—Conoces a mi novia —preguntó Hugo de manera tan directa y es que escuchar a esa mujer hablar del físico de su novia, sabiendo que no todos conocen ese pasado tan difícil de ella.
Que incluso él no ha podido averiguarlo.
No aparta la vista de esa rubia. Sabe bien quién es y tiene presente que no puede hablar de más. Ya que conoce su temperamento tan volátil que posee. Y se pudo notar la vez pasada en la piscina que no le importó estar frente a varias personas para hacerle un drama a su prometido. Sabiendo que son personas que siempre están en el ojo del huracán de los medios. Así que intentará sacarle toda la verdad con calma. Siguiendo su juego.
—Cálmate, guapo —responde Raquel, colocando su mano en el hombro de Hugo, lo que lo toma por sorpresa. —Sí conozco a tu novia.
Hugo se da cuenta de la manera en la que ella lo está viendo. Hasta ha visto cómo ella ha movido sus pestañas de una manera tan extraña. Sabe perfectamente bien que ella le está coqueteando. Eso le resulta muy incómodo porque Hugo tiene presente que es la prometida de su jefe.
—¿Y de dónde la conoces? —continúa indagando Hugo de manera más tranquila. Intentando aprovecharse del coqueteo que ella le está ofreciendo.
—De la escuela.
—Mmm, de la escuela —repite Hugo de manera tan serena.
—Sí.
—¿Y cómo fue pasar tiempo con mi novia? Digo, porque mi novia nunca ha hablado de ustedes —preguntó Hugo.
—Es normal que no nos mencione. —Pero te aseguro que fueron los mejores momentos y todos disfrutamos de la compañía de Kayla —mencionó Raquel de manera burlesca.
—¿Por qué lo dices?
—Porque ella fue la diversión de todos —dijo Raquel.
—¿A qué tipo de diversión te refieres, tuya o de ella? —indagó Hugo de manera tan directa.
—De ella no lo sé, pero de nuestra parte fue lo mejor del mundo —contestó Raquel sosteniendo esa sonrisa maliciosa.
Hugo se queda confundido, sin poder comprender qué es lo que ella le está tratando de decir. Está por seguir interrogándola cuando el capitán se detiene frente a ellos. Ambos voltean. Hugo se pone de pie, haciendo que la mano de la rubia caiga de su hombro. Y es que es más importante su novia que esa rubia loca.
—Dígame que encontró a mi novia —preguntó Hugo mirando con atención al capitán.
La expresión del hombre cambia completamente. Bajando la mirada y quitándose su sombrero. Como si esa fuera una señal de derrota.
—Me temo que no, señor Gonzales. Mis hombres me han dicho que no hay ni rastros de la señorita León ni del señor Lara —les informó el capitán con un tono de voz bastante triste.
La ira vuelve a apoderarse de él. Intenta controlar cada una de sus emociones y de sus reacciones. Sabe que no sería bueno que golpeara la mesa o pateara la silla. Respira hondo controlando la rabia. Se pasa la mano por el cabello y voltea nuevamente a ver al capitán.
—Le dije que mi novia estaba en ese bote —le reclama Hugo con voz fuerte.
—Lo sé, señor Gonzales. Hemos intentado ponernos en contacto con el bote, pero no hemos tenido respuesta. Incluso hemos intentado obtener su ubicación, pero tampoco ha surtido ningún efecto. Deducimos que si el agua entró y mojó todo, es posible que nada funcione.
—Entonces regresemos por ella —propone Hugo.
—Me temo que eso es imposible; sin la ubicación iríamos a la deriva —se niega el capitán.
—¿Porque? ¿Que no le interesa? —preguntó Hugo con voz alzada.
—Sí me interesa, pero no puedo poner en riesgo a todas las personas en este crucero. Lo más importante ahora es alejarnos de esa tormenta y, cuando se haya calmado, pediré ayuda aérea para que los encuentren —le explica el capitán manteniendo la calma.
—¡No puede mandar la ayuda aérea ahora! —exigió Hugo.
—No, señor Hugo, no puedo hacerlo; los helicópteros no pueden venir con la tormenta sin que haya una tragedia. Primero se tiene que calmar para poder pedir ayuda.
