Pequeño Amor Inesperado.

30.

Maya.

Nunca imaginé que uno de los sonidos más hermosos del mundo sería escuchar pequeños pasos apresurados por una casa.

Aunque, siendo completamente honesta...todavía no son pasos.

Son más bien golpes suaves contra el suelo, acompañados de pequeñas risas y sonidos que no logro comprender, pero que de alguna manera parecen tener todo el sentido del mundo.

Abro los ojos lentamente.

Durante unos segundos me quedo quieta.

Esperando.

Mi cuerpo todavía recuerda aquellos días donde despertar significaba tener miedo.

Donde abrir los ojos era preguntarme si Mel estaría bien.

Si hubiera alguna noticia nueva.

Si el día que comenzaba sería uno más luchando contra algo que parecía demasiado grande para nosotros.

Pero entonces escucho una risa.

Una risa pequeña.

Una risa que no pertenece a un hospital.

Una risa que pertenece a mi casa.

Sonrío antes de abrir completamente los ojos.

—Sebastián. —Murmuro su nombre.

No obtengo respuesta.

Giro mi rostro hacia el otro lado de la cama.

Vacío.

Eso solo puede significar una cosa.

Él ya está con ella.

Me levanto lentamente y camino hacia la puerta.

Y entonces escucho la voz más divertida del mundo.

—Mel.

Una pausa.

—No.

Otra pausa.

—Pequeña, eso no se come.

Sonrío inmediatamente.

No sé por qué, pero escuchar a Sebastián intentando negociar con una bebé siempre me parece una de las cosas más tiernas del mundo.

Camino hasta la sala.

Y ahí está.

El hombre que durante mucho tiempo todos veían como alguien incapaz de detenerse por nada.

El hombre que parecía tener el mundo bajo control.

Está sentado en el suelo con el cabello completamente desordenado, una camiseta arrugada y una expresión de absoluta derrota.

Frente a él está Mel.

Sentada sobre una manta.

Con una pequeña expresión de triunfo.

Y en sus manos...mi agenda.

Mi agenda de trabajo.

Me quedo observando la escena durante unos segundos.

—¿Debo preguntar?

Sebastián levanta la mirada.

Sus ojos reflejan alivio al verme.

—Por favor.

Me acerco lentamente.

—Explícame cómo nuestra hija consiguió mi agenda.

Él mira a Mel.

Después me mira a mí.

—No lo sé.

—Sebastián.

—Te juro que estaba sobre la mesa.

Señala hacia el mueble.

—Me di vuelta dos segundos.

Vuelvo a mirar a Mel.

Ella sostiene la agenda como si fuera el objeto más importante del mundo.

—¿Dos segundos?

—Tal vez tres.

Entrecierro los ojos.

—¿Y en esos tres segundos ella caminó hasta la mesa, tomó la agenda y volvió?

Sebastián guarda silencio.

Después mira a nuestra hija.

—Creo que está desarrollando habilidades que todavía desconocemos.

No puedo evitar reír.

Mel al escucharme comienza a sonreír también.

Y esa sonrisa...

Esa pequeña sonrisa...

sigue siendo capaz de detener mi mundo.

Me agacho frente a ella.

—Buenos días, mi amor.

Ella extiende sus brazos hacia mí.

La levanto y automáticamente acomoda su cabeza sobre mi hombro.

Hay momentos en los que todavía me cuesta creerlo.

Que puedo hacer esto.

Que puedo simplemente levantarla.

Que puedo verla crecer.

Que puedo preocuparme por una agenda destruida en lugar de preocuparme por un resultado médico.

No puedo evitar notar muchos ramos florales nuevos que decoran el departamento.

—¿Sabes qué hiciste? —Le pregunto.

Mel me mira completamente seria.

Como si estuviera esperando mi explicación.

—Robaste las cosas de mamá.

Sebastián se acerca.

—Creo que deberíamos tener una conversación sobre límites. —Lo miro sorprendida.

—¿Tú?

—Sí.

—El hombre que hace cinco minutos estaba negociando con una bebé para recuperar una agenda, sin contar que con una sonrisa te domina como si fuera una estratega nata.

—Era una negociación diplomática.

Rió.

—Era una bebé con un papel.

—Una bebé muy convincente.

Mel vuelve a reír.

Y ambos terminamos mirándola.

Porque al final eso era todo.

Ese era nuestro gran problema ahora.

Una bebé que robaba agendas.

Que desordenaba cosas.

Que llenaba la casa de ruido.

Una bebé que estaba creciendo.

Y nunca había existido un problema que quisiera conservar más.

—¿Por qué tantas flores? —le pregunto comenzando a preparar mi café.

—Soy un hombre palabra, me he puesto al día con las flores que les debía debido a que no las he podido ingresar al hospital, mi cuenta estaba en 36 flores, personalmente las redondeé a 50, porque nunca son suficientes flores para los dos amores de mi vida.

Antes de terminar de preparar mi desayuno decido darme un baño, debido a que estoy algo justa de tiempo.

—Me ire a dar un baño, menos de cinco minutos, ya regreso.

Cumplo con mi palabra no tardo nada en bañarme y cuando regreso vuelvo a ver otra vez la misma situación.

El hombre que en una reunión puede controlar una habitación completa.

El hombre que durante años creyó que mostrar emociones era una debilidad... está negociando con una bebé de meses.

Y ella está ganando.

Completamente.

Mel está sentada frente a él enfadada.

Tiene su corbata en las manos.

Su corbata favorita.

La que usa para reuniones importantes.

La que ayer dejó preparada sobre una silla.

La misma que ahora parece haber sido convertida en el juguete más interesante del planeta. —Sinceramente a ella le queda mejor, combina con sus ojos. Ambos levantan la mirada. Sebastián parece aliviado al verme.

—Necesito ayuda. Levanto una ceja.

—¿Ayuda? —Señala a Mel.

—Tu hija está intentando destruir mi carrera, y claro que va con el color de sus ojos, son los mismos que los mios.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.