Nada más llegar a casa noté la soledad que poco a poco me consumía. Estos días Cole se había quedado en casa y, aunque es cierto que había sido una tortura, mi hogar había estado lleno de él, lleno de vida. No voy a negar que lo extrañaba, y solo habían pasado dos días. No quería imaginar si llegaba a ser más tiempo… posiblemente ya no la consideraría mi casa, la consideraría la casa de los dos, y eso era lo más abrumador que podía pensar.
Me quité los zapatos. Me negué a ir a clase; habían sido demasiadas emociones por hoy. Dudaba que esto pudiera ser peor… o eso creía.
Es curioso cómo el universo te pone a prueba una y otra vez. Cada vez que piensas: “No puede ir peor”, parece que el universo dice: “¿Segura?” Y ahí estaba.
Solo pasaron dos horas. Dos horas en las que había llorado de manera desconsolada. Dos horas ignorando las llamadas del grupo, poniendo una excusa barata diciendo que no podía ir al ensayo. Nadie se enfadó y lo respetaron, pero la cosa cambió cuando llamaron a la puerta.
No sabía de quién podía ser. Dudosa, me aproximé, error mío no mirar por la mirilla, pues cuando abrí vi a Cole allí, con la cabeza gacha, retorciéndose los dedos, avergonzado, nervioso.
—¿Qué haces aquí? —pregunté con voz animada falsa.
Entró en la casa, y de inmediato mi hogar solitario se llenó de luz, de energía. Era como si todos los colores de la sala brillaran con más fuerza ante su presencia. ¿Cómo podía hacer eso? ¿Cómo podía hacerlo de manera inconsciente, sin darse cuenta?
—No sé cómo empezar… —se me paró el corazón. Lo hice sentarse en el sillón, quizás porque yo lo necesitaba.
—Por el principio —bromeé, aunque temía que notara mis pulsaciones aceleradas.
—Como sabes, no estoy en buenos términos con mi compañero.
Asentí. Sabía que últimamente Cole había tenido varias discusiones con él y había tenido que refugiarse en mi casa.
—Quería pedirte algo… Sé que va a sonar raro, pero cuando te has ido, y he terminado las clases, me ha mandado un mensaje diciéndome que hoy también va a tener compañía —suspiró.
Fruncí el ceño; no comprendía lo que quería decirme.
—Quería proponerte… si podía vivir contigo. Tengo trabajo estable, puedo darte las nóminas, me haré cargo de todos los gastos igual que tú… Sé que es una locura, pero ya estoy cansado de vivir allí. Además, me gustaría tener mi propio baño y no compartirlo con varios tíos que no saben lo que es mear sin salpicar —resopló.
Las palabras resonaban en mi mente como ecos incesantes, recordándome una y otra vez que había dicho algo… aunque no lograba entender del todo qué estaba diciendo.
Lo miré a los ojos y parpadeé una, dos, incluso tres veces. Cole me observaba con esperanza, esperando mi respuesta. Una respuesta que no quería salir, pero que mi corazón gritaba por dar; una respuesta que podía cambiarlo todo.
—No sé… —empecé, pero él me interrumpió. Se acercó y tomó mis manos con una mirada suplicante.
En ese instante deseé que no lo hubiera hecho. Que no me tocara. Era demasiado. Temblé ante su contacto y me sentí ridícula. No debía olvidar algo importante: él no estaba interesado en mí; seguramente acabaría con otra persona.
Ese pensamiento hizo que el corazón me doliera un poco más. Había desestabilizado mi vida desde el momento en que me miró a los ojos. Arrasó conmigo como un huracán, sin importar cómo me sintiera. Él era el caos perfecto que se había adueñado de mi vida y, aunque había aprendido a convivir con ese caos, a veces deseaba formar parte de él. Unirme a él. Ser un desastre natural juntos.
Porque lo quería.
Lo amaba con tal fuerza que, poco a poco, comprendía que nuestra historia… bueno, no teníamos una historia.
—Nos caemos bien, nos complementamos muy bien. Además, juro que cuando te traigas a alguien, me voy. No te molestaré —dijo con un mohín.
Es que no quiero a otra persona. Te quiero a ti.
—Ese no es el problema. Es que… vivir juntos, ¿no te parece… extraño?
—Te vendrá bien la ayuda para pagar el alquiler… Vamos, Esme, sabes que es una idea genial. Solo será este año. El siguiente me buscaré otra casa. Solo un par de meses, pero lo necesito —sonrió, y casi logró arrancarme un suspiro.
—Bueno, vale… viviremos juntos.
Él saltó de alegría y me abrazó. Respiré su aroma y reuní toda la fuerza posible para no aferrarme a él, para no mantenerlo pegado a mí un poco más, fingiendo que estábamos juntos, fingiendo que esta historia era posible… aun sabiendo que no, que nunca podríamos estar juntos.