—Pero eso podría tardar horas. Las tormentas no desaparecen de la noche a la mañana; eso puede tardar hasta días. Y cuando eso pase, puede ser que el bote se haya hundido —mencionó Hugo aún alterado.
—Lo sé, pero le repito, no puedo regresar y poner en riesgo a todos. Así que vaya a su habitación; cuando tengamos alguna novedad, le avisaré.
—Yo no me quedaré en este barco a volverme loco sin poder hacer algo por mi novia. Dígame cuál es la isla más cercana donde me puedo bajar —demandó Hugo con mucha rabia.
—La isla más cercana donde atracaremos para juntar suministros será Jamaica. Puede bajarse ahí —le informa el capitán.
—Está bien, ¿y a cuántas horas estamos de Jamaica? —preguntó Hugo.
—Estamos a tres días de llegar.
—¿¡Qué!? —dijo Hugo sorprendido.
—Lo que escucha.
Hugo lo fulmina con la mirada. Pero decide marcharse; sabe que quedarse a pelear con él no arreglará nada. Además de comprender que, si se queda, podría decirle algo que no deba al capitán.
Raquel no ha dicho nada y es que se ha quedado mirando con detenimiento a ese tal Hugo. Porque hasta que por fin supo su nombre.
—Lo siento, señorita Olmos, por no poder hacer nada al respecto y me temo que será mejor que regrese a su habitación. La mantendré al tanto de lo que suceda —le habla el capitán a Raquel, sacándola de su trance.
—Está bien —Raquel acepta sin decir nada más.
Se pone de pie y sale. Camina por los pasillos con calma. Tambaleándose todavía por el movimiento del crucero.
Llega a su habitación y se recuesta en la cama recordando a ese hombre, Hugo Gonzales.
Esos hermosos ojos azules. Ese rostro afilado con esa barba tan bien afeitada. Esos labios delgados. Pero lo que más recuerda es lo que sucedió hace unos instantes cuando él se puso de pie.
Raquel no apartó su mirada de ese hombre. Ni un solo segundo. No le puso ni atención a lo que el capitán dijo. Su vista estaba bien fija en ese escultural hombre.
Aunque está segura de que no fue nada bueno por cómo reaccionó el señor Gonzales. Sin embargo, para Raquel, ese hombre, incluso cuando se enoja, se ve sumamente atractivo. Cómo apretaba esa quijada. Y sobre todo contemplar la ropa de su pijama que estaba húmeda. Pudo ver cómo sus músculos se marcan a la perfección con cada movimiento que daba. Y ese vello en el pecho que le resultó tan varonil.
No solo eso, sino también cómo esa parte larga que está entre sus piernas se marcaba y esos glúteos tan firmes. Que le causó curiosidad agarrar.
Pensar de nuevo en eso hace que Raquel se muerda el labio y un cosquilleo crezca en su vientre. Bajando hasta situarse en la parte baja de su aparato sexual.
Provocando la curiosidad de saber cómo es que ese hombre será en la cama. Sin embargo, pensar en que ese lindo hombre haya tenido sexo con esa gorda de Kayla León le causa repulsión; le resulta difícil imaginarse cómo ese hombre ha de tener la fuerza de voluntad para tocar a esa ballena.
Raquel le dará una lavada antes de comerse ese postre. Ahora que no está Hades, más que nunca disfrutará de ese postre.
Ella sabe que su prometido ha tenido a cientos de mujeres en su cama estando con ella. Es momento de que le pague con la misma moneda. Quizá así sepa valorar que será su esposa cuando sepa que está en brazos de otro. Sonríe encantada de las ideas que vagan por su mente y las cuales llevará a cabo…
Mientras tanto, Hugo tira todo lo que está en su habitación. Intentando controlar cada una de las más emociones que siente y sobre todo la impotencia de no poder hacer nada por su novia.
Ve una de las prendas de su novia. La agarra con su mano derecha y se la lleva hasta su rostro, sintiendo su suave fragancia. Y sin poder contenerse, las lágrimas bajan por sus mejillas. Se sienta en una silla frente a la ventana.
Mirando la terrible tempestad e imaginándose que Kayla está allá afuera.
—Te voy a encontrar, mi amor, así sea lo último que haga…
Editado: 28.08.2025