Perdón

4. Roto

Maisa Jenkis

Me seco el cabello con una toalla vieja llena de agujeros. El agua escurre por el piso. Me da igual que se quede mojado. Abandonaré este lugar. Tengo el frío metido en los huesos, pero no me quejo. Aunque esta vez no llegué en silencio para que nadie se molestara. Azoto la puerta sin importarme lo que diga Déborah.

Me cambio de ropa sin prisa. El cuerpo se me siente entumecido. Tengo la cara caliente y enrojecidaa. He tragado en seco más veces de las que puedo contar por la molestia instalada en mi garganta. Dejo la ropa hecha un montón en el rincón. Será problema de ellas.

Me lanzo a la cama. ¿Por qué me duele tanto? Solo fueron unas horas. ¿Por qué siento que me arrancaron una parte de mí? Suelto un suspiro entrecortado. Me llevo la mano al pecho y lo estrujo con fuerza. Unas horas en las que me hizo sentir intensidad, pasión y como una mujer deseada. Sacudo la cabeza. Esto es ridículo. Sufriendo por un hombre del que apenas sé el nombre.

Me doy la vuelta hacia el otro lado de la cama. Estoy harta. Harta de que me reciban con gritos, harta de que me quiten lo que es mío y harta de estar atormentada por un desconocido. Aunque me hizo sentir especial por unas horas, me trató como si no valiera nada. Pero ya no. No voy a llorar en silencio. Ni para que ellas se molesten. Ni por él. Después de todo, no se merece mis lágrimas. ¿Qué sentido tendría? No tuvimos una relación de más de tres años, no estuvimos casados.

Ya nadie va a tratarme como basura ni como le dé la gana. Se va a encontrar con una versión de Maisa que ya no está dispuesta a soportar ni un maltrato más. Eso quedó atrás.

En lo que va cayendo la noche nadie viene a molestarme, a obligarme a hacer la cena ni a hacerme reclamos. Cuando menos lo espero llega la madrugada y me doy cuenta de que no pude dormir. Me duelen los ojos y la cabeza. Quiero creer que no es por haber dormido tan poco y que tampoco son síntomas de algún virus. Logro dormir apenas tres horas.

Cuando sé que, en definitiva, no voy a dormir más, empiezo a buscar mis cosas y a ordenarlas. Me voy de aquí. Le haré caso a Evelyn. Veré cómo me las arreglo. Hasta vivir como indigente en la calle sería mucho mejor.

La puerta de mi cuarto se abre con un estruendo. Ni me molesto en ver quién es. Continúo buscando la pareja de mis medias.

—¿Por qué no está mi ropa limpia? Tengo que salir hoy. Quiero mi vestido negro lavado y planchado.

Le paso por al lado sin decirle una sola palabra.

—Estoy hablando contigo.

—Tienes las manos en perfecto estado. Si tienes tantas ganas de ir a emborracharte con tu ropa limpia, hazlo tú misma.

—¿Y a ti qué te pasa, estúpida? —escupe con ese tono desdeñoso—. Fíjate cómo me hablas. Yo soy tu hermana mayor. Ve bajándole a los humos.

—Tú vete a hacer tus cosas. Aquí no tienes una sirvienta. Inservible.

A Natalie se le desorbitan los ojos.

—¿A quién llamaste inservible? La única que no sirve para nada eres tú, porque haces las cosas y las haces mal.

Busco mi mochila y voy acomodando mi ropa sin molestarme en responderle.

—¿Se puede saber a dónde vas? Deja eso. Te estoy hablando. Deja de ignorarme —Intenta quitarme la mochila y termino empujándola. Se tambalea hacia atrás y se golpea la espalda contra la pared—.¡Te volviste loca! Te voy a enseñar a respetarme.

Intenta abofetearme, pero soy más rápida y termino sujetándole la mano. Natalie suelta un jadeo lastimero.

—No voy a permitir que tú ni nadie vuelva a actuar así conmigo. Vas a respetarme. No soy tu maldita sirvienta. No soy tu objeto ni tu saco de boxeo —escupo con la respiración agitada. Natalie tiembla bajo mi agarre—. Estoy harta de ti, maldito parásito que no sabe hacer nada por sí misma y solo espera que limpie tus mierdas. La única inútil que parió Déborah eres tú. Un estorbo que me tiene cansada. Que sea la última vez que intentas tocarme. No voy a volver a aguantar esto, Natalie. Te lo estoy advirtiendo, no te metas más conmigo. No estoy jugando. La próxima advertencia no será tan amable.

La empujo a un lado antes de seguir guardando mis cosas.

—¿Cómo te atreves? Esto no se va a quedar así. Mamá se va a encargar de ti.

—Ahora mismo vas a ir a esconderte en las faldas de mamá. Hazlo. Es para lo único que sirves. Ella también se va a llevar su parte.

—Te odio. No te soporto —me masajeo el entrecejo.

—Tus sentimientos hacia mí me tienen sin cuidado. Tampoco tienes que avisármelos.

—¡Mamá! ¡Maisa se volvió loca y se atrevió a pegarme! —grita mientras sale de mi cuarto.

Claro, va a buscar a la leona para que pelee por ella.

Termino de cerrar la mochila. Busco el celular y lo guardo en el bolsillo. Me cuelgo las cosas. En ese momento se escuchan los pasos furiosos de Déborah y aparece en la puerta.

—¿Por qué estás maltratando a tu hermana y no fuiste a hacer lo que te mandó? —pregunta, frunciendo el ceño al ver mi mochila colgada.

—Hazlo tú, ya que tu princesa consentida no sirve para nada.

—No hables así de Natalie. Ella vale muchísimo más que tú.




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