Maya.
Me encuentro en la oficina con Mel poniendo en orden todo.
Leo expedientes y marcó cosas importantes para recordar para la audiencias.
—Pequeña. —la llamo al verla jugar con sus juguetes. —Luego de jugar comeras algo.
Ella sigue jugando con sus juguetes los lanza de lado a lado, la veo apoyarse sobre sus manos y atrapa mi atención por completo haciendome olvidar los expedientes que tengo conmigo.
No se si es un acto de reflejo o que pero la veo comenzar a gatear.
Me quedo con la boca totalmente abierta.
—Preciosa, pero que sorpresa. —digo acercandome a ella.
—Ohh. —comienza a “hablar.”
—¿Oh? —pregunto sonriendo mientras me agacho frente a ella para poder observarla e interactuar con ella.
Mel mueve sus manitos con entusiasmo y vuelve a emitir ese sonido que tanto me gusta escuchar.
—¿Qué quieres decirme, preciosa?
Inclina la cabeza hacia un costado y me regala una sonrisa tan grande que automáticamente sonrío con ella.
Siempre logra hacerlo.
No importa qué tan pesado haya sido mi día.
No importa cuántos expedientes tenga sobre el escritorio.
Ella siempre consigue que el mundo se detenga unos segundos.
Dejo la lapicera a un lado y me siento sobre la alfombra, frente a ella.
—Ven.
Le extiendo las manos.
Mel observa la distancia que nos separa.
Después apoya ambas palmas sobre el piso.
Frunce apenas el ceño, completamente concentrada.
Una de sus rodillas avanza unos centímetros.
Luego la otra.
Mi respiración se corta.
—¿Mel...?
Ella vuelve a impulsarse.
Esta vez recorre una distancia un poco mayor.
La veo balancearse con inseguridad, como si todavía no confiara del todo en su propio cuerpo.
Pero no se rinde.
Lo intenta otra vez.
Y otra.
Hasta que, de pronto, está frente a mí.
Mis ojos se llenan de lágrimas.
—Mi amor...
No puedo evitar abrazarla.
Ella rompe a reír, creyendo que esto también forma parte del juego.
La lleno de besos mientras intenta escapar de mis brazos.
—¿Sabes cuánto esperé este momento? Por ma que ahora te vuelvas más inquieta aun, verte aprender es verte ser tan sana.
Beso su frente.
Sus mejillas.
Su pequeña nariz.
—Hace unos meses solo soñaba con que estuvieras bien, con que pudieras volver a casa, con escuchar tu risa una vez más y hoy...hoy me estás enseñando a gatear detrás de ti.
Una lágrima resbala por mi mejilla.
No es una lágrima triste.
Es una de esas que nacen cuando la felicidad ya no cabe dentro del pecho.
Mel apoya su pequeña mano sobre mi rostro, como si quisiera secarla.
Suelto una risa entrecortada.
—No, preciosa, hoy no lloramos porque estemos asustadas, hoy lloramos porque la vida nos está regalando un recuerdo que voy a guardar para siempre.
Tomo el teléfono que descansa sobre el escritorio.
Marco el número de Sebastián para hacer una videollamada.
Contesta al segundo tono.
—¿Todo bien?
Sonrío.
Siempre hace la misma pregunta.
Supongo que después de tantos meses el miedo también se convierte en costumbre.
—Todo está más que bien.
—¿Qué pasó?
Miro a Mel, que ya intenta volver a alejarse gateando.
—Creo que vas a querer salir de la reunión que estés teniendo.
Escucho cómo mueve algo del otro lado de la línea.
—¿Por qué?
—Porque tu hija decidió que ya era hora de empezar a perseguirnos por toda la casa.
Se hace un breve silencio.
—¿Qué hizo?
No puedo evitar reír.
—Está gateando, Sebastián.
Escucho cómo deja escapar el aire.
Después una risa llena de emoción.
—No te muevas.
Voy para allá.
—No hace falta que...
—Hace falta.
No pienso perderme ninguno de sus primeros momentos.
Ni uno solo.
Cuelga antes de que pueda responder.
Miro nuevamente a Mel.
Ahora intenta alcanzar uno de los expedientes que dejó caer al suelo.
Lo toma con ambas manos y comienza a sacudirlo con una expresión de absoluto triunfo.
Río.
—Definitivamente eres hija de una abogada.
Aunque creo que tu padre dirá que heredaste el gusto por desordenarlo todo.
Ella me mira.
Sonríe.
Y por un instante vuelvo a pensar en Ellie.
Recuerdo todas las noches que imaginamos cómo sería verla crecer.
Las conversaciones sobre sus primeros dientes.
Sus primeras palabras.
Sus primeros pasos.
Acarició el cabello de Mel con infinita ternura.
—¿Lo estás viendo, Ellie? nuestra pequeña está creciendo y lo está haciendo rodeada del amor que siempre soñaste para ella, aunque espero que tu sueño de que ella sea una abogada estilo barbie no se cumpla porque ya hay demasiados abogados en la familia, tal vez que sea florista sería genial.
Escucho un pequeño ruido proveniente del suelo.
No es fuerte.
No es algo que debería llamar mi atención.
Pero después de tantos meses aprendí que cualquier sonido nuevo de Mel merece toda mi atención.
Levanto la vista de los expedientes.
—¿Mel?
No responde.
Claro que no.
Ella todavía está en esa etapa donde parece entender perfectamente todo lo que decimos, pero decide ignorarnos cuando no le conviene.
Sonrío.
Me levanto de la silla y camino hacia donde la había dejado jugando unos minutos antes.
Y entonces me detengo.
—No puede ser...
Mel está sentada en el suelo.
Rodeada de hojas.
Mis hojas.
Mis expedientes.
Mi expresión cambia lentamente.
—Pequeña...
Ella levanta la mirada al escucharme.
Tiene una de las páginas arrugada entre sus manos.
Y cuando me ve...sonríe.
Esa sonrisa inocente de alguien que claramente sabe que hizo algo, pero no tiene idea de que acaba de cometer un crimen contra una abogada.
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Editado: 29.06.2026