Maya.
Observé el anillo una vez más, incapaz de creer que aquello fuera real, que finalmente esto esta sucediendo y no se trata de un sueño que se pierde al despertar, sino de una realidad que esta por pasar.
Durante años había imaginado mi futuro de muchas maneras, pero jamás pensé que terminaría aquí, con el corazón latiéndome tan fuerte que parecía querer escapar de mi pecho.
Ya una vez anterior me había encontrado en este mismo punto, pero no se sentía igual, esta vez se sentía mucho más real que nunca, tal vez esa primera vez todo se me hacía increíble porque era algo nuevo pero esta vez, esta cargado de algo distinto, el anhelo no es el mismo que estoy sintiendo en este momento, porque esta vez todo se siente más increíble, no solo me ilusiona el preparar una fiesta, sino que lo que más me ilusiona es pensar en nuestro futuro juntos, en un por siempre.
La idea me hizo contener las lágrimas.
Porque no se trataba del anillo.
No se trataba de la boda.
Se trataba de él.
De todo lo que habíamos atravesado para llegar hasta este momento.
De todas las veces que me sostuvo cuando sentí que me derrumbaba, aun sin decirnos nada era como una respuesta natural, como si realmente sintiera lo mismo que yo siento y no sea necesario decirlo.
De todas las veces que me eligió.
Y de todas las veces que yo volvería a elegirlo a él.
Levanté la vista y lo encontré observándome desde el otro lado de la habitación, mientras el medico nos daba un resumen de los analisis de Mel.
No estaba hablando con nadie.
No estaba prestando atención a nada más.
Solo me miraba.
Y esa forma de hacerlo seguía provocándome exactamente lo mismo que la primera vez.
Una mezcla extraña de nervios, felicidad y la certeza de estar en casa, aun cuando estábamos rodeados de médicos que solo nos quieren devolver a la fría realidad, donde construían un muro alrededor de Mel, debido a que aún no veían la fortaleza en ella que nosotros siempre hemos visto.
Sonrió al notar que lo había descubierto, quitándome un poco la preocupación que estaba empezando a darme toda esta situación.
Una sonrisa pequeña, de esas que solo aparecían cuando creía que nadie más estaba mirando.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—¿Por qué me miras así? —pregunté cuando se acercó.
—Porque puedo hacerlo.
Solté una pequeña risa.
—Esa no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Se detuvo frente a mí y tomó mi mano entre las suyas. Su pulgar acarició lentamente el anillo, como si necesitara comprobar que seguía allí.
Como si temiera despertar y descubrir que todo había sido un sueño.
—¿Te arrepientes? —preguntó de repente.
Parpadeé sorprendida.
—¿Qué?
—De aceptar. —La inseguridad en su voz me tomó desprevenida.
Porque Sebastián siempre parecía seguro de todo.
De sus decisiones.
De sus planes.
De sí mismo.
Pero no de esto.
Nunca de nosotros.
Negué con la cabeza antes de que pudiera seguir atormentándose.
—Jamás.
Sus hombros parecieron relajarse.
—Bien —murmuró.
—¿Bien?
—Sí. Porque si la respuesta hubiera sido otra, habría tenido que volver a pedirte matrimonio hasta que dijeras que sí.
Una carcajada escapó de mis labios.
—Eso suena un poco obsesivo.
—Un poco.
—¿Solo un poco?
—Está bien, bastante.
Y por primera vez en toda la noche no pensé en la boda.
No pensé en los invitados.
No pensé en los preparativos.
Solo pensé en él.
En el hombre que sostenía mi mano como si fuera el tesoro más valioso que había encontrado en su vida.
Y en la suerte que tenía de que ese hombre me amara exactamente con la misma intensidad con la que yo lo amaba a él.
Pero lo más importante para mí era saber que él realmente estaba aquí para nosotras sintiendo lo mismo que nosotras, pero no como un agregado sino como una persona que realmente lo siente, lo vive en carne propia.
Pero lo más importante para mí era saber que él realmente estaba aquí siempre.
No como alguien que simplemente había llegado a nuestras vidas.
No como una obligación. No como una persona que decidió quedarse porque las circunstancias lo empujaron a hacerlo.
Sino que estaba aquí porque quería estarlo, porque nos había elegido.
Y eso hacía toda la diferencia.
Durante mucho tiempo tuve miedo de creer en las promesas.
La vida me había enseñado que las personas podían marcharse de un momento a otro. Que los "para siempre" eran frágiles, como de cristal.
Que el amor no siempre era suficiente para evitar que alguien se fuera, o que te puede servir de escudo siempre, de alguna forma los golpes siempre llegaran y uno debe prepararse para eso, para sentir el golpe y aprender a mantenerse.
Sin embargo, Sebastián había aparecido para destruir cada una de esas ideas, y construir nueva.
Porque él no solo decía que nos amaba. Lo demostraba. Todos los días. En los pequeños detalles. En las noches en las que se quedaba despierto cuando Mel estaba enferma. En las veces que creía que nadie lo observaba y aun así se acercaba a acomodarle la manta. En la manera en que preguntaba por ella incluso cuando estaba trabajando. En la forma en que sus ojos se iluminaban cada vez que escuchaba su risa. Y en cómo, sin darse cuenta, había aprendido a amarnos exactamente de la forma en que necesitábamos ser amadas, en cada flor que dejaba o nos hacia llegar en el dia para que Mel desde pequeña entienda que el amor no es solo decirlo, sino demostrarlo con hechos, que mas alla de las distancias siempre se puede estar presente en los pensamientos
. Sentí que sus dedos se entrelazaban con los míos.
—¿Qué pasa? —preguntó suavemente. Negué con la cabeza.
Porque si intentaba hablar estaba segura de que terminaría llorando.
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Editado: 29.06.2026