Perdidos

CAP 7

El silencio no fue alivio.

Fue una amenaza.

No había viento, ni crujidos, ni respiraciones ajenas... pero el aire seguía tenso, como si algo invisible estuviera conteniendo el aliento junto a nosotros.
Esperanza permanecía inmóvil, abrazándose los brazos, los ojos clavados en la nada.

-Alex... -susurró-. Esto no terminó, ¿verdad?
No respondí de inmediato.

Porque dentro de mí, algo sonreía.

El fénix bajo mi piel se mantenía tibio, como si acabara de despertar de un sueño corto. Y junto a ese calor... una sensación distinta. Familiar.

No hostil.

Cercana.

Era como reconocer una presencia sin poder ponerle un rostro. Como haber cruzado miradas con alguien en la calle, alguien que sabés que conocés... pero no recordás de dónde.

-Solo... mantente cerca de mí -le dije al fin-. No hables. No lo pienses demasiado.

Esperanza asintió, aunque su miedo no disminuyó.
Las luces comenzaron a encenderse solas, una por una, parpadeando con un ritmo irregular. Las sombras ya no se arrastraban, pero seguían mal colocadas, como si no pertenecieran del todo a los objetos que las proyectaban.
Entonces lo sentí otra vez.

No una voz.

No un sonido.

Una presencia consciente, observando desde algún punto que no estaba dentro de la casa... sino dentro de mí.
No estás solo, parecía decirme.

Y lo peor fue que... no me molestó.

-Tenemos que salir -murmuré.

Cuando abrimos la puerta, el exterior parecía normal. Demasiado normal. El cielo oscuro, la noche tranquila, los árboles inmóviles.

Pero al cruzar el umbral, una presión me recorrió el pecho, como si algo se desgarrara suavemente y luego se acomodara.

No era una despedida.

Era un traslado.

Caminamos sin hablar. Cada paso me alejaba de la casa... y al mismo tiempo, sentía que algo caminaba conmigo.

No detrás.

No delante.

A mi lado.

Por un segundo -solo uno- tuve la certeza absurda de haberlo visto antes.

No en sueños.

No en visiones.

En esta vida.

Pero el recuerdo se me escapó antes de poder atraparlo.

...

La salida

No miré atrás.

Sabía que no debía hacerlo.

Esperanza respiraba con dificultad. Sus manos temblaban, y cuando intentó decir algo, la interrumpí con un gesto seco.

-No ahora.

Ella obedeció.

Y ese silencio compartido fue más pesado que cualquier grito.

Cuando finalmente llegamos a la carretera, el sonido lejano de un auto nos hizo reaccionar como si despertáramos de un trance. El mundo seguía existiendo. La gente seguía viviendo.

Y sin embargo... yo ya no estaba del todo ahí.

Algo se había acomodado en mi interior.

Algo que no exigía, no gritaba, no atacaba.

Solo esperaba.

Como si supiera que el tiempo estaba de su lado.

(Bucle de tiempo de cinco dias entre el pasado y el hoy desde aqui debe de prestarse mucha atención)

Cinco días después

Cinco días.

Y ninguna respuesta.

Los padres preguntaban. Insistían. Suplicaban.

Pero la policía... desviaba miradas, archivaba papeles, hablaba de "procedimientos", de "hipótesis", de "tiempos".

Era como si no quisieran encontrarlos.

O peor... como si ya supieran algo y prefirieran que los demás se rindieran.

En el colegio, el ambiente se volvió irrespirable.

Algunos alumnos evitaban hablar. Otros se mostraban nerviosos, culpables. Las miradas esquivas decían más que las palabras.

El bullying salió a la superficie como una herida abierta: risas crueles, empujones, amenazas que ahora pesaban como condenas.

Todos parecían afectados.

Todos... menos uno.

Ese chico sonreía con preocupación ensayada, hacía preguntas innecesarias, se ofrecía a "ayudar".

Pero sus ojos...

Sus ojos estaban tranquilos. Demasiado.

La policía interrogó a alumnos, profesores, directivos.
La profesora habló de comportamientos extraños, de cambios recientes, de una tensión que nadie supo explicar.

Nada concreto.

Nada suficiente.

Solo fragmentos.

Silencios.

Contradicciones.

Y en algún lugar -sin que nadie lo notara-
algo antiguo observaba cómo la esperanza se desgastaba lentamente.

Porque cuando todos dejan de buscar...
es cuando la oscuridad empieza a moverse con libertad.

Cinco días sin rastro

El quinto día fue el peor.

No porque fuera distinto, sino porque ya no lo era.

Las fotos seguían pegadas en los muros del colegio, torcidas por el viento. Los nombres repetidos en boca de todos empezaban a desgastarse. Y cuando los nombres se gastan, la gente empieza a olvidarse de las personas.

Investigación? (Lo dudo)

El oficial a cargo(un oficial asigna traído del extranjero) —un hombre de voz seca y mirada cansada— no levantaba la voz. No necesitaba hacerlo.
Su método era otro: insistir.

Interrogatorio a los padres

—¿Cuándo fue la última vez que los vieron? —preguntó, sin levantar la vista del cuaderno.

La madre de Esperanza se apretó las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Esa mañana… estaba normal. Un poco callada, pero nada extraño.

—¿Discusiones recientes? ¿Cambios de humor? ¿Menciones de escaparse?

—No —respondió demasiado rápido—. Ella no haría eso.

El oficial levantó la mirada.

—Los chicos no “hacen” cosas así. Llegan a ellas. ¿Dónde estaban ustedes esa noche?

Silencio.
Un silencio lleno de culpa.

—Trabajando —dijo el padre de Alex—. Pensabamos que estaban en la excursion.

—¿No comprobaron?

La pregunta quedó flotando, incómoda.
No acusaba.
Pero pesaba.

Interrogatorio a los alumnos

Uno a uno.
El mismo aula.
La misma mesa.

—¿Cómo era la relación con Alex y Esperanza?

—Normal…
—Casi no hablaban…
—Eran raros…

Las respuestas se repetían como un guion aprendido.




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