El frío me helaba los dedos, mi mirada volvía borrosa; no me podía mover. El blanco reluciente delante era lo único que vislumbraba y a pesar de lo poco que se distinguía se podía notar su forma rectangular, casi como si fuera una puerta.
Detrás de ella se escuchaba movimiento y como si no fuera yo, camine a ella.
Cada vez se volvía mas cálida.
—¡Compañera! —Grito aquel hombre castaño ojos oscuros—Tiempo sin verte.
—No exageres me fui anoche—dije instintivamente como si mi cuerpo no me perteneciera.
—Cierto, pero no sabes cuántos minutos envejeci, casi muero—Dramatiso en su silla, mientras yo lo ignoraba.
—¿Como va?—recito lo que yo creía era yo.
No era así, después de todo me llamo compañera.
El por otro lado no se sorprendió de lo frío de mi actuar, solo sonrió para después salir corriendo.
—No me lo vas a creer pero.— Grito lleno de alegría desde el otro lado de la extensa habitación—somos padres.—Solto al fin.
—No estoy para bromas—replique fulminando lo—rapido que es mi cumpleaños y quiero celebrar con mi familia.
—ok ok, señorita social—gruño—con eso me refiero a que nuestro proyecto mutó hasta volverse en una célula bastante peculiar—Termino mientras tiraba del telar que colgaba a media habitación.
Aquella habitación transparente en medio del área solo tenía lo suficiente para criar a un niño de 4 años.
—Entonces, ¿Porque creaste un área infantil en medio del laboratorio—replique confundido.
En cuanto termine la frase, una muñeca se estrello enfrente de mi, casi como si tuviera vida propia, asustandome en el trayecto hasta tumbarme.
—¿Que es esa cosa?—Exclame con la poca voz que me quedaba.
—Nuestro proyecto—suscito pícaramente mientras me levantaba de un tirón.—Te gusta.
—¿Que hiciste?—Lo tome de la camisa bruscamente
—Tranquila—me quito las manos de su camisa, dándome palmadas en la espalda, mientras de fondo un ruido más fuerte nos interrumpía.
Dentro del cristal, yacia aquella muñeca vuelta loca. La alarma no tardó en sonar cuando en una de sus vueltas rasgo lo único que nos interponia.
—Corre—susurre.
El frío que me recorría se volvía cada vez más húmedo, el correr no me devolvió el poco calor que el suelo me permita correr o al menos la sangre que de mi nariz chorreaba y en lo oscuro de mi habitación ajeno de ese lugar, ese cuerpo, me rompí la nariz.
Toc, toc.
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Editado: 22.08.2026