Perdona Si Te Enamoro-Tercer Libro-

Capítulo 5

"Quizá ese era el castigo que me estaba imponiendo el universo

"Quizá ese era el castigo que me estaba imponiendo el universo."-Esmeralda

"-Esmeralda

ESMERALDA

No sé cómo mantuve la compostura durante toda la quedada. Ava estaba despotricando de su novio, diciendo que no sabía lo que sentía por él. Para mí, en mi opinión, aquello era una manera sutil de captar la atención de Cole, quien, paciente, escuchaba todo sin borrar la sonrisa, dando su opinión. Me quedé embelesada. Su manera de expresarse, su manera de ver el amor, era tan conmovedora como... dañina.

Dañina porque, al final, sabía que solo podía confirmarme con esto: con ser su amiga fiel, la que lo acompaña cuando quiere hablar con alguien, la que se mantiene al margen y escucha y ve. Mi corazón era demasiado fuerte, pensé.

Al salir a la calle, el frío gélido inundó todo mi cuerpo. Me abracé a mí misma en un intento desesperado por mantener el calor corporal. Cole me miró varias veces, pero no dijo nada.

El trayecto hasta el coche fue así: silencioso, pero no un silencio incómodo, sino más bien un silencio cómodo, de esos que se alcanzan cuando tienes un vínculo grande con la otra persona, de esos que no necesitas romper, sino disfrutar.

Al llegar al edificio, dejamos las cosas encima de la encimera. Cole se apresuró a encender el calefactor, haciendo que poco a poco la habitación se caldeara. Un suspiro de alivio escapó de mis labios y fue entonces cuando me permití el lujo de mirarlo.

Me mordí el labio al contemplar cómo se movía con tanta familiaridad por mi casa. Oía su voz, pero no lograba entender lo que estaba diciendo; estaba demasiado pendiente de la belleza de aquel muchacho. Eso no podía ser real, pensé.

En esos momentos me replanteé seriamente mis decisiones. No es que fuera una persona que pensara continuamente en eso, pero entonces mi corazón me suplicaba que, por favor, lo echara, que no podía verlo. Y mi cerebro, quizá el más cruel, me recordaba que iba a dejarlo desamparado y solo.

No estaría solo, siempre tendría a alguien que lo acogiera en su casa, pero mi lado egoísta —ese que creía que no tenía, pero sí, estaba dentro de mí— no quería que él estuviera con otra persona. No quería que dejara sus cosas en otro sitio que no fuera aquí. Quizá ese era el castigo que me estaba imponiendo el universo: un recordatorio de que mi egoísmo era quien me estaba provocando lo que en esos momentos estaba viviendo.

No voy a negar que me pasé toda la noche dando vueltas. Mi mirada fija en el techo, mis manos colocadas sobre el vientre y mi mente, burlona, recordándome todo lo que había hecho mal. No hay peor castigo que uno mismo, pensé.

Me puse de costado, bocabajo, pero la inquietud seguía latente en mí. Una vocecita se apoderó de mi conciencia. No sé qué me impulsó a hacerlo, pero antes de darme cuenta ya estaba colocándome las zapatillas de casa. Mi bata dejaba al descubierto uno de mis hombros. Me quedé mirando más tiempo del necesario la puerta de Cole. Hice el amago de irme, pero mis pies no se movían. Solo una vez, me dijo esa voz molesta. Solo una vez, me repetí a mí misma.

Abrí la puerta lentamente y lo vi tumbado, con el torso descubierto, la expresión tranquila. Con solo mirarlo, una paz se adueñó de mi cuerpo por completo. Me mordí el labio. Había una pequeña luz encendida y un libro colocado con cuidado sobre su mesilla. Crucé el umbral y me quedé observando las fotografías que decoraban la pared, la mesita cubierta de diversos papeles; estos, a diferencia de lo demás, estaban más desordenados, con bolas de papel tiradas por el suelo.

Presa de la curiosidad, me acerqué lentamente hacia la mesita. Sabía que no estaba bien lo que estaba haciendo, pero cuando se trataba de él.

Me detuve frente a la mesita de escritorio. Mis ojos recorrieron las líneas escritas a mano y juro que, en ese instante, algo en mí se rompió por completo. Si alguna vez pensé que tenía el más mínimo atisbo de esperanza, se desvaneció sin dejar rastro. Los pocos trozos que aún me quedaban se esfumaron, dejándome vacía, casi sin sentimientos. Las lágrimas brotaron de mis ojos sin que pudiera contenerlas. Salí corriendo de la habitación y me refugié en la mía.

Entonces lloré. Grité contra la almohada. Sabía que no podía aguantar, que no podía soportar más aquella situación; era demasiado para mí. Cuando sentí que mi cuerpo empezaba a relajarse, mi mente —que no estaba dispuesta a dejarme en paz ni un segundo— me recordó lo que había leído.

"La chica de fuego.
La chica que roba suspiros.
La chica que me destroza y me reconstruye,
la que me alza, la que me deja caer,
mi otra mitad,
la chica que me complementa,
la chica que anhelo."

¿Quién era esa chica?
¿Quién le robaba esos suspiros?
¿Quién era la chica de fuego?

No quería pensar. Solo quería desaparecer, huir. No quería seguir allí; no podía seguir allí. Por eso cogí mi sudadera, las llaves y salí corriendo. Eran las tres de la mañana. No había nadie en la calle, pero sabía adónde me dirigía: el único lugar donde me sentía protegida, segura.




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