Maya.
Me desperté sobresaltada, otra vez la misma pesadilla que se me ha vuelto recurrente en estas últimas noches, el ruido de las maquinas colapsando uniéndose en un mismo coro con un mismo resultado, perder a Mel, este sueño se estaba volviendo en mi trauma, demasiada sugestión negativa.
Durante unos segundos no recordé dónde estaba.
Las luces tenues.
El sonido constante de los monitores.
El olor característico del hospital.
Todo tardó unos instantes en acomodarse dentro de mi cabeza, seguimos aqui otro dia mas.
Mi primera reacción fue la misma de todas las noches.
Buscar a Mel.
Giré inmediatamente hacia la cuna y sentí cómo el aire volvía a mis pulmones al encontrarla allí.
Dormida.
Tranquila.
Respirando, aún con tantos cables conectados ella sigue aquí.
La observé durante varios segundos, la inocencia que hay en ella es tan sagrada, ella no tiene ni idea el terror que nos está haciendo vivir día con día, ella sigue en su mundo llena de amor y sonrisas.
Como si necesitara comprobarlo más de una vez, tomó su pequeña mano.
Como si el miedo me hubiera enseñado a desconfiar incluso de los momentos de calma, intento aferrarme a todo en ella, apreciando los pequeños detalles como si así se hubieran eternos.
Fue entonces cuando lo vi, al otro lado de la habitación a Sebastián estaba sentado junto a la cuna.
O al menos creo que había intentado permanecer sentado, este dia habiamos quedado de acuerdo que el iria a mi departamento a dormir y descansar decentemente asi mañana el se encargaba de cuidar de ella en la noche.
Porque el cansancio había terminado ganando la batalla.
Tenía la cabeza apoyada sobre uno de sus brazos y el cuerpo inclinado hacia adelante en una posición que debía ser terriblemente incómoda.
Dormía profundamente.
Y aun así su mano seguía dentro de la cuna.
Mel sostenía uno de sus dedos entre los suyos.
Como si incluso dormida se negara a soltarlo.
Mi corazón se encogió.
No por tristeza.
Sino por amor.
Por un amor tan inmenso que casi dolía.
Porque nadie le había pedido que estuviera aquí.
Nadie le había exigido pasar noches enteras en un hospital.
Nadie le había obligado a quedarse.
Simplemente había decidido hacerlo.
Y cada día encontraba una nueva forma de demostrarlo.
Me quedé observándolo en silencio.
Memorizando aquella imagen.
La ligera arruga entre sus cejas.
Las ojeras que se habían vuelto más evidentes con el paso de los días.
El cansancio que intentaba ocultar para no preocuparme.
Y aun así seguía aquí.
Siempre aquí.
Por nosotras e incluso podria jurar que por él mismo.
Durante mucho tiempo creí que tendría que enfrentar la vida sola pero igualmente estaba dispuesta a hacerlo por Mel.
Creí que el amor era algo frágil o al menos la falta de él me había dejado demasiado frágil pero no fue así solo me volvió a impulsar a reconstruir todo.
Algo capaz de desaparecer de un momento a otro.
Patrick me había enseñado a desconfiar y a no esperar nada, por más que ahora de alguna forma se estaba haciendo presente en mi vida.
Sebastián estaba dedicando cada día de su vida a demostrarme que estaba equivocada y que el amor no es malo.
Porque él no solo decía que nos amaba.
Lo demostraba.
En cada madrugada.
En cada análisis.
En cada mala noticia.
En cada pequeña victoria.
Me levanté despacio para acercarme a ellos.
Pero apenas di dos pasos, Sebastián abrió los ojos.
Lo primero que hizo fue mirar a Mel.
Solo cuando comprobó que seguía dormida pareció relajarse.
Y aquello me rompió un poco el corazón.
Porque entendí que él también tenía miedo.
Que también se despertaba esperando que todo siguiera bien.
Que también estaba luchando.
—Te quedaste dormido —susurré.
Una sonrisa cansada apareció en sus labios.
—No era el plan, solo cerre mis ojos un momento en lo que esperaba a que terminara de amanecer para ir por el desayuno, jamas fue el plan dormirme.
—Claro que no, pero estamos exhaustos.
Se incorporó apenas.
—¿Hace mucho que estás despierta?
—No.
Observó a Mel durante unos segundos.
Como si necesitara volver a comprobar que seguía bien.
—Estaba tranquila —murmuró.
—Lo sé.
—No quería despertarla.
Mi sonrisa se hizo más grande.
—Lo sé.
El silencio que siguió fue cómodo.
De esos silencios que solo existen entre dos personas que ya no necesitan llenar cada espacio con palabras.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó de repente.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Qué?
Sus ojos volvieron a posarse sobre Mel.
Y entonces sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Honesta.
—Que ya no recuerdo cómo era mi vida antes de ustedes, o al menos no es mi recuerdo inmediato, todo ha quedado en pausa. —dijo con franqueza. —Y que no paro de pensar en que quiero descargar todo esto que llevo adentro, esta frustración por esta situación que siento que esta a punto de desbordarse, no es justo y nunca lo será.
Sentí que algo se apretaba dentro de mi pecho.
Porque no sonó como una declaración.
Sonó como una verdad.
Una de esas que nacen tan profundo que resulta imposible esconderlas.
—Sebastián...
Negó suavemente con la cabeza.
—Me exaspera el hecho de no poder darle todo de mi para que ella esté bien así nos podremos ir lejos de aquí, quisiera darle hasta la última gota de mi sangre si con eso significa que esto se termina para ella.
Las lágrimas llenaron mis ojos.
Porque yo tampoco podía imaginar mi vida sin él.
Sin su presencia o eso era lo que estaba descubriendo que por más que había vivido tanto tiempo sin él, ahora él era donde podía apoyarme para no caer hacia atrás de forma abrupta.
#213 en Novela romántica
#81 en Chick lit
deseo amor obsesion miedo sexo secretos, bebe amor verdadero, embarazo inesperado amor
Editado: 29.06.2026