Llegó tu hora Yokai
Los hombres la condujeron a un lugar sumamente iluminado donde el yokai gigantesco parecía estar estudiando unos manuscritos.
-Aquí está la loca jefe. Dijo Watanabe
-¿Me estás desafiando enemigo insolente? Preguntó Yuki entrecerrando los ojos para intimidarlo.
Watanabe abrió la boca como para responderle, pero Nathan le hizo una seña para que no dijera nada y se fuera junto a los otros dos oficiales.
-Bien muchachita, voy a quitarte las esposas pero vas a comportarte porque al primer insulto que digas voy a dejarte atada por una semana entera. Le dijo sin esperar su respuesta.
Instintivamente Yuki se frotó las muñecas, y comenzó a estudiar el lugar.
-Lamento que te hayan lastimado- dijo mirándole las manos e intentando ser un poco menos severo con ella- pero andar con una guadaña atacando cosas es motivo más que suficiente para que mis oficiales tuvieran que esposarte.
No dijo nada, si algo había aprendido era que con el enemigo cuantas menos palabras mejor. Por eso comenzó a estudiar al yokai y al lugar hasta que vio su naginata. La habían puesto sobre un enorme mueble de madera. Con certeza había sido el yokai, tenía la estatura suficiente como para poder alcanzar un lugar tan alto. Pensó viendo cómo podía hacer para alcanzarla.
-Creo que comenzamos con el pie incorrecto, siéntate así podemos hablar. Dijo él mostrándole los dientes nuevamente.
Lo único que ella sabía era que no podía seguir esperando y así se lo hizo saber.
-¿Cuáles son tus intenciones?
-¿Mis intenciones?
-¿Vas a llevarme al campo…?
Antes de que ella pudiera terminar de preguntarle si iba a llevarla al campo de batalla, Nathan la interrumpió asintiendo con la cabeza.
-Por supuesto, estoy seguro de que todo es un malentendido y que el juez también lo verá así. Te garantizo que pronto estarás en el campo cortando caña de azúcar.
No entendió a qué se refería, ese yokai tenía la costumbre de hablar y darle la espalda para mirar su tabla brillante.
Fue en ese momento que ella sigilosamente se subió a una silla, tomó la naginata y se decidió a desafiarlo.
-¡Date vuelta y muere como un hombre, so cobarde! Exclamó ella mirando fijo a su objetivo
-¿Qué dices pequeña?.
-Que te des vuelta, no puedo matarte si estás dándome la espalda, eso no sería honorable de mi parte, ni siquiera tratándose de un yokai.
-Eres muy graciosa dijo dándose la vuelta solo para verla naginata en mano lista para atacarlo.
-¡Ahora si puedo matarte! Dijo ella satisfecha haciéndole una reverencia.
-¡Niña irresponsable! Puedes lastimarte o lastimar a alguien con esa guadaña. Dijo él quitándole la naginata de las manos.
-Eso… eso… eso es trampa ¡bestia deshonrosa! Tartamudeó desesperada dando pequeños saltos para quitársela.
-No, no. Dijo él corriéndola con una mano.- Esto se va a un lugar seguro.
-¡No puedes quitarme mi naginata!. Ahora me veré obligada a matarte con mis propias manos. Dijo ella entrecerrando los ojos.
Él negó con la cabeza y continuo con lo que estaba haciendo, hasta que la sintió trepada en su espalda, obi1 en mano lista para ahorcarlo.
-¿Estás loca? ¡Vas a romperme la espalda, no eres lo que se dice ligera! Gruñó él quitándosela de encima con un solo movimiento.
Yuki quedó sentada en el suelo con los ojos llenos de lágrimas mirando cómo su obi aún colgaba del cuello del yokai.
-¡Soy una deshonra para mi clan!.
-No es para tanto, con una buena diet… Es decir... lo que quise decir es que… lo siento, no debí mencionar tu peso.
-¿Mi peso? Preguntó ella levantándose del piso como movida por un resorte para mirarse la panza.
El sensei le había dicho en múltiples oportunidades que debía perder peso. El problema era que cuando ella estaba nerviosa podía comerse un tazón de arroz en menos de 5 segundos, el otro problema es que nunca era un solo tazón.
La humillación de ser derrotada por un yokai de ojos brillantes como piedras lavadas por el río, que agregó insulto a la ofensa llamándola gorda, fue suficiente como para volver a encender la llama de Yuki que furiosa buscó algo con que atacarlo.
Lo primero que encontró fue un objeto cuya punta brillante le dio la idea de apuñalarlo. Lo tomó con una mano, y luego de un grito digno de un gatito enojado, saltó en su dirección en lo que imaginaba ser una apuñalamiento feroz.
Cerró los ojos y le clavó el objeto de metal haciendo que él se estremeciera y gritara.
-¡Ay!, Gritó él alarmado.
-Finalmente lo he matado. Susurró ella dando un largo suspiro pero sin atreverse a abrir los ojos.
-Esto fue la gota que rebalsó el vaso. ¡Acabas de lesionar a un oficial de la ley! Dijo él quitándose un compás del trasero.
-¡Fallé otra vez!. Chilló volviendo a llorar.
Nathan no podía evitar sentir algo estrujándose en el pecho, pero el dolor punzante en su retaguardia, le hizo recordar que debía ponerla en su lugar.
-¡Maldita sea, este era uno de mis mejores pantalones!. Gritó con los ojos llenos de rabia.
Ella no podía creer que todo lo que había dañado era una vestimenta, por lo que se acercó a mirar y al ver que una pequeña gota de sangre se asomaba por el pantalón, se desmayó.
Al verla caer se alarmó y se acercó a ella poniéndose de rodillas a su lado mientras le daba palmaditas en la cara y le decía que debía despertar. Como no lo hacía, fue en dirección a la máquina dispensadora de agua y le arrojó un pequeño vaso de agua en la cara.
-¡Sangre! Gritó ella recobrando la conciencia.
-¿Sangre? ¿Esta pequeña manchita de nada? Preguntó él confundido tocándose el pantalón.
-¡Soy indigna, mi espíritu es muy sensible!. Murmuró intentando no llorar.
-¿Sensible? ¡Vaya sensibilidad! Refunfuñó Nathan cruzándose de brazos.
-Búrlate todo lo que quieras yokai arrogante.