Perdón

9. Cobarde

Cillian Leclerc

A pesar de la postura implacable, todo es una máscara de hielo para ocultar la tensión de mi mandíbula. Mis manos permanecen rígidas sobre la madera de caoba del escritorio de mi primo.

¿Qué quiere este hombre con ella?

Me obligo a mantener la serenidad. Por desgracia no puedo arruinarle el negocio a la firma. Podría hacerlo si quisiera, pero no tengo ganas de oír después los reclamos de Izan. Me irritan. Y se salva de que le tengo cierto aprecio.

—Como le mencionaba, señor Remington —digo en un tono frío, pero profesional, lo bastante cortante para que entienda que su visita no es de mi agrado—. Mi primo se encuentra fuera del país. La dirección creativa de la firma depende de él. Lo más sensato es agendar una presentación formal del proyecto de su residencia para cuando regrese.

Cole Remington sonríe con una calma exasperante. Se cruza de piernas con elegancia y apoya los brazos en los reposabrazos.

—No tengo interés en esperar a que el señor Leclerc regrese de sus asuntos personales. Mi tiempo no funciona así. Además, la capacidad operativa de una firma no depende de un solo hombre, sino del equipo que ejecuta sus ideas.

Gira la cabeza hacia Maisa.

Un tirón me atraviesa la cabeza. El pecho se me cierra con una molestia que no consigo nombrar. Los dedos se me cierran sobre el borde del escritorio; la madera casi cruje. Mantengo la mirada fija en los dos. La mandíbula se me traba todavía más. Me enderezo, obligándome a no perder la compostura.

—Señor Remington —interrumpe Maisa, en tono correcto—. No entiendo del todo qué se busca conmigo aquí. Se supone que cualquier gestión debería tratarse con la secretaría o directamente con el arquitecto.

—Pero usted es su asistente, ¿no? —responde él, sin perder la suavidad—. Para un contrato de esta magnitud, usted es quien conoce la memoria técnica, los costos de ejecución y la capacidad operativa de la firma. No es cualquiera. Por eso solicité su presencia, trabaja codo a codo con el arquitecto.

Carraspeo. No me gustan esos gestos de cortesía cargados de atención hacia ella. Espero que mi mirada, aunque disimulada, se lo haga entender.

—Ella es la asistente y trae la información necesaria. Aun así, sigo sin ver la urgencia —manifiesto.

—Sé perfectamente qué cargo ocupa. Por eso la pedí —me corta con suavidad, sin quitarle los ojos de encima a Maisa—. He revisado el portafolio de esta firma. Sé que la optimización de espacios y la memoria financiera de los últimos tres grandes complejos salieron de la mesa de trabajo de la que ella forma parte.

¿Cómo diablos sabe eso?

Vuelve a girarse hacia mí.

—Quiero remodelar mi residencia principal. Y no solo eso: estoy dispuesto a firmar hoy mismo una carta de intención para inyectar capital e incorporarme como socio estratégico de esta firma.

Levanto una ceja y suelto una risa sin un ápice de gracia.

—Un acuerdo de participación de ese nivel exige, como mínimo, una reunión extraordinaria del consejo y la presencia del socio fundador. Yo, como abogado y responsable interino, no voy a permitir que se presione a la firma. Las cosas no se hacen así. Se hacen como nosotros indiquemos. No estamos para ceder ante presiones externas.

—No estoy presionando a nadie, señor Leclerc —responde Cole, manteniendo la sonrisa. Los ojos le brillan con audacia—. Estoy haciendo una oferta que cualquier firma aceptaría con los ojos cerrados. Mi única condición innegociable, tanto para la inversión como para el proyecto de mi residencia, es que ella —señala a Maisa—, sea nombrada responsable principal de la obra y coordinadora del vínculo conmigo, reportándome de manera directa.

El silencio es inmediato.

Mi mirada se posa en Maisa. Permanece estoica, aunque se le abre un poco la boca antes de recomponerse.

—¿Reportarle directamente a usted? —pregunta ella, en voz baja.

—Señor, ¿Está condicionando diez millones a disponer de una empleada de esta firma? —suelto. Ya más rabioso que profesional—. Una inversión no le compra la línea de mando de esta oficina. Maisa reporta a esta firma, no a usted.

—No estoy comprando a nadie —replica con serenidad—. Estoy reconociendo el talento real de esta joven. ¿O me va a decir, como gestor interino de esta firma, que rechazará la mayor inyección de capital de su historia solo porque no quiere que trabaje cerca de ella?

—Esa decisión no se lanza en una reunión a puertas cerradas. Debe consultarse. Ya se lo dije: si desea trabajar con nosotros en el diseño de su residencia, lo lógico es tratarlo a la vuelta de mi primo. Y una posible asociación, todavía más.

Cole sonríe con elegancia y apoya los dedos sobre la caoba. Se toma unos segundos. Otra vez mira a Maisa.

Como si no tuviera otro lugar donde poner los ojos.

—Está bien. Su primo firmará los planos arquitectónicos cuando regrese. Eso lo acordamos —concede—. Pero las decisiones de capital no esperan. Estoy dispuesto a inyectar más de diez millones de dólares en esta firma mediante una carta de intención. Usted está a cargo en este momento. Tiene facultad para avanzar la negociación.




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