El grito de su madre lo arrancó de la oscuridad como si alguien lo hubiera empujado fuera del agua.
_ ¡Alex! ¡Alex, despierta!
Abrió los ojos de golpe.
El techo de su habitación estaba ahí. Quieto. Normal. La luz gris de la mañana filtrándose por la ventana. El ventilador girando lentamente.
Pero su cuerpo no estaba normal.
El sudor frío le recorría la espalda, pegando la camiseta a su piel. El corazón le golpeaba el pecho con violencia, como si hubiera corrido kilómetros. Durante unos segundos no pudo moverse. No podía dejar de escuchar en su mente ecos lejanos: rasguños, golpes, susurros en lenguas que no recordaba.
La puerta se abrió.
_ ¡Por fin! -dijo su madre, entrando con prisa-. ¿Qué te pasa? Te estoy llamando desde hace rato.
Alex parpadeó, intentando enfocar el mundo.
_Ma... -su voz salió áspera-. ¿Qué... qué día es hoy?
Ella lo miró como si la pregunta fuera absurda.
_ ¿Qué día va a ser? Hoy es la excursión del colegio. Ya casi llegas tarde.
Excursión.
La palabra cayó en su mente como una piedra en un lago silencioso.
La excursión.
El bus.
La carretera.
El fénix.
Esperanza.
Todo volvió a él en un golpe de memoria tan brutal que tuvo que sentarse en la cama para no marearse.
_Levántate ya -insistió su madre-. El bus sale en media hora.
Salió de la habitación murmurando algo sobre adolescentes y alarmas que nunca escuchan.
Alex se quedó inmóvil unos segundos más.
Sus manos temblaban.
Miró su brazo izquierdo.
El tatuaje del fénix seguía ahí.
Pero esta vez no era una tinta dormida.
Era una brasa tenue bajo su piel.
_Entonces... -susurró, sintiendo cómo el miedo le cerraba el estómago-. Entonces todo fue solo una maldita pesadilla...
Se levantó de golpe.
La ducha fue rápida, casi automática. El agua fría no logró borrar la sensación de que algo lo observaba desde el borde de sus pensamientos.
Mientras se vestía, los recuerdos seguían encajando unos con otros: la casa, las sombras, la investigación, los cinco días... y esa presencia caminando a su lado como si lo hubiera acompañado desde siempre.
Bajó las escaleras.
La casa olía a café y pan tostado.
Demasiado normal.
Demasiado tranquila.
Tomó una manzana del refrigerador y salió casi corriendo antes de que su madre pudiera decir otra cosa.
El aire de la mañana estaba fresco. El sol apenas comenzaba a levantarse.
Pero Alex sentía el mismo peso en el pecho que había sentido la noche en que todo empezó.
Sus pasos se volvieron más rápidos.
Más urgentes.
Cuando dobló la esquina de la escuela, el bus ya estaba estacionado.
Exactamente como lo recordaba.
El mismo color.
La misma puerta abierta.
Los mismos grupos de estudiantes riendo sin saber nada.
Un escalofrío le recorrió la columna.
Subió.
Y entonces la vio.
Esperanza estaba sentada en el mismo asiento.
La misma posición.
La misma mochila apoyada contra la ventana.
La misma ropa que había llevado aquel día.
Por un segundo el mundo pareció doblarse sobre sí mismo.
Todo era idéntico.
Demasiado idéntico.
El aire dentro del bus se volvió pesado.
Fue entonces cuando la voz apareció.
No venía de afuera.
Venía de algún lugar profundo en su mente.
Fría. Serena.
_Todo se reinició por ella.
Alex se quedó quieto en el pasillo del bus.
_Ella no recuerda lo que pasó. Solo tú.
Un latido fuerte golpeó en su pecho.
_Entonces... -murmuró apenas, con la garganta seca-. No fue un sueño...
La voz respondió de inmediato.
_No lo ha sido, Alexander.
Un silencio pesado llenó su cabeza.
_Nada de lo que pasó fue un sueño.
Alex tragó saliva.
Sus ojos volvieron a Esperanza.
Ella miraba por la ventana, distraída, completamente ajena a todo lo que él recordaba: la casa, los gritos, las sombras, el ritual, los días perdidos, el miedo.
Para ella... era la primera vez.
Para él... era un regreso.
Caminó por el pasillo lentamente y se dejó caer en el asiento junto a ella.
Esperanza giró la cabeza.
Sus ojos se encontraron.
Y sonrió, exactamente igual que aquella mañana.
_Pensé que no ibas a llegar -dijo con una risa suave-. Siempre llegas tarde.
Alex sintió que el estómago se le encogía.
La miró como si estuviera viendo a un fantasma.
O a alguien que había perdido... y vuelto a encontrar.
_Sí... -dijo en voz baja-. Yo también pensé eso.
El motor del bus rugió al encenderse.
Los estudiantes comenzaron a hablar más fuerte, emocionados por el viaje.
Pero Alex apenas escuchaba.
Porque mientras el bus comenzaba a moverse, la voz volvió a susurrar en su mente, más cerca que antes.
_Esta vez puedes cambiar las cosas...
Una pausa.
_O repetirlas.
Alex apretó los puños.
Miró el camino que se abría frente al bus.
Luego miró a Esperanza.
Y una única pregunta comenzó a crecer en su mente como una sombra lenta.
Ya sé lo que va a pasar...
Pero...
Aun me pregunto...
¿Si todo se repetirá?