Perdona Si Te Enamoro-Tercer Libro-

Capítulo 11

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“No lo toqué… pero nunca lo había sentido tan cerca.”-Esmeralda

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Esmeralda

La discoteca estaba atestada de gente. Las risas y el ruido de la música fueron como un espléndido subidón de energía. Las luces cambiaban sin cesar, el DJ dándolo todo en su zona, personas bebiendo o bailando.

Hacía tiempo que no iba a una discoteca. Hacía tiempo que no me veía en esta tesitura.

Un chico encantador, de sonrisa fácil, cabello negro y ojos marrones que, de no haber sido un pelín más claros, serían iguales a los de Cole.

Tuve que quitarme eso de la mente. Cole no estaba aquí. No le iba a dar el poder de estar pensando en él, y menos cuando un chico tan sumamente amable me hablaba de mil cosas.

No es que fuera un mal orador, todo lo contrario. Tenía esa voz que te dejaba embelesada, deseando escuchar más. Pero no saltó la chispa. No alteró mis sentidos ni mi cuerpo.

Simplemente una comodidad tan similar a la que me daban Aria y Eri que, juro, en esos momentos deseé echarme a llorar.

Quería sentir algo. Lo mínimo. Para no dudar. Para ser más valiente. Para que la presencia de Cole —aun lejos de mí— no tuviera ese efecto tan arrollador que solo él tenía.

Era consciente del poder que él tenía en mi corazón, y era vertiginoso a la par que aterrador.

—¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre? —preguntó con dulzura.

Era una pregunta sencilla, pensé. Algo fácil de responder, me recordé. No es tan complicado, sentencié para mí misma.

—Leer, ver series... lo típico —me reí de los nervios—. ¿Y tú? —pregunté con cortesía.

Me habló de que a él le encantaba el senderismo, el bosque, acampar en plena naturaleza. Un aventurero en todo su esplendor.

Noté cómo mi nuca se calentaba de manera vertiginosa y, al darme la vuelta, me di cuenta de que un par de ojos marrones y dos pares de ojos verdes me miraban con una emoción evidente. Les hice un gesto para que desviaran la mirada cuando Ben —así se llamaba el chico— se dedicaba a pedir algo en la barra.

Ellas negaron con la cabeza y Aria y Eri fingieron lanzarme besitos, mientras Chiara —que, aunque no la conocía demasiado, en ese momento me cayó mejor que Eri y Aria— se dio la vuelta.

Aunque la traidora italiana movía los hombros a causa de la risa que estaba conteniendo, y en la que no tardaron en unirse las otras dos.

Yo no era la única que había tenido pretendientes. Aria había tenido dos, a los cuales rechazó. Y a Eri se le acercó uno que, sin duda, se llevó una mirada fulminante antes de que aquel pobre muchacho pudiera articular palabra.

Una mirada que le lanzó Chiara y que, con unas formas cuestionables, dejó claro que ni se molestara en decir nada, que la novia de Eri podía sacarle los ojos sin sudar con una cuchara de plástico.

Me di cuenta de que tanto a Eri como a Chiara, cuando se enfadaban, se les marcaba más el acento italiano. Del mismo modo, Aria, que apenas se enfadaba, cuando lo hacía, dejaba salir su acento francés sin ningún disimulo.

Ben me tendió un vaso, y lo iba a rechazar cuando me di cuenta de que no era alcohol, sino una Coca-Cola. Le dediqué mi sonrisa más sincera.

Un grupo de chicos le silbó, haciendo que este rodara los ojos y, ruborizado, me mirara.

—Mis amigos, que me reclaman... —dijo—. Lo que te quería decir es... —dudó unos segundos—. Lo que te quiero decir es que, si te apuntas mi número... Este no es un ambiente favorable para conocer a alguien y, entre mis amigos, que me están esperando seguramente para hacerme el tercer interrogatorio, y tus amigas, que no disimulan en absoluto, no ayudan a que podamos pasar más tiempo —se atrevió a decir.

Ambos intercambiamos números y me aseguró que me llamaría sin falta para quedar. Yo asentí, aunque una pizca de duda me carcomía por dentro, pero aun así lo hice.

Cuando ya se hubo ido, mis amigas hicieron una extraña danza que no pasó desapercibida entre la multitud. Las tres no habíamos bebido, principalmente porque queríamos estar despejadas.

—Era bastante guapo —comenzó Aria con una pequeña sonrisa.

—Parece simpático —continuó Eri con una amplia sonrisa.

—Tiene pinta de ser un tipo correcto —añadió Chiara con sumo cuidado.

—¿Correcto? —dijimos las tres al unísono.

—Sí, correcto. Es un halago más que aceptable —puntualizó la italiana con una determinación que hizo que nos carcajeáramos.

Sin duda, no había sido mala idea salir, y mucho menos con ellas.

Sin duda, no había sido mala idea salir, y mucho menos con ellas




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