El motor de la pequeña lancha rugía con suavidad, cortando las olas turquesas que Hades recordaba tan bien. No era el mismo hombre que años atrás naufragó en esa isla, consumido por la rabia y el vacío. Ahora, mientras sostenía la mano de Kayla, sentía que el círculo por fin se estaba cerrando.
—No puedo creer que me hayas traído de vuelta aquí —susurró Kayla, dejando que la brisa marina le alborotara el cabello. Aria se había quedado con Felipa y los abuelos; eran sus primeras vacaciones solos desde que la pequeña llegó a iluminarles la existencia.
—Esta isla nos quitó mucho, pero también nos dio la verdad —respondió Hades con la voz un poco ronca por la emoción—. Quería que nuestro primer viaje como esposos fuera al lugar donde, irónicamente, encontré mi libertad.
Cuando desembarcaron, la arena blanca se sintió como un santuario. Hades no escatimó en gastos; había mandado a preparar una cabaña ecológica de lujo escondida entre las palmeras, con vista directa al arrecife. No había prensa, no había juicios, no había fantasmas del pasado. Solo el sonido de las olas y el olor a sal.
Esa noche, bajo un cielo tan estrellado que parecía irreal, cenaron frente a una fogata. El vino tinto brillaba en las copas y la tensión acumulada de tantos meses de peleas legales y pañales sucios se disolvió.
—Estás muy callado —dijo ella, acercándose a él.
—Es que... a veces siento que no me merezco esto, Kayla. Después de todo lo que pasó con mi familia, de la oscuridad que cargaba... verte aquí conmigo, siendo mi esposa... me parece un sueño del que voy a despertar en cualquier momento.
Kayla le tomó el rostro con ambas manos. Sus dedos rozaron la cicatriz que él llevaba con orgullo ahora, como una medalla de guerra ganada a la vida.
—Ya no eres ese niño asustado, mi amor. Eres el hombre que venció a sus demonios. Y eres el hombre que yo elegí.
Se besaron con una lentitud desesperada, un beso que sabía a perdón y a promesa. Hades la cargó en brazos —ella soltó una risita nerviosa, quejándose de que "ya no era tan ligera"— y la llevó hacia la habitación abierta al mar. La luz de la luna bañaba la cama, creando sombras de plata sobre sus cuerpos.
El encuentro fue diferente a cualquier otro. No había urgencia tóxica, sino una ternura que dolía de lo real que era. Hades la desvistió con una reverencia casi religiosa, deteniéndose a besar cada rastro que el embarazo había dejado en su piel.
—Eres perfecta —murmuró él contra su vientre.
Cuando sus cuerpos se unieron, fue como si el ritmo del mar dictara sus movimientos. Hades fue increiblemente cuidadoso, buscando siempre la mirada de Kayla, perdiéndose en sus ojos que brillaban con lagrimas de felicidad. Sus manos se entrelazaron con fuerza, los nudillos blancos, mientras el calor los envolvía. No fue solo sexo; fue una conversación sin palabras donde él le entregaba su alma y ella le daba refugio. En ese momento, en medio de la nada, Hades supo que ya no necesitaba huir de nadie. Su hogar estaba allí, en el latido agitado del corazón de la mujer que amaba.
Se quedaron dormidos abrazados, escuchando el rugido del océano, sabiendo que, por primera vez, el mañana no daba miedo.
Dieciocho años después... Seul, Corea del Sur.
El estruendo en el estadio era ensordecedor. Las luces de neón rosa y morado iluminaban los rostros de miles de fans que gritaban un solo nombre: ARIA.
En el backstage, una joven de dieciocho años, con los mismos ojos verdes intensos de su padre y la elegancia natural de su madre, se ajustaba el auricular. Aria Lara León no era solo la hija de un magnate mexicano; era la nueva sensación del pop global. Su voz había conquistado las listas de éxitos desde Los Ángeles hasta Tokio.
—¿Cinco minutos, Aria? —preguntó su mánager, una mujer coreana de aspecto severo pero eficiente.
—Estoy lista —respondió ella, respirando hondo. Llevaba un traje de cuero blanco que brillaba bajo los focos.
Sin embargo, el destino tiene formas extrañas de presentarse. Al salir hacia el pasillo que conectaba con la plataforma elevadora, Aria chocó de frente con un grupo de jóvenes que venían en dirección contraria, rodeados de guardaespaldas.
El impacto hizo que Aria perdiera el equilibrio, pero unos brazos firmes la sostuvieron antes de que tocara el suelo.
Al levantar la vista, se encontró con unos ojos oscuros, afilados y cargados de un magnetismo que la dejó sin aliento. Era Jae-Yoon, el líder de Eclipse, la banda de K-pop más famosa del mundo. El "Príncipe de Seúl", como lo llamaba la prensa.
Jae-Yoon no la soltó de inmediato. La observó con una curiosidad que rayaba en la insolencia, ignorando los flashes de las cámaras de los fans que acechaban en las sombras del pasillo.
—Ten cuidado, Starlet —le dijo en un inglés perfecto, con una sonrisa de medio lado que derretiría a cualquiera, pero que a Aria le prendió fuego en la sangre—. No querrás arruinar tu gran entrada antes de que yo pueda ver de qué eres capaz realmente.
Aria se soltó bruscamente, recuperando su compostura de heredera Lara.
—No necesito tus consejos, Jae-Yoon. Asegúrate de que tus chicos no desafinen tanto antes de que yo suba a enseñarles cómo se hace —replicó ella, con una chispa de desafío que el chico nunca había visto en nadie.
Jae-Yoon soltó una carcajada ronca, viéndola alejarse hacia el escenario. Sus ojos no se despegaron de ella hasta que la plataforma la subió y el rugido de la multitud se tragó su figura.
—Interesante... —murmuró él para sí mismo, mientras sus compañeros de banda lo apresuraban—. Parece que esta gira por Asia se va a poner mucho más divertida de lo que esperaba.
Aria, sobre el escenario, sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con los nervios del show. Sabía que ese encuentro no sería el último. Su vida de princesa del pop estaba a punto de colisionar con un mundo de presiones, ídolos y secretos que ni siquiera su padre Hades podría controlar.
Editado: 09.02.2026