Vamos a la playa
Habían pasado un par de días desde que Yuki había sido puesta en el programa de protección de testigos, y su ánimo iba de mal en peor.
Ya no intentaba demostrar ser una onna musha, no hablaba sin parar, y no quería comer. Había bajado varios kilos y si su sensei pudiera verla, seguro la hubiese felicitado. El problema es que ni su sensei ni su familia volvería a verla y ese era un peso enorme para ella.
Perder a todos y no tener la certeza de poder volver atrás, era un golpe durísimo para una joven que solía creer que la guerra era una aventura y que sería capaz de coleccionar cabezas de sus enemigos como si se tratasen de trofeos.
Ya no soy la misma niña tonta de antes, tengo una responsabilidad para con el clan y mi familia. Se dijo una mañana determinada a salir a buscar a Kanzen Oba con o sin la ayuda de Nathan.
Para él las cosas tampoco iban bien, había decidido ir al velorio de su oficial y al llegar su esposa lo corrió a los gritos por considerarlo culpable de su muerte. Eso sumado a que había sido suspendido, que no había recuperado la joya, y que un delincuente peligroso estaba suelto y parecía estar siempre un paso más adelante que él, hacía que toda la atmósfera del lugar se sintiera pesada y lúgubre.
Cuando la abuela los visitó se encontró con Yuki intentando escabullirse para enfrentar sola a Kanzen Oba y a su nieto en la cocina, celular en mano, desentendido de toda la situación.
Poco le costó convencer a Yuki para que no se fuera pero necesitó sacarle el celular a Nathan para que le prestase atención.
Sabía que la respuesta era ser paciente con ambos pero vaya que eran parecidos, dos adultos que cuando dejaban que los sentimientos les ganasen, actuaban como niños del jardín de infantes.
Al ver que ninguno quería hablar, tomó el libro del que Yuki le había hablado por teléfono y comenzó a leerlo detenidamente.
Parecía como si Nathan y Yuki estuviesen esperando un veredicto oficial porque ninguno de los dos habló ni hizo nada en los minutos que la anciana paso examinando el libro.
-¿Bien?
-Es un libro Nate, nada más, volveré en unos minutos y más les vale que tengan algo pronto para almorzar.
Kame Takeda no era una mujer débil, por el contrario, era sumamente resiliente, pero no podía negar que el libro era original y que leerlo la había afectado. De todas formas, no iba a permitir que eso la hiciera sentir mal, salió sin decirles a donde había ido, y regresó horas después con dos pasajes.
-¿Qué es esto abuela?
-Dos pasajes para la playa.
-Abuela no puedo sacarla de casa, mucho menos llevarla a la playa
-¿Qué es playa?
-El lugar al que van a ir con Nathan, vete al cuarto a hacer las maletas Yuki chan.
Yuki no sabía que era maleta pero se fue al cuarto tal y como le ordenaba la anciana.
-Abuela esto es una locura.
-Y por eso mismo va a funcionar hijito, despideme de Yuki chan. Dijo haciéndole un guiño antes de irse.
Nathan miró el paquete turístico que incluía los pasajes de tren y estadía, y comenzó a considerar la idea seriamente. Él estaba de licencia obligada, y un par de días fuera lo ayudaría a pensar en cómo atrapar a ese delincuente.
-¿Hiciste la maleta Yuki chan?
-Takeda Yuki quiere ir a atrapar a Kanzen Oba.
-Deja de hablar de ti misma en tercera persona y ponte en marcha o… te cortaré la cabeza. bromeando.
-No me importa, puedes cortarla, es una cabeza deshonrosa.
-¿Me estás diciendo que quieres atrapar a Kanzen Oba pero te niegas a ir a la playa?
Era una mentira descarada pero había funcionado, la cara de Yuki cambió completamente y corrió en dirección a la habitación. Allí tenía la naginata y segundos después emergió con ella sonriente.
-Estoy lista.
-No. No lo estás, ve a preparar la maleta.
-¿Qué es maleta?
Nathan se golpeo la cabeza con la mano, recordando que aún habían muchas cosas que ella no sabía. Como no iban a pasar mucho tiempo, Nathan sacó una maleta mediana, puso algunas de las cosas de Yuki y las suyas propias, y a la mañana siguiente llamó a un taxi para que los llevara hacia la estación de trenes.
Hacía unos días, Hana había salido en un viaje de negocios por lo que él no tendría que preocuparse de darle explicaciones sobre su suspensión, la charla con su hermano, ni sobre Yuki. No la había vuelto a ver desde el día en el que ella lo encontró en el café y sentía que este tiempo alejados iba a hacerles mucho bien.
Salió temprano con Yuki rumbo a la estación de trenes, determinado a decirle a todo aquel que preguntase que ella era un primo pequeño que habían dejado a su cargo.
No obstante, a ella poco le importaba que dijera que era un muchacho. Lo único que le preocupaba era vengarse del malvado que había destruido a su clan de forma tan impiedosa.
Yuki insistió en llevar su naginata pero Nathan la convenció de no hacerlo, tenían que pasar desapercibidos para engañar a los miembros del clan Oba. Como se dio cuenta de que él tenía razón, decidió tomar una de las cuchillas de la cocina y ponerlo en su pantalón de forma de poder cubrirlo con su camiseta y que nadie notase que estaba allí.
En efecto, nadie lo hizo, ni siquiera Nathan cuya meticulosidad era algo que podía volver loco a cualquiera, había notado que faltaba una de las cuchillas.
En la estación Yuki se deslumbró al ver el tren, ya había andado en tren con la abuela de Nathan pero este era diferente, tenía ventanales enormes y los asientos eran sumamente cómodos.
Nathan dejó que Yuki se sentara junto a la ventana, y ella fue todo el camino pegada al vidrio mirando con entusiasmo como el paisaje iba cambiando.
Constantemente le gritaba a Nathan para que viera alguna cosa o para que le explicase que era, tanto que pronto él comenzó a cabecear.
A Yuki no le importó que él no le prestase atención, estaba muy entusiasmada como para permitir que eso la distrajese. Al menos fue así hasta que percibió que un hombre estaba mirando hacia su compartimiento. Vestía de la misma manera que el grupo de hombres que habían estado frente a la casa de la abuela de Nathan.