeta.

“Una promesa es una promesa, todos los días, son todos los días” —era lo que decía la tarjeta.

Sonrió antes de dejar las flores en el agua.

Al salir a la calle me enfrento con la fresca mañana.

Termino de cerrar mi abrigo y prácticamente corro hacia mi auto.

Conduzco hacia el puerto sin prisa, sabiendo que estoy yendo hacia algo desconocido.

Me desconcentra un poco un vehículo en particular que vuelvo a ver durante varias calles, es el de los sueños de Ellie, pero lo olvidó cuando terminó por dejar de verlo luego de unas tres o cuatro calles.

Llegó al muelle y le tomó una foto a las embarcaciones para avisarle que ya estoy aquí.

—Buenos días. —dice alguien detrás de mí acercándome una flor, me giro para encontrarme con Sebastian. —¿Estás lista para una aventura? —pregunta tomando mi mano.

—Si, porque no, solo espero que no me hayas hecho salir de casa tan temprano solo para caminar por el muelle.

El sonríe de lado.

—En realidad, es una doble intención, quiero mostrarte mi casa por el momento.

—¿Tu casa? —digo comenzando a caminar con él.

No me responde solo caminamos un pequeño trayecto y me enseña un barco.

—Esta es, se llama Mel y ella. —dice mostrándome el grabado. —Adivina quién es ella, te daré una pista, es una obstinada que le ha costado madrugar el día de hoy .

—Es gracioso que eso puedes decirle a cualquier mujer. —le respondo sonriendo falsamente.

—¿Eso acaso son celos? —dice coqueto.

—Ya quisieras, solo te muestro una realidad. —digo evitando esa conversación.

—Una realidad que para mí no existe, no he traído a ninguna otra mujer a mostrarle el barco.

—¿Por qué un barco? —le pregunto.

—¿Por qué no? Estoy buscando una casa pero bueno no quiero cualquier cosa, quiero el lugar perfecto para crear un futuro con ustedes y mientras eso pasa, me estare quedando aqui y queria enseñarte el lugar así ya sabes donde encontrarme.

Se sube al barco ayudándome a subir.

—Veo un desayuno.

—¿Crees que es buena idea desayunar en un barco en movimiento?

—Contigo es bueno desayunar en cualquier lugar, pero pensé en hacer un desayuno distinto además creo que estoy obligado a contarte algo que desconoces de mi, pero a pedido de Abel debo dar el puntapié para contarte.

Lo miro sin entender.

—¿Abel? —es cuando recuerdo que ayer cuando dejé a Mel me dijo que debía de hablar de un tema importante cuando no se encontrara con Annie. —¿Qué traen ustedes dos? El también me ha dicho que necesita hablar conmigo.

—Pues aparentemente estamos corriendo una carrera a ver qué versión de la historia llega primero. —dice sentándose, me siento junto a él.

—Si es sobre Ellie, no necesito ninguna versión, tengo la que creo que es la de ella, además tampoco le he contado absolutamente nada sobre ti a cualquier otra persona.

El niega.

—Bien, creo que debo empezar desde el inicio. —dice sacando su teléfono y enseñándome unas fotos, donde me veo con Mel, con Diane y clientes.

—¿Me estás espiando? —le digo.

—No, por supuesto que no, te traje aquí para contarte mi verdad, antes que te cuenten otra perspectiva sin tomar en cuenta esto que estamos creando.

Lo miro dudosa.

—No te estoy entendiendo. —admito.

—Lo sé. —dice para sacar una carpeta debajo de la pequeña mesa que tenía el desayuno. —¿Alguna vez te has preguntado que sucedió con Abel hace tantos años para que decidiera retirarse? Si mal no recuerdo, en ese entonces llevabas poco tiempo trabajando para la firma.

—No entiendo qué tiene que ver eso conmigo… ¿qué relación hay entre esas fotos y que Abel decidiera retirarse?

Sebastián no responde de inmediato. Me observa como si estuviera midiendo cuánto puedo soportar.

—¿Sabes por qué se fue? —pregunta al final.

Asiento, segura… o eso creía.

—Porque Ellie entró en la firma. Dijo que ya había cumplido su proyecto.

Una sombra cruza su expresión. Niega, lento.

—Eso fue lo que te hicieron creer.

El silencio se vuelve pesado.

—Abel no se retiró… se escondió.

Siento cómo algo dentro de mí se tensa.

—Vendió una mentira —continúa—. Una lo suficientemente limpia como para que su familia pudiera dormir tranquila… pensando que todo había terminado.

Trago saliva, pero no digo nada.

—No terminó.

Su voz baja, casi un susurro.

—Hace años rechazó a un cliente. Uno que no acepta un “no”.

Un escalofrío me recorre.

—Al principio fueron amenazas. Nada fuera de lo normal para nosotros… —hace una pausa—. Hasta que dejaron de ser palabras.




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