Perdona Si Te Enamoro-Tercer Libro-

Capítulo 6

"La inseguridad siempre habla más alto que la esperanza

"La inseguridad siempre habla más alto que la esperanza."-Cole

"-Cole

COLE

Estaba intranquilo. Mis nervios me estaban jugando una mala pasada. Intenté por todos los medios no darle demasiadas vueltas al asunto, pero me costaba. Esmeralda se había ido a no sé dónde; no quise molestarla, simplemente le mandé un corto mensaje, diciéndole: «¿Dónde estás?». Y aunque continuamente me encontraba mirando el móvil, observando cómo los dos ticks estaban en azul, dándome a entender que había leído mi mensaje, fue demasiado para mí.

Pensé y recreé cada una de las escenas antes de la noche en la que Esmeralda decidió que era buena idea huir. Analicé mis palabras, mis gestos, temeroso de que hubiera visto algo que le diera a entender que estaba interesado en ella. No quería siquiera pensar en eso; de lo contrario sería un golpe tan duro para mi autoestima y mi corazón... ¿Tan malo sería para ella que yo fuese su pareja? ¿Sentía vergüenza por mí? ¿No era lo suficiente para ella?

Eran pensamientos que no me hacían ningún bien, que me hundían en lo más profundo de mi ser, hasta tal punto que noté cómo los ojos me picaban a causa de las lágrimas que deseaba derramar. ¿Quizás era demasiado sensible? ¿Quizás soy demasiado emocional? El estómago se me cerró de golpe. La mente era un cruel juez, uno que sinceramente en esos momentos no era justo, pero la inseguridad era la peor de las carceleras.

No me di cuenta de que en esos momentos me encontraba en la cafetería de la residencia, removiendo con desgana mi ensalada, haciendo que Eri y Aria —las cuales me estaban observando con más determinación de la que en esos momentos deseaba— empezaran a preguntarse qué me ocurría.

—Cole... —el acento francés de Aria me sacó de mis pensamientos.

—¿Qué tengo de malo? —lo solté, preso de la angustia que sentía.

—¿Cómo? —preguntaron mis dos mejores amigas, mirándose entre ellas y después a mí.

—¿Qué tengo de malo? —volví a preguntar. Me incorporé más en la silla y las miré con mayor determinación a los ojos.

Mis amigas fruncieron el ceño. Vi el cabreo en Eri, la pena en los ojos de Aria y después Eri fue quien dio un suave golpe en la mesa, lo suficiente para captar mi atención.

—Cole, no tienes nada de malo... Nada. Eres el chico que toda chica desearía tener, eres el chico que cualquier chico desearía tener.

—Pero, ¿por qué nadie se interesa por mí?

Obviamente prefería hacer esa pregunta que soltarles a mis amigas: «¿Por qué Esmeralda no está interesada en mí?».

—Sí se interesan, nada más que no le das la importancia o quieres hacer como que no —me acusó Aria con el tenedor.

—Si tú supieras la cantidad de personas que babean por donde pasas, te darías cuenta de lo interminable —y digo interminable sin exagerar— de las personas que están deseando que les prestes un mínimo de atención —me sonrió con picardía Eri.

No lo había visto así. Tampoco es que me interesaran las demás personas, solo ella. Ella era dueña y señora, propietaria de mi mente y de mi corazón. Y aunque me dolía el alma por no decirlo a los cuatro vientos, aunque odiara la cobardía en la que me encontraba por no tener la fuerza suficiente para acercarme a ella y besarla —besarla hasta que me olvidara de que ella no estaba interesada en mí, besarla hasta tal punto que su olor quedara tan impregnado en mi cuerpo que no se fuera ni aunque me bañara en el océano más profundo del mundo—, porque sí, quería ser de ella, pero no en el modo tóxico que muchas personas podrían asociar a esa palabra. Quería ser de ella: su apoyo, su amigo, su compañero de viaje, su marido, el padre de sus hijos. Eso es lo que quería.

Pero ni mi mente me permitía la pequeña fantasía de crearme una vida con ella, porque incluso mi cerebro me decía:

«No seas absurdo. Ella no te quiere».

El timbre sonó y juro por Dios que deseé no ir a clase

El timbre sonó y juro por Dios que deseé no ir a clase. Aún tenía la mente en mil cosas, y cada cual peor que la anterior. Aun así, me armé de valor, esbocé mi mejor sonrisa, intenté acallar la voz de mi mente y fui con la cabeza alta hasta la clase que me tocaba. Pero con cada paso que daba me daba cuenta de lo mucho que flaqueaba; todo esto me estaba afectando más de lo normal.

Estaba a punto de dar la vuelta cuando la vi.

Me paré en seco.

La vi entrar, con ese cabello como el fuego, esos ojos que quitaban el sentido, ese cuerpo que había sido objeto de mis deseos, esa sonrisa de la que hubiera deseado ser propietario. Iba ataviada con una camiseta azulada, unos pantalones ajustados negros y sus Converse blancas. Hablaba animadamente con una chica y yo empecé a mirar a todos lados en busca de un buen escondite.

Al final me metí en el aseo, en el primero que pillé. Cuando me aseguré de que era el de chicos, me adentré en uno de los baños, cerré la puerta y respiré varias veces.




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