Maisa Jenkis
En cuanto despierto, lo primero que asalta mi mente es: esto fue una locura. De la cual no me arrepiento por ahora. Estar en los brazos pasionales de este extraño me empujó fuera de mi mísera realidad.
Cualquier cosa, por más imprudente, es mejor que estar respirando el mismo aire que ellas. Inspecciono el lugar mientras me cubro mejor con la sábana blanca por el frío del aire acondicionado. Me pego más a él en busca de que el calor de su cuerpo dormido me invada. No logro distinguir mucho debido a la penumbra. Cillian, si no mal recuerdo, se llama. No quiso encender las luces. Pero tampoco es como que haya mucho que destacar en esta habitación. Además, hay cosas muy interesantes que, a ver, son unos simples muebles o decoraciones.
El rostro atractivo e inolvidable de este sujeto. ¿De verdad le fue infiel? Puedo apostar que por algo peor. La gente desperdicia el oro por el cobre. Sacudo la cabeza mientras aflojo un suspiro. Después de todo, no es mi asunto. Me apoyo en mi mano derecha para contemplarlo. La sincronización de su respiración. Él, como su pecho con ese escaso vello sube y baja relajado. La línea perfecta que diseña su mandíbula. Esas facciones tan rudas y tan frías que aún se denotan a pesar de estar en un estado de relajación por el sueño. Ni hablar de ese cabello largo tan sedoso, todavía húmedo.
Me muerdo un poco el labio inferior, incómoda.
Mi intento de secárselo fue derrotado. Espero que no se enferme. Sería el colmo estar enfermo del cuerpo y dolido también por una traición. Ni idea de dónde me nace esa preocupación absurda. Pero está tan aferrada que no puedo ignorarla.
¿Habrá secador de pelo? Si no, pedir en recepción por si de casualidad tienen.
Enderezo por completo mi cuerpo, recuesto mi espalda en el cabecero mientras me acomodo el cabello de lado. ¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué me entregué a un desconocido? ¿Y si es un loco que tiene alguna enfermedad y me está mintiendo? De ser así, ya me entre al hueco. Juego con las sábanas, apretándolas y jalándolas.
En menos de una hora terminé en esta habitación. ¿Será que puedo salir también de esta vida en menos tiempo? Digo. Hace rato estaba en la casa discutiendo y él aquí. Estiro los pies. Los acomodo uno sobre el otro, volviendo la mirada a él. ¿Será que me buscará después de esto? ¿Me pedirá mi número? ¿Podremos iniciar algo, seguiremos hablando?
Maisa, cálmate.
Me doy unas palmadas en la mejilla. No sé por qué mi mente se está distorsionando para otros lados, haciendo que mi corazón se acelere tontamente por pensar en escenarios idealizados junto a este hombre. En verdad, la falta de cariño provoca tener vergüenza ajena.
No puedo hacerme ninguna expectativa. Está mal, tan mal como haber venido a este hotel sin saber quién era este hombre. Puede ser un loco y puedo terminar como un caso más en las noticias. Mis mejillas se encienden. Dejo escapar una gran exhalación. Lo hecho, hecho está. Ya cuando despierte veremos qué haremos con nuestras vidas. Yo por ahora quiero seguir en este refugio temporal, sola, acompañada por la presencia caliente de este hombre y el exquisito sonido de la lluvia. Parece que no dará tregua.
Con la mirada todavía encima de él, me dejo caer de espaldas otra vez en el colchón. Sonrío un poco. ¿Qué será de nosotros? ¿Quién de los dos será el que quede a un paso? Me relamo un poco los labios.
Me quedo un rato observándolo, sin poder apartar la vista. Es una hermosura. De repente sus ojos se abren, suelta un pequeño jadeo y salto en mi lugar. Ahora sí que tengo la cara del color de mi cabello. Suelta un quejido bajo. Su rostro es una máscara de incredulidad que dura menos que un segundo y ya es solapada por esa frialdad innata que ya me estoy dando cuenta de que viene integrada en su persona.
Aparto la mirada de inmediato.
—¿Por qué no te has ido? —dice brusco.
Trago saliva. Mis ojos escuecen al instante. Cierro los ojos un momento. A pesar de que pareciera que mi corazón se va a partir en cualquier momento por la rapidez de sus latidos. Aprieto más la sábana contra mi cuerpo, como si fuera una barrera que me fuera a proteger de la vergüenza.
Intento decir algo corto y coherente, pero no me salen las palabras. Pareciera que acabo de olvidar cómo se habla.
—¿Te pregunté qué haces aquí todavía? Respóndeme —exige.
—Porque quiero, es un lugar libre. Además, te recuerdo que fuiste tú el que me invitaste. Y terminamos en esto —musito indignada.
—Eres una adulta, podrías haberte ido hace rato. ¿Para qué te iba a detener?
Será bipolar este desgraciado.
—Entonces no debiste invitarme si no me querías aquí.
Me atrevo a encararlo de nuevo. Mi boca se seca, todo en mí se enfría con brusquedad, pero no dejo en evidencia que me afecta su presencia, a pesar de que no está haciendo nada, simplemente está en la misma posición, solo que esta vez con los ojos abiertos y es un efecto diferente, más opresivo. Pareciera que la habitación descendió unos cuantos grados más sin siquiera tocar el aire.
No tengo tiempo para esto. Retraigo un poco la cara por no entender sus palabras planas. Se levanta y veo que se acerca a su pantalón y busca algo. Saca su billetera y cuando veo que extrae unos billetes, una sensación desagradable golpea mi estómago. Vuelve a su lugar y deja los billetes sobre las sábanas cerca de mí.
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Editado: 18.10.2026