Perdón

5. Culpa

Cillian Leclerc

Pasé el resto del fin de semana solo en el hotel. No sirvió de nada. Acalló el ruido un rato, pero pasó demasiado rápido. Conté los minutos. Y cuando terminó, seguía sin sentir nada. Ahora regreso a mi realidad a decidir qué haré de ahora en adelante.

Lo primero: quedarme en esta ciudad no será una opción.

Al entrar, lo primero que me topo es con Cya. Intento pasar de largo hacia mi habitación, en vano. Esperaba que me recibiera el típico silencio. Dejo las llaves sobre la mesa y me retiro el saco. Todavía huele a ella. Algo en mi pecho se tensa, pero lo ignoro. Tengo que quitarme su recuerdo, ese olor de encima.

—¿A dónde fuiste? —reclama. Está de pie con los brazos cruzados, con ese tono de reproche y preocupación a la vez—. Pudiste haber tenido la decencia de llamar, ¿sabes? De dar aunque sea una maldita señal de vida.

Ni me molesto en dar excusas.

—Por ahí —respondo seco.

—No me digas, qué novedad —resopla—. ¿Puedes, para la próxima, por lo menos llamarme? Estábamos preocupados. Izan salió a buscarte. Necesitábamos hablar contigo. A saber si te había pasado algo.

Paso por su lado y me tumbo en el sofá. Me la quedo mirando unos segundos de más mientras mis dedos tamborilean el respaldo.

—¿Y ustedes dos qué pensaron? ¿Que iba a hacer alguna tontería?

Mi hermana me lanza una mirada de rabia. Su cuerpo se tensa.

—Te conocemos lo suficiente para saber que no ibas a llegar a eso. Pero sí tenemos derecho a saber dónde estabas. Somos tu familia. Estábamos preocupados. Desapareciste sin más, sin decir nada. Nos importa saber si seguías vivo.

—Ya estoy aquí, ¿contenta? —digo con sequedad.

—Hermano, deja de cerrarte y de ignorar a las personas que pensamos en tu bienestar. No somos un estorbo. Somos tu familia.

Lo sé. Lo han demostrado más de una vez. Pero no contesto. Mi respuesta solo puede alterarla más. Me conozco lo suficiente para saber que de mis labios va a salir la peor cosa. Estos son días en los que no voy a tolerar nada ni a nadie.

Mis pensamientos, sin aviso, escalan a un recuerdo: una cabellera lacia, pelirroja, y unos ojos azules brillantes. En mi cabeza se reproduce el sonido de la lluvia justo en los segundos en que estaba bajo su sombrilla negra. La cabeza me cosquillea al recordar sus manos secándome el cabello con tanta delicadeza.

Maldita sea. Me molesta que aparezca sin permiso. No debería estar pensando en eso. Fue una noche. Nada más. Me paso una mano por la cara hasta el cabello. Algo parecido a una carga me tiene aplastado el pecho y la cabeza. Debe ser cansancio. O tal vez voy a terminar enfermándome. Debe ser eso. No es otra cosa.

Todavía mi hermana tiene los ojos anclados en mí.

—Hermano, por lo menos dime si estás bien.

—Supongo que estoy bien.

Ni yo mismo sé si es verdad. Es mentira, pero debo darle una respuesta con la que ella quede conforme y yo también. Ella bufa, sacude la cabeza y se aleja hacia la cocina. Cuando desaparece, me permito soltar un gruñido bajo que había estado conteniendo.

Me llevo las manos a las sienes y las masajeo. Suelto el aire despacio. Necesito amortiguar esta sensación o me va a terminar llevando a la locura. Odio sentirme así. Justo cuando no me puedo permitir espacio para las debilidades.

Saco el teléfono y lo enciendo. Como era de esperar, se me desborda la bandeja de mensajes y llamadas perdidas. Algunas de mi primo, otras de mi tía y del miserable de Benjamín, las cuales ignoro. También muchos mensajes de reclamo. Para sorpresa de nadie, aparecen los artículos del escándalo de la boda. Esos buitres no perdieron el tiempo.

Los titulares son lamentables, pero tienen razón.

¡TRAICIÓN DOBLE! El prestigioso abogado Cillian Leclerc descubre a su novia siéndole infiel con su propio padrino de bodas y mejor amigo.

Los desenmascaró frente a todos: descubre la infidelidad de su novia con su mejor amigo y decide exponerlos en plena pantalla.

Del altar al escándalo: descubre que su novia y su padrino de bodas tenían una relación secreta.

No me molesto en ver más. Mi boda se convirtió en espectáculo público y eso no va a cambiar nada en mi vida. Pero sí en la de esos traidores. Ya me encargaré de ellos. No ahora. Pero les llegará su momento.

El timbre de la casa suena. Más de dos veces, con insistencia. Me levanto sin esperar a que llegue la empleada y abro la puerta. Me arrepiento de no haber preguntado quién era. Es Hannah. Viene con los ojos hinchados y rojos, sin maquillaje, despeinada, con esa cara de quien cree que tiene derecho a explicarme algo.

—Cillian, mi amor…

Intenta entrar, pero la detengo sin atreverme a tocarla.

—Vete. No te quiero volver a ver —intenta entrar de nuevo, pero pongo el brazo en el marco de la puerta—. He dicho que te largues. No me obligues a hacer algo que te pese haber venido.

—Solo quiero hablar, explicarte. Tengo derecho a que me escuches —ruega desesperada.

—¿Y qué voy a escuchar? ¿Que te dejaste llevar por Preston? Guárdatelo. Vete con él. No tienes nada que buscar aquí.




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