En peligro real
En la prefectura nadie podía encontrar la cafetera, parecía como si alguien la hubiera robado, y esas eran más malas noticias que Watanabe tendría que darle a su jefe.
Por un momento pensó en ir hasta la tienda de conveniencia más cercana y comprar otra pero en cambio, se armó de coraje y golpeó la puerta de la oficina de su jefe.
-Pase
Al entrar Watanabe vio algo que nunca antes hubiese esperado: la cafetera y mucho desorden. Era como una zona de guerra con papeles esparcidos por todos lados.
Todo lo que pudo hacer fue mirar atónito a su jefe que parecía estar pegado a la pantalla de la computadora y hacía anotaciones en su libreta personal.
Luego de un incómoda pausa, se animó a hablar, preguntando si había alguna novedad.
-Watanabe, ¿cuándo entraste? No te escuché.
-Por supuesto que no, estás muy ensimismado en… en lo que sea que estás haciendo jefe.
-Ven aquí y dime qué ves. Dijo haciéndole una seña para que se acercara.
-¡La loca! Pero va con alguien, no puedo ver bien...
Nathan hizo una pausa en el video, lo rebobinó y volvió a mostrárselo
-¿Y ahora?
-Parece como si tres hombres fueran siguiéndolas
-Sí. Dijo cerrando la laptop.
-¿Dónde conseguiste ese video?
-Lo que importa es que ellas tenían razón, había un grupo de tipos siguiéndolas.
-¿Siguiéndolas plural?
-No tengo tiempo para explicarte. Hice unos prints de los hombres que las siguen, quiero que hagas un chequeo con la base de datos para ver si encuentras algo sobre ellos.
-Pero ¿encontraste a la loca?
-Haz lo que te pedí. Ah por cierto… ¿encontraste algo sobre la pandilla de la muchacha?
-¿Sobre los Takeda? Nada, quizás deberías mirar en un álbum de fotos familiar. Dijo Watanabe haciéndole una mueca.
-¡Muy gracioso!
Ni bien Watanabe dejó la oficina, Nathan que había pedido los videos de las cámaras de seguridad callejeras, borró la parte donde aparecían Yuki y su abuela. Lo menos que quería era que alguien se enterase de que la muchacha no solo había escapado sino que estaba con su abuela. Nadie iba a creer que él no tenía nada que ver, en especial porque la muchacha tenía el mismo apellido que él y eso lo haría aún más sospechoso.
Nathan Takeda Rhys era un hombre de ley, nunca había cometido un delito en su vida. De hecho, era de los que esperaba a que el semáforo cambiara a verde, incluso si no había ningún auto a la vista. Sin embargo, las cosas habían cambiado, y ahora se veía en la necesidad de tener que borrar evidencia para proteger a su abuela.
Mientras Nathan seguía acumulando papeles, leyendo y releyendo todo lo que podía, miró el libro que su abuela lo había obligado a llevarse y comenzó a estudiar sobre el período Sengoku perdiéndose en la lectura.
Se sorprendió al ver dibujos de onna mushas que llevaban exactamente la misma armadura y naginata que Yuki.
Entretando leía, recibió un mensaje de texto que lo paralizó:
“No te olvides que esta noche eres mío”
-¡Hana! Lo olvidé por completo. Se dijo mirando su reloj que mágicamente parecía haber saltado de la mañana a la tarde.
-¡Las cinco! .
-Y quince. Dijo Watanabe entrando a la oficina con una pila de papeles.
-¿Qué encontraste?
-Todos tienen antecedentes penales. Sentenció entregándole los legajos criminales.
Nathan comenzó a examinarlos y resultó que estos no eran simples landronzuelos como le había querido hacer creer a su abuela más temprano, eran mafiosos de una nueva facción criminal llamada clan Oba.
El apellido era el mismo, pero tal y como decía su superior, algo así no era prueba de nada. Al final de cuentas, Oba no era un apellido fuera de lo común. Esta nueva facción había surgido luego de que una guerra de pandillas terminara con casi todos sus miembros, menos con aquellos que le habían jurado lealtad al nuevo jefe de quien, al igual que de Kanzen Oba, nadie sabía absolutamente nada.
-¡No puede ser! Estos son asesinos despiadados. Exclamó Nathan mirando sus profusos prontuarios.
-Eso parece jefe. ¿Qué quiere que hagamos ahora?
-Por ahora nos quedaremos callados, eso nos dará un par de horas para pensar en una buena estrategia.
-De acuerdo.
-Ahora tengo que irme. Watanabe...
-Si
-Ni una palabra, a nadie.
-Cuenta conmigo.
Nathan decidió ir a la casa de su abuela pero al llegar no la encontró ni a ella ni a Yuki, y comenzó a preocupare.
-¡Maldita sea! ¿Dónde está ese par de locas? Gritó desesperado.
Sin noción de qué hacer, su cabeza comenzó a dar vueltas, hasta que su teléfono comenzó a sonar.
-Nate hijo, ¿a qué hora sales de la prefectura?
- Abuela por todos los cielos, estoy en su casa, ¿ustedes dónde están?.
-Hijo estamos bien, ve a tu casa y después hablamos.
La anciana le cortó antes de que pudiera seguirle preguntando. Y para colmo de males, Hana no dejaba de enviarle mensajes preguntándole exactamente a qué hora iría por ella y qué debía ponerse para su salida.
Nathan dio unas vueltas por la ciudad para ver si las encontraba y terminó yendo a su casa con una sensación de derrota que embargaba todo su ser.
-¡Esto es una pesadilla!. Dijo mientras navegaba el pasillo del edificio para llegar a su apartamento. Un olor a comida casera lo llevó directamente a la infancia, por un momento deseó que ese aroma viniese de su apartamento, y al acercarse, en efecto percibió que venía de ahí.
-¿Será que Hana llegó y trajo a un chef como la última vez? Pensó poniendo el código en la cerradura de su apartamento. -¿Hana cariño eres tu?
-¿Quién es Hana? ¿Pertenece a nuestro clan? Preguntó Yuki que ahora vestía unos jeans y camiseta con el logo de una banda de rock.
-¿Qué estás haciendo aquí? Preguntó espantado.
-Yo la traje! Dijo la abuela poniendo los platos.