Pequeño Amor Inesperado.

24.

Maya.

Se me hace difícil entender por qué la felicidad nunca es completa.

Mientras mi corazón sigue flotando por el compromiso, no puedo dejar de preocuparme cada vez que miro a Mel, su médico constantemente me trae avances del tratamiento y me llena de preguntas que se alguna forma me limito a no preguntar, porque no quiero saber las respuestas o al menos ahora cuando todo se ve tan inestable.

Yo siento que está bien y quiero seguir creyendo eso, no quiero que vengan a traerme malas noticias, quiero atraer solo cosas positivas.

La veo respirar tranquila y sincronizo mi respiración tranquila con la suya.

La veo abrir los ojos, esos ojos verdosos que tanto amo y que iluminan todo su entorno.

La veo reaccionar cuando escucha nuestras voces.

—Princesa hermosa. —le murmuró tocando su manito. —Te amo mas que a mi vida hermosa.

Veo al medico pasarse de un lado al otro y sinceramente odio verlo porque su médico no deja de recordarme que una mejoría no significa que esté fuera de peligro.

Que debo estar preparada para posibles recaídas.

Que todavía queda un largo camino por recorrer.

Y aunque intento escuchar cada una de sus recomendaciones, hay una parte de mí que se niega a vivir esperando lo peor, ella es vida.

Porque para mí, el simple hecho de que no esté peor ya es una victoria.

Después de todo lo que nos dijeron que podía ocurrir, después de escuchar palabras como convulsiones, derrames y complicaciones que todavía me cuesta siquiera pronunciar, verla aquí sigue sintiéndose como una victoria.

Quiero creer que Ellie me dará las fuerzas necesarias para cuidar de Mel y afrontar todo esto, y elijo creer que de aquí saldremos más fuertes que nunca, porque el perder a Ellie solo servirá para entender a qué nos enfrentamos todo este tiempo.

Quiero creer que vamos a superar esto.

Lo bueno es que nos sacaron del área de aislamiento debido a que Mel ya había superado la primera etapa del tratamiento, aquella que prácticamente había acabado con todas sus defensas para preparar su cuerpo.

Ahora nos encontrábamos en la segunda fase.

La más importante.

La más incierta.

La etapa en la que su pequeño cuerpo debía demostrar que era capaz de recuperarse.

Los médicos insistían en que todavía era demasiado pronto para celebrar.

Que debíamos ser prudentes.

Que una mejoría no significaba una recuperación definitiva.

Y aunque entendía perfectamente lo que intentaban decirme, me negaba a dejar que el miedo me robara cada pequeña victoria, ya estar fuera del área de cuarentena y que sus abuelos puedan venir a visitarla era una gran victoria, porque ellos vendrían a devolverles todas las energías que había perdido.

Porque después de días viendo a mi hija sufrir, verla sonreír ya era una victoria.

Verla terminar un biberón era una victoria.

Verla mantenerse tranquila en mis brazos era una victoria, incluso poder tenerla en brazos es una victoria..

Verla dormir sin molestias durante varias horas era una victoria.

Quizás para los médicos eran detalles insignificantes.

Para mí eran el mundo entero, porque a cada pequeño detalle me aferro como si fuera el ultimo suspiro.

No me había dado cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas hasta que una pequeña manito chocó torpemente contra mi brazo.

Bajé la mirada.

Mel me observaba desde la cuna.

Sus enormes ojos verdes parecían seguir cada uno de mis movimientos.

Y aunque era imposible que entendiera lo que estaba pasando, algo dentro de mí encontraba consuelo en su mirada.

Sonreí.

Inmediatamente sus labios se curvaron apenas.

Una sonrisa pequeña.

Fugaz.

Pero suficiente para hacer que mi corazón se encogiera.

Porque después de todo lo que había atravesado, todavía encontraba fuerzas para sonreír.

Todavía seguía luchando.

Mucho más de lo que cualquier bebé debería tener que luchar.

Por primera vez en varios días sentí algo diferente al miedo.

Sentí esperanza.

Porque verla sonreír significaba que seguía aquí.

Porque verla reaccionar significaba que seguía peleando.

Porque verla crecer, aunque fuera poco a poco, significaba que todavía existía un mañana.

Y yo necesitaba creer exactamente eso.

Necesitaba creer que algún día miraríamos hacia atrás y todo esto sería solo un recuerdo doloroso.

Uno que habíamos logrado superar juntos.

Uno que no había conseguido rompernos.

Uno que nos había enseñado que incluso en los momentos más oscuros todavía existían razones para seguir luchando.

No tardó mucho en quedarse dormida.

Después de todo, el tratamiento seguía agotándola más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Sebastián fue quien la acomodó entre las sábanas.

Con una delicadeza que jamás habría imaginado cuando lo conocí.

Le acomodó la manta.

Le acarició la cabeza.

Y permaneció varios segundos observándola.

Como si necesitara asegurarse de que realmente estaba descansando.

Como si alejar la mirada fuera a romper algo.

Me quedé observándolo desde la distancia.

Y una vez más sentí ese nudo en el pecho.

Porque no era solo el hombre del que me había enamorado.

Era mucho más que eso.

Era el hombre que se había enamorado de nosotras.

De las dos.

Sin condiciones.

Sin reservas.

Sin promesas de que sería fácil.

Simplemente había llegado y había decidido quedarse.

—¿Qué? —preguntó sin apartar la vista de Mel.

—Nada.

Una sonrisa apareció en sus labios.

—Estás pensando demasiado.

—Tú también.

Esta vez sí me miró.

—Siempre pienso demasiado cuando se trata de ustedes.

Mi corazón dio un vuelco.

Porque no dijo "de ti".

Dijo "de ustedes".

Y para Sebastián esa diferencia lo significaba todo.

El médico se marchó poco después y la habitación volvió a quedar en silencio.




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