Maisa Jenkis
Aplico una última capa de labial. Ya me limpié la boca, no sin antes haber dejado a Cillian sin aire en medio de su oficina con la punta del tacón. A ver si así aprende a respetarme. No me tembló el pulso. El espejo me devuelve una sonrisa satisfecha. Me acomodo el cabello y salgo.
Puede que me despidan. Que le entregue una queja al arquitecto. O que me bajen el sueldo. Sea cual sea, valió la pena.
Regreso a mi puesto. Redacto los informes que le dejaré al arquitecto en cuanto regrese. Organizo la agenda de ese ergumeno. Valido firmas de unos contratos de reconstrucción. El resto del día pasa sin contratiempos. Me cruzo con Cillian más de una vez en el pasillo. No me acobardo ni tomo otra ruta. Incluso me atrevo a sonreírle. Noto que se tensa un poco, aunque lo disimula con ese andar recto y distante. Lo que no disimula son las miradas intensas que me clava con esos ojos ámbar.
Sin darme cuenta, me llevo los dedos a los labios. Todavía los siento tibios. Me pudre. Cómo se atrevió a besarme. Pero más estúpida yo, que dudé un segundo y cedí cuando mi cuerpo debió rechazarlo. De mi cuenta va que no se repita semejante bajeza.
Gracias a todos los arcángeles, Cillian recibe una llamada urgente por un asunto familiar y se retira temprano. Solo por eso mi jornada termina bien. Unos compañeros me invitan a un bar cercano, pero declino. Necesito estar con mi hijo.
En cuanto lo recojo, le doy un baño y yo hago lo mismo.
Después lo dejo jugar un rato y lo encuentro revolviendo la tierra de las macetas de eucalipto de Evelyn.
—Amor, no. Eso no se hace. Ven acá —lo cargo, le quito la tierra de las manos y la regreso a su lugar. Niego con el dedo—. Las plantas de la tía no se tocan. Y la tierra no es para jugar. Vamos a lavarnos las manitos.
Le sostengo las manos para que no se las lleve a la boca. Cuando terminamos, lo siento en su sillita.
—A ver, mi amor… ¿agua o leche?
Espero. Mi hijo solo me mira, atento. Nada.
—Otra vez, amor —digo despacio—. ¿Agua o leche?
Balanceo las dos manos. Jared se lleva una manita a la boca y la mordisquea. Sonrió despacio. Le pellizco con cariño su cachete.
—Está bien. Será leche.
Le revuelvo el cabello y le dejo un beso en la frente. Cuando tengo el vaso listo, no pierde el tiempo: me lo quita de la mano y se lo toma. Me lo subo a las piernas y, mientras termina, pongo un capítulo de su programa favorito de piratas. Cuando me aseguro de que acabó la leche y pasó el tiempo suficiente, me siento con él en el piso. Dejo unos juguetes cerca. Tomo el carro rojo, su favorito.
—Mira. El carro hace… ¡brum! Vamos, inténtalo. Tú puedes.
Se lo dejo en las manos. Se queda con el juguete entre los dedos. Lo mira. Me mira. Luego lo empuja sobre el suelo. No intenta hacer el sonido. Su terapeuta me dijo que no lo obligue a hablar. Que le ponga palabras a lo que hace, que espere su turno y celebre cualquier sonido mínimo.
Tomo otro carrito, azul. Repito el sonido y lo dejo cerca. Jared lo empuja. Espero. Un segundo, luego otro más.
Y sucede.
Suelta un sonido mínimísimo, casi imperceptible. Jadeo y me llevo la mano al pecho. Se me aguán los ojos.
—¡Eso, mi niño! ¿Ves que sí puedes?
Le lleno la mejilla de besos. Parpadea lento ante tanto cariño y, cuando menos lo espero, me planta uno en la barbilla. Mi corazón da un salto de felicidad.
—Mi cosita linda. Cuánto te amo. Hiciste eso sin que te lo pidiera.
Le sostengo la carita. Seguimos con los juguetes y la estimulación, sonidos de animales, un sí y un no sencillos. Espero con paciencia, pero no vuelve a emitir ese ruidito. Cuando veo que es suficiente y que se está durmiendo, lo cargo y lo dejo en su cuna.
Para matar el tiempo, me pongo a hacer brownies. Espero no quemarlos. Pienso llevarlos a la firma.
Al pensar en la firma Leclerc, la mente se me va a Cole Remington. ¿Cuál es su interés conmigo? Me parece extraño. La mayoría de las personas que llegan saben que soy la asistente, pero nunca hablan directo conmigo. He recibido uno que otro halago por mi desempeño, pero de ahí a trabajar codo a codo y reportarle hay un abismo. Y enorme.
Frunzo los labios mientras bato la mezcla de cacao. Ese hombre me inquieta. Sobre todo esa mirada que no me quitaba de encima. Aunque en el fondo sé que no era la forma en que un hombre mira a una mujer.
No logro ponerle nombre a ese brillo. Me miraba como si fuera algo valioso. No sé qué pasará cuando regrese el arquitecto. Solo espero que esto no termine en desastre y que ese señor no se convierta en otro caos. Suficiente tengo con Cillian Leclerc. Ojalá se largue en cuanto vuelva Izan.
Evelyn no regresó. Se quedó con sus abuelos. Dijo que luego me lo explicaría. Huele raro. No suele dormir fuera. ¿En qué lío se habrá metido? Ella no es de problemas.
Dejo esa preocupación a un lado, me aseguró que estaría bien. Mientras el postre se hornea, preparo la cena, limpio y dejo la cocina en orden. Jared se despierta una hora y vuelve a dormirse. Yo me acuesto temprano. Iba a hacer yoga, pero lo dejo para mañana.
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Editado: 18.10.2026