Pequeño Amor Inesperado.

31.

Maya.

Finalmente el día que tanto había esperado llegó.

El día de nuestra vida, donde oficialmente uniremos nuestras vidas ante el mundo.

Decidimos que sería algo rápido y sin tanto lujo. Nosotros no necesitábamos eso; solo necesitábamos a nuestros seres queridos y un lugar lleno de flores, porque las flores sí eran innegociables. Todo culpa de mi prometido, que me mal acostumbró.

Me despierto completamente sola en el hotel campestre que sería el lugar que nos vería nacer como esposos, el lugar más floral que encontramos.

Abro lentamente los ojos y durante unos segundos permanezco inmóvil, observando el techo de madera de la habitación.

Es curioso.

Imaginé tantas veces cómo sería el día de mi boda que jamás acerté una sola cosa.

Pensé que estaría nerviosa.

Que tendría miedo.

Que repasaría mentalmente los votos una y otra vez.

Que me preguntaría si estaba tomando la decisión correcta.

Y, sin embargo...lo único que siento es una paz inmensa.

Una paz que hace años desconocía.

Sonrío para mí misma.

Porque comprendo que los nervios aparecen cuando todavía existen dudas.

Y yo hace mucho tiempo dejé de tenerlas.

Sebastián nunca me prometió una vida perfecta.

Nunca me dijo que el dolor desaparecería o que jamás volveríamos a sufrir.

Me prometió quedarse y cumplió, siempre lo hace, siempre cumple.

Lo hizo cuando las noches parecían interminables en el hospital.

Cuando el miedo nos robaba el sueño.

Cuando Mel necesitó más fuerza de la que un bebé debería tener.

Cuando yo dejé de creer en mí.

Siempre estuvo.

No porque fuera fácil y no tenía un propósito para estar porque así comenzó todo con el centro en Mel, nada de lo que me ocurriera a mí tendría que haber sido su propósito para quedarse, pero aún así siempre estuvo..

Pero se quedo porque llego para enseñarme que amar también significa decidir quedarse cuando todo se vuelve difícil.

Me incorporé despacio y caminé descalza hasta el enorme ventanal.

La vista me roba el aliento.

Los jardines parecen sacados de una pintura.

Rosas blancas y lavandas.

Pequeños senderos de piedra.

Árboles enormes que se balancean suavemente con el viento de la mañana.

El rocío todavía cubre los pétalos.

Todo parece suspendido en el tiempo.

—Ellie... —susurro casi sin darme cuenta cierro los ojos. —Ojalá pudieras estar aquí.

Una lágrima amenaza con escapar, pero sonrío antes de que lo haga.

Porque sé que, de alguna manera, sí está.

Está en Mel.

Se que nunca dejaré de extrañarla porque ella es parte de mi, y ella tambien lo sabia por eso me dejo a su tesoro más preciado.

En cada una de sus sonrisas veo a Ellie.

En la forma en que mueve la nariz cuando se ríe.

En el amor que dejó sembrado antes de marcharse.

Y hoy, más que nunca, siento que también caminará conmigo hasta el altar.

Un suave golpe en la puerta interrumpe mis pensamientos.

—¿Se puede pasar? —escucho la voz de mi madre.

—Claro.

La puerta se abre lentamente.

Mi madre entra sosteniendo una caja blanca entre las manos.

Por un instante nos quedamos simplemente mirándonos.

Después sonríe.

—Buenos días, novia. —No puedo evitar reír.

—Suena raro que me llames así.

Ella deja la caja sobre la cama.

—Pues acostúmbrate, porque hoy es el único día en que puedo hacerlo. —Me acerco para abrazarla.

Ella corresponde al abrazo con fuerza, más fuerza de la habitual.

Y entiendo que también está emocionada.

—¿Estás bien? —me pregunta acariciando mi cabello.

Asiento.

—Mucho mejor de lo que imaginaba.

Se aparta apenas para observarme.

—Cuando eras niña soñabas con una boda enorme.

Río.

—También soñaba con tener un unicornio.

Ella ríe conmigo.

—Es verdad.

—Supongo que crecer consiste en darse cuenta de que las cosas importantes no son las que imaginabas, además los preparativos de la boda anterior tengo que admitir.

Mi madre asiente lentamente.

—¿Y qué es lo importante ahora?

Miro por la ventana.

Pienso en Sebastián.

En Mel.

En la casa que construimos.

En todo lo que sobrevivimos.

—Que cuando llegue al altar voy a encontrarme con el hombre que me sostuvo cuando yo ya no podía sostenerme sola.

Mi madre sonríe con los ojos brillantes.

—Entonces elegiste bien. —Mi madre abre con cuidado la enorme caja blanca que había dejado sobre la cama.

—¿Lista para conocer tu vestido?

Sonrío.

—Lo elegimos juntas hace dos meses.

Ella niega divertida.

—Lo sé, pero hoy se siente diferente.

Y tiene razón.

Hoy ya no era un vestido colgado en una tienda.

Hoy era mi vestido.

El vestido con el que caminaría hacia el hombre que me devolvió las ganas de creer en el amor.

Lo toma con delicadeza y lo levanta frente a nosotras.

La tela cae lentamente, como una cascada de encaje y tul.

No era exagerado.

No tenía una cola interminable ni cientos de piedras brillantes.

Era sencillo.

Elegante.

Con pequeñas flores bordadas a mano que parecían trepar desde la cintura hasta los hombros.

Cuando lo vi por primera vez sentí que era exactamente como nosotros.

No necesitaba llamar la atención.

Solo necesitaba contar una historia.

—Es precioso... —susurra mi madre.

No puedo evitar emocionarme.

Durante un momento simplemente lo observo.

Pensando en todo lo que tuvo que suceder para que ese vestido llegara hasta mí.

Pensando en la mujer que fui.

La que alguna vez creyó que casarse significaba cumplir un sueño.

Y en la mujer que soy hoy.

La que sabe que el verdadero sueño es encontrar a alguien que haga del amor un lugar seguro.

Mi madre deja el vestido sobre la cama y se vuelve hacia mí.




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