Los días se tornan oscuros y muy complicados para Hugo, que continúa sin poder encontrar la manera de participar en la búsqueda. Ha dejado de comer. Incluso de dormir debido a la desesperación de no poder hacer nada. Su expresión facial ha cambiado tanto. Su mirada se ha vuelto triste y con unas ojeras. Sus uñas se han vuelto débiles, quebradizas y están tan roídas.
Su angustia se vuelve cada vez más evidente. No puede quedarse con los padres de Kayla en el hotel. Sabe que se volvería demente si lo hace.
Mejor sabe a caminar por las calles esperando poder encontrar algo de paz o alguna manera para ayudar, aunque no las tenga. Se detiene en un parque que ya es bastante familiar para él. Toma asiento en una banca de madera.
Abriendo su mano derecha donde tiene la tarjeta blanca. Su mente está llena de dudas. No sabe qué decisión tomar. Por más que encuentra una solución, no la hay. Él no tiene el poder ni los recursos para poder rentar una tripulación para salir en busca de Kayla.
Se siente sin salida. Y esa carta se está volviendo la única solución que encuentra. Al final, cierra su mano con esa tarjeta entre ellas.
—Mierda —maldice y se da medio vuelta.
Marca el número que está grabado en su teléfono. Al tenerlo completo, duda un poco. Pero al final presiona el círculo verde con el símbolo de un teléfono. Marcando la llamada. Hugo se lleva el teléfono hacia el oído. Se escucha el sonido de llamada entrante.
Al segundo sonido se oye que contestan la llamada.
—Hola, habla Raquel —responde esa voz tan familiar para Hugo. Él se queda callado sin saber qué decir. —Hola, ¿hay alguien ahí? —vuelve a preguntar Raquel al no tener respuesta. —Si no contesta, entonces colgaré.
—No espera —por fin habló Hugo, un poco desesperado.
Al otro lado de la llamada, Raquel está tirada sobre un camastro en biquini tomando el sol en la terraza de un excelente hotel. Sonriendo al oír la voz de Hugo.
—Qué gusto escucharte —dijo Raquel satisfactoriamente. —¿Cómo te va? ¿Qué has sabido de tu novia? —preguntó con malicia. Sabe bien su respuesta, pero quiere hacerlo sufrir.
—Creo que tú sabes bien la respuesta —contestó Hugo de mala gana. Al oír el cinismo de esa mujer.
—Sí tienes razón. Espero que no me hayas marcado para preguntar por eso. Porque la verdad no tengo tiempo —mencionó Raquel. Agarrando con su mano libre la margarita que tiene sobre la mesa. Llevándola hasta su boca, bebiendo ese líquido sabroso. Digno de una mujer como ella.
—No. Te hablaba para otra cosa.
—¡Oh! —expresó Raquel con asombro. Regresando la copa a su lugar. Quitándose los lentes de sol. —¿Ya me tienes una respuesta a nuestro asunto pendiente?
—Sí —respondió Hugo con dudas.
—Entonces dime cuál es —todavía preguntó ella. Llevando la pata de los lentes a su boca, mordiéndola con ligereza, esperando la respuesta.
Hugo se queda callado. Vacilando su respuesta una y otra vez. Sin poder decirla en voz alta. Cierra los ojos lamentándose por lo que dirá.
—Lo haré —contestó con dificultad.
—Perfecto —sonrió Raquel victoriosa. —Te enviaré la dirección a este número. Te espero en una hora; si no vienes, nunca más te ayudaré.
La llamada se termina y Hugo se siente culpable de lo que acaba de pasar. Y un segundo después, el sonido de mensaje proveniente de su teléfono lo trae a la realidad. Abre ese texto. Viendo en la pantalla la ubicación que esa rubia le ha enviado.
Se pone de pie y camina con pereza hasta la calle donde ve varios taxis estacionados.
—Hola —saludo. —¿Está libre?
—Hola. Claro que sí —respondió el hombre. —Suba, lo llevaré a donde quiera.
Hugo se sube al taxi. Al igual que el chofer.
—Me puede llevar a este lugar. —Hugo le enseña la dirección en su teléfono. El hombre la ve un par de segundos.
—Por supuesto —aceptó el señor. Poniendo en marcha el auto.
Raquel, al enviarle el mensaje, se pone de pie de inmediato. Siendo seguida por la sirviente personal que su suegra le ordenó.
—Limpia y ordena la habitación —ordenó Raquel.
—Sí, señora —respondió la morena. Que comienza a dejar todo en perfectas condiciones.
—También prepara mi vestido negro. El ceñido, que tiene un enorme escote, —vuelve a darle otro mandato. —Prepara la bañera con las mejores sales aromáticas.
—Sí, señora —respondió la mujer. Que aún sigue limpiando la alcoba.
Raquel mira que no fue a llenarle la toma y frunce el ceño.
—Deja eso para el final. Ve a prepararme la bañera; esa es más importante —la regaño. La mujer sale disparada hacia el baño.
Raquel camina hacia su maleta donde trae toda su lencería. La coloca sobre la mesa de al lado. Abriendo el cierre. Viendo un sinfín de tangas y sostenes de diferentes tonalidades. Formas, diseños, que incluso algunos calzones tienen perlas que se meten entre los pliegues de la vagina, ayudando a la estimulación y generando más placer en ambas personas.
Algunos calzones están abiertos de la parte trasera. Para no tener la necesidad de quitarlos por si quiere por la parte trasera.
A Raquel le encantaría usar una de estas. Sin embargo, no quiere verse tan descarada. Más bien intentará verse linda, inocente y tierna. Escogiendo una lencería sencilla pero linda. Con encaje floral.
—Ya está lista la bañera, señorita —le comunicó la mujer saliendo por la puerta.
—Perfecto. Arregla aquí. Trae la mejor champaña que haya. Que la apunten a la cuenta de mi suegro. Trae velas, comida y algunas rosas —ordenó a detalle Raquel.
—Claro, señorita. —La mujer asintió. Yendo por cada una de sus peticiones.
Raquel solo la ve irse. Pero la ignora por completo. Deja su lencería sobre la cama. Y se va hacia el baño. Quitándose el minitraje de baño. Metiéndoos en la tina con agua que tiene la temperatura perfecta. Empieza a lavar cada centímetro de su cuerpo. Incluso su cabello. Se afeita las piernas y cualquier zona que tenga pelo. Incluso su parte íntima. No quiere que el papacito de Hugo la vea desaliñada.
Editado: 28.08.2025