Capítulo 6: ¿Hemos vuelto?
Mia y Marian siguen caminando evitando mirar a los espejos para no caer en sus trampas, pero el nivel comienza a volverse inestable. Comienzan a encontrar caminos sin salidas y manos que salen de los espejos. De reojo pueden notar como los espejos deforman sus cuerpos, volviéndolas inhumanas en aquellos reflejos ahora muy alejados de la realidad. Caminan por varios minutos incluso a lo mejor horas, pero no encuentran ninguna salida.
– Esto es interminable. Además tengo hambre, Mia. – se queja Marian.
– Ahora eso no importa. Debemos seguir caminando, es mejor no quedarnos quietas. – responde Mia mientras sigue avanzando, aunque el dolor de su pierna vuelve a intensificarse.
Las chicas siguen caminando hasta que los espejos comienzan a desaparecer y acaban en una calle. Era la calle de sus casas, había coches aparcados, era de noche, las farolas encendidas y varias casas apagadas, parecían todos estar durmiendo.
– ¿Ya está…? Hemos salido, ¿no, Mia? – le pregunta Marian esperanzada.
– Parece que sí, pero todo ha pasado demasiado rápido, aunque así es mejor.
Ambas chicas comienzan a caminar hacia abajo de la calle, Marian llora de felicidad, mientras que Mia no parece muy convencida y analiza cada cosa que puede ver.
En una casa puede ver una silueta, así que Mia se para un momento. Marian parece confundida y se para también.
– ¿Qué pasa, Mia? – le pregunta sin saber por qué su amiga se paró de repente.
– Esa es la casa de los Thompson, ¿no? – le pregunta Mía, quería asegurarse de que esa era la casa, porque aquella silueta… no parecía ni de la mujer ni del hombre, y no tenían ninguna hija…
– Sí, esa casa es la de los Thompson, siempre han sido muy buenos conmigo. – le contesta Marian.
– ¿Entonces quién es ella…? – pregunta Mia señalando la silueta.
Las dos amigas se acercan a aquella ventana donde estaba la misteriosa silueta, que les miraba fijamente, pero por la oscuridad de la casa, no se podía distinguir bien. No se podía hasta que se encendió una luz, y la silueta ya no era desconocida, era Luna.
Era la Luna de hacía años. Su piel volvía a tener aquel tono natural y sus ojos tenían el brillo que recordaban vagamente. Llevaba la misma ropa de aquella noche. Pero había algo que no encajaba: aquella no era la entidad que las había protegido en el hotel. Era otra cosa. Luna estaba dentro de aquella casa, una casa que no le pertenecía, y Luna les sonreía y saludaba, como si aquello no fuera más que una simple y divertida broma, o como si supiera algo que ellas no, y fuera muy divertido.
– Esto es una broma… Una maldita broma… – murmura Marian mientras las dos comienzan a retroceder sin dejar de mirar aquella ventana.
Luna, o aquella cosa que se hace pasar por ella, exhala en la ventana y escribe sobre el vaho: “¿POR QUÉ ESTÁIS TAN FELICES?”