Una decisión cruel
-Rápido niña tonta, todos están reunidos en el templo. Dijo su hermana menor que se había quedado esperándola.
-¡Tú, pequeña indiscreta!, de ti me encargaré después. Su hermana tenía solo 12 años pero era una de las promesas entre las onna musha, y ya tenía un candidato a marido por lo que no dudaba en atormentar a Yuki cada vez que podía. Sin embargo, esta vez era diferente. Sabía que algo muy malo estaba sucediendo, y aparentemente, la única que no se daba cuenta de la gravedad de una guerra era Yuki que lucía sumamente feliz.
-¡Algo grave está sucediendo, ¿qué no te das cuenta?!
-Sí, la guerra ¡Finalmente podremos probar nuestras destrezas como guerreras!. Dijo Yuki tomando su armadura y naginata.
El camino al templo lo hizo dando pequeños saltos de alegría, lo opuesto a su hermana que la miraba con incredulidad intentando no llorar por la inminente guerra.
Desde que había comenzado su entrenamiento, Yuki anhelaba ir a la guerra.
Mientras el resto de las niñas practicaban caligrafía, hablaban de comprometerse y tener una buena boda, ella soñaba con tener un salón lleno de cabezas de enemigos.
A pesar de ello, las cosas no habían salido como ella planeó.
Al comienzo, ella sintió que todo iba viento en popa. Estaba asignada a un puesto de guardia importante, por ser descendiente directa de uno de los mejores clanes de samuráis y comprometida con el heredero de una de las mejores familias. Pero la falla en las tareas más simples hizo que fuera relegada a puestos de guardia menores, y que la familia del novio rompiera el compromiso.
A ella no le importo, su misión era ir a la guerra para defender a su clan, no casarse y llenarse de niños como sus hermanas.
-Ya vendrá otro. Dijo segura cuando sus devastados padres le dieron la noticia.
También aceptó el hecho de terminar cuidando áreas alejadas de posibles ataques.
-Allí es donde rondan los yokai. Y todos sabemos que ninguna de esas niñas que juega a ser onna musha duraría un segundo si se topase con un yokai frente a frente. Sentenció en otra oportunidad.
Nada en su vida parecía salír bien, y con todo, ella parecía no darse cuenta.
Esa mañana, antes de que todos debieran reunirse en el templo, sus padres habían tenido una conversación sobre su futuro, y el prospecto no era para nada bueno.
Sin embargo, las noticias de un ataque inminente, el cual estaban seguros de no poder repeler, había cambiado el panorama, y Takeda Nobumasa se había visto obligado a tomar la peor decisión de su vida para salvaguardar el honor de su familia y evitar que Yuki sufriera innecesariamente.
Como de costumbre, Yuki sentía que todo estaba bajo control. De hecho, en su mente, las cosas no podían estar mejor, pronto iría a la guerra y le probaría a todos lo valiosa que era como guerrera.
Ni bien llegó al templo, se encontró con un monje en la puerta que le detuvo y no la dejó pasar.
-Takeda Nobumasa tuvo una charla contigo y tu deber de hija es aceptar tu destino.
Yuki le hizo una reverencia, y con el entusiasmo grabado en el rostro le dijo estaba preparada y no tenía miedo.
-En efecto, tu virtud es grande. Toma. Dijo entregándole un tazón con u líquido blancuzco de olor dulce que Yuki conocía bien: el amazake.
Al verlo, ella se convenció de que su destino como onna musha estaba sellado. El amazake era una bebida que se entregaba a los guerreros antes de la batalla para que tuvieran buen desempeño. El hecho de que el monje le estuviera dando un tazón a ella, y no al resto de los que iban entrando al templo, era una señal más que clara.
-Takeda Yuki, esto es para ti. Bébelo luego de que el Abad haya terminado la ceremonia. Exclamó el monje haciéndole una reverencia.
Yuki asintió haciendo una reverencia a su vez, pero al hacerlo, notó que el tazón que le había dado tenía mucha menos cantidad que el otro que aún yacía sobre la mesa.
Se preguntó para quién sería ese otro tazón, y en ese momento fue que vio a Shibata Katsuru. Uno de los guerreros más valientes del feudo. Sus músculos y cabello largo y negro como el carbón, hacían que todas las muchachas suspirasen por él.
Yuki en cambio, solo pensaba en que era injusto que a ella le hubieran dado menos que a él solo por ser más pequeña.
-No es justo, yo preciso más cantidad para tener más fuerza. Él ya tiene músculos y una fuerza descomunal. Pensó mientras veía como el monje iba a recibirlo. Fue en ese instante que el impulso venció a la razón, y ella rápidamente intercambió los tazones.
-Voy a precisar amazake antes de la batalla. Se dijo con una sonrisa pícara.
Sigilosa como un tigre a punto de saltar sobre su presa, entró al templo y se sentó en el primer lugar disponible, tazón en mano feliz de su hazaña.
De todos los presentes, ella era la única que tenía amazake. Seguramente iban a darle una posición de importancia en la batalla, pero eso sin lugar a dudas iba a despertar celos, por lo que decidió bebérselo antes de que el Abad pudiera pronunciar palabra.
-Entre tanta gente, nadie va a darse cuenta, después si el Abad dice algo, solo tendré que hacer de cuenta que me lo bebo. Pensó zampándose la bebida de un solo sorbo.
El amazake estaba dulce y espeso, tal y como a ella le gustaba.
Feliz, miró en todas direcciones pero no vio a su familia, por lo que se limitó a esperar que el Abad comenzase la ceremonia.
Luego de unos minutos, la campana sonó y el Abad alzó la mano para que el murmullo cesase.
Con solemnidad y sin prisa, comenzó a hablar.
-El momento que temíamos ha llegado.
Nadie se movió.
-Oba Kazen no fue destruido. Su cuerpo cayó, pero su espíritu fue atado y condenado a habitar en el dragón de jade. Creímos que el tiempo bastaría para contenerlo… pero hombres de una era venidera, cegados por la ambición, lo han liberado.