Perdido En El Amor

PARTE XII

  • ¿Cómo? – pregunté con asombro.
  • Se levantaron, formaron, sentaron, comieron y regresaron en orden. ¡Normalmente no hacen eso! Por eso pregunto… ¿Qué fue lo que hiciste con ellos?

No tenía ni idea de qué contestar, pero de una cosa estaba seguro… debía hablar con la verdad.

  • Solo fui honesto con ellos – sonreí.

La maestra se mostraba sorprendida, sonrió conmigo, me dio las gracias y continuó con su labor; de alguna manera yo tampoco podía creerlo, pero me sentía bien, contento y animado. Lissa llegó a donde me encontraba.

  • ¿Cómo vas Steve?
  • Muy bien Lissa, la verdad es una satisfacción muy grande poder ser parte de todo esto.
  • Algunos de mis compañeros me han dicho que has hecho un muy buen trabajo, más del que se esperaba. ¡Te felicito por ello!
  • Lo que he hecho no es nada comparado con lo que ustedes hacen todos los días. De verdad agradezco mucho la oportunidad de ser parte de todo esto.
  • Al contrario Steve, gracias por tu apoyo y si aún quieres tengo más trabajo para ti.
  • ¡Claro que sí! ¿Qué hay que hacer?
  • Necesito que vayas al área C y preguntes por Sebastián.
  • ¡Ah! ¡Sebastián!
  • ¿Lo conoces? – preguntó sorprendida
  • ¡Claro que sí! Ayer que estuve aquí con Elena me lo presentó.
  • ¡Muy bien! Entonces no habrá ninguna dificultad para que lo apoyes y después te dirijas al área A, ahí pregunta por Susan, una jovencita de 17 años… ¡Sé que le hará mucho bien conocerte!
  • ¡Ahora mismo voy para allá!

Rápidamente corrí hacia el área C, en cuanto llegue vi un poco inquieto a Sebastián; se movía de un lado a otro y no dejaba que nadie se le acercara, caminé hacia él lentamente.

  • ¡Sebastián!

Dejó de moverse y permaneció quieto, no dijo nada, volteó despacio hacia donde estaba, agachó su cabeza y corrió a abrazarme; lo tomé entre mis brazos y cargué por un instante, su mirada permanecía suspendida. Lo bajé y me tomó de la mano, me llevó hacia donde estaba un lienzo, me sentó en una de las sillas y comenzó a pintar de una manera increíble; mezclaba los colores y movía su mano con una inmensa suavidad. Permanecía en silencio, sereno, sabía exactamente lo que hacía; todos los que estábamos ahí no dábamos crédito de lo que estaba sucediendo. El tiempo corría y la obra de arte estaba a punto de ser culminada; en un instante dejó de pintar, se llevó sus manos al pecho y camino hacia mí. El cuadro estaba terminado, una combinación de colores que mostraban un par de alas en libertad; simplemente increíble y hermoso. Todos comenzaron a aplaudir y felicitaron a Sebastián.

  • ¿Vienes por mí o por alguien más? – preguntó de nuevo.
  • ¡No Sebastián! –sonreí – Ni por ti ni por nadie más; vine a verte y a felicitarte porque eres un magnífico niño y un excelente pintor. ¡Eres increíble!
  • Hay mucha gente que te tiene miedo, pero no sabe en realidad quién eres.
  • Eso es cierto y me sorprende que sabiendo quien soy… ¡No tengas miedo!
  • Yo no he hecho nada malo ¿Por qué debería tenerte miedo?

Esa pregunta me sorprendió y me dejó pensando mucho al respecto.

  • ¡Te quiero Steve!
  • ¡Yo también te quiero Sebastián!

Nos abrazamos fuertemente, se despidió y se dirigió con su maestra; comenzó a trabajar tranquilamente. Una vez más me encuentro sorprendido, sin palabras, con una inmensa sensación de alegría y paz. Salí del salón y me dirigí hacia el área A para buscar a Susan. Al llegar pregunté por ella y una señorita me indico por dónde ir; caminé hacia la ventana donde se encontraba, se veía muy callada, distante y definitivamente solitaria.

  • ¡Hola! ¿Susan? –pregunté.

Me miró por un instante y de nuevo se volteó hacia la ventana.

  • ¡Hola! – respondió indiferentemente.
  • Soy Steve ¡Mucho gusto!

No dijo nada y permanecía en silencio; una situación incómoda. «

¿Ahora qué hago? » pensé. Me senté a un lado y miré hacia la ventana de la misma manera como lo hacia ella; ambos permanecimos por un rato en silencio, nadie decía absolutamente nada, nos perdimos ante la luz del sol y los sucesos cotidianos. Susan dirigió su mirada hacia mí de manera muy extraña.

  • ¿Qué haces aquí? – preguntó seria.
  • Vengo de paso.
  • Sobre un tiempo definido… ¿Cierto? – preguntó interesada.
  • Lamentablemente si, pero así mismo lo vale.
  • ¡Solo quien vale la pena la merece!
  • A veces es necesario agitar las sensaciones.
  • Dicen que hay que dejarle las cosas al tiempo y sabrá aconsejarte.
  • ¡Si!... El viejo solitario y eterno.
  • ¡La eternidad es un lugar tan anhelado y a la vez tan incierto! – dijo con gozo.
  • Pero único a su modo. – respondí con una sonrisa.
  • ¿Tanto así?
  • Tanto que solo el miedo es quien puede vencerte.
  • ¿Y cómo vencerlo?
  • Enfrentándolo.
  • ¿Y si me canso?
  • Descansa lo necesario y vuélvelo a intentar.
  • ¿Y si no creo?
  • No esperes llegar a ningún lado.
  • ¿Entonces debo creer?
  • ¡Tras un anhelo!... ¿Tienes opción? – pregunté mientras la miraba a los ojos.
  • ¡Varias opciones! – respondió segura de sí misma.
  • Pero solo una cierta.
  • ¿Y en la soledad? – preguntó con angustia.
  • Respuestas.
  • ¿Y en el silencio?
  • Meditación.
  • ¿Y en el amor?
  • Lo encuentras todo… ¡Siempre encontrarás todo!




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