"A veces no necesitas enamorarte para saber que estás en peligro."-Cole
COLE
Dormir no supe lo que era en toda la noche; me quedé en vela, observando el techo. Mi mente recordaba una y otra vez los labios de Esmeralda sobre los míos, el tacto de su piel, cómo mi cuerpo se calentaba con cada roce, con cada caricia. Un gruñido escapó de mi interior. Noté cómo el calor descendía hasta mi bajo vientre. Me moví de un lado a otro, salí, bebí agua, me di una ducha fría... y ahora me encontraba por la universidad, vagando como un muerto viviente, bostezando y casi encorvado, sujetando mis carpetas con fuerza.
—Por Dios... necesito un café —dije en voz baja.
Me detuve en seco cuando vi que Ava se aproximaba hacia mí de manera demasiado apresurada. Si hubiera tenido fuerzas, habría acudido a su encuentro, pero en esos momentos solo deseaba caer en una cama.
Esbocé mi mejor sonrisa y la saludé con la mano. Ella me la devolvió.
En pocos segundos ya la tenía enfrente de mí. La miré a los ojos y escuché a medias lo que decía, porque entonces la vi pasar.
La respiración se me detuvo y mis ojos fueron directamente hacia ella.
Iba vestida con unos vaqueros blancos y una blusa del mismo color. Su cabello estaba recogido en una coleta alta, y en ese momento parecía entretenida hablando con varias chicas; algunas se reían, otras le daban hojas, seguramente apuntes.
Pero ellas me dieron igual. Me dio igual Ava, que seguía hablándome de algo que, sinceramente, no me interesaba en absoluto. Todo el pasillo desapareció poco a poco... y solo quedó ella.
Si esto fuera una serie, ya me imaginaría la banda sonora sonando y una luz extraña —de esas que nadie sabe de dónde salen— iluminándola.
—Preciosa... —dije sin pensar.
—¿Cómo?
Y todo volvió a la normalidad. Esmeralda ya se estaba yendo, y yo miré a Ava, que me observaba con una expresión extraña que no supe identificar.
Entré en pánico. Miré a todos lados, buscando una salida.
—Nada, nada —me reí con nerviosismo—. Bueno... me tengo que ir.
Pero Ava me sujetó del brazo. Me giré lentamente e intenté sonreír. La verdad era que no tenía ganas de hablar. Mi mente no dejaba de dar vueltas a lo que había pasado la otra noche con Esmeralda.
Sabía que no debía pensarlo tanto. Había sido un impulso, fruto de la semana que llevaba, nada más... no significaba nada.
Aunque para mí lo significó todo.
Cada vez que cerraba los ojos sentía sus labios sobre los míos, su tacto, la forma en la que susurró mi nombre como si fuera una necesidad urgente... como si de verdad lo hubiera necesitado. Pero solo eso: un momento de vulnerabilidad.
—Oye, Cole... tengo dos entradas para el cine... me gustaría saber... —se mordió el labio, dudosa— si querías venir conmigo.
Me quedé en silencio, sin saber qué decir. Mi mente colapsó por un momento. Demasiadas emociones en muy poco tiempo. Aquella propuesta me pilló completamente desprevenido.
Abrí la boca para responder, pero ella se adelantó:
—Solo tengo dos entradas, y quería invitarte... para agradecerte lo de las clases de español. Además, es una comedia. Seguro que nos lo pasamos bien.
Sonrió con timidez.
Y, aun así, una parte de mí sintió que estaba traicionando a Esmeralda... aunque no estuviéramos juntos.
Siempre la elegía a ella. Prefería mil veces su compañía antes que la de cualquier otra chica, excepto Aria y Eri, que ya eran otra cosa... familia.
Y aun así, pensar en pasar la tarde con Ava me incomodaba.
Me pasé las manos por el rostro, agotado, y caminé con paso decidido hacia el pabellón. Necesitaba despejarme. Necesitaba dejar de pensar.
Cuando entré, el silencio se apoderó del lugar.
Pero no estaba solo.
Recorrí la sala con la mirada y me quedé de piedra al ver a Erika, sentada, sola, pensativa.
Dudé en acercarme. Erika era reservada, casi silenciosa. Si no prestabas atención, ni siquiera sabías cómo sonaba su voz, y eso que coincidíamos a menudo.
Pero algo me impulsó.
No supe qué fue. Una sensación extraña, como si una mano invisible me empujara suavemente hacia ella.
Estaba escribiendo en su libreta. Además de cantante, era quien componía las letras del grupo. Tenía un talento increíble.
Subí las escaleras haciendo algo de ruido para no asustarla. Cuando me vio, me dedicó una pequeña sonrisa. No le llegaba a los ojos, pero aun así, era un gesto valioso en alguien como ella.
—¿Qué haces aquí sola? —pregunté con una sonrisa.
Ella rió por lo bajo.
—Pensar. Me gusta estar sola... los pensamientos se aclaran cuando no hay ruido.
—¿En qué piensas?
Me miró con duda.
—En muchas cosas... nada importante —se encogió de hombros.
Nos quedamos en silencio.
Pero no era incómodo.
Su energía era tranquila, aunque en su mirada había una nostalgia evidente, como si sus pensamientos fueran una carga constante.
No éramos cercanos. Apenas hablábamos. De hecho, era probablemente la primera conversación real entre nosotros.
Y, aun así, era agradable.