"Lo sentí todo... sin tener nada."-Cole
COLE
Lo primero que hice al despertarme fue parpadear varias veces. Flashes de la noche anterior acudieron a mi mente como rayos: Esmeralda mirando mis fotos, poniéndose mi pijama, durmiendo conmigo... nuestras manos entrelazadas.
Noté el dolor que me recorría el brazo a causa de la postura que habíamos adoptado la noche anterior, pero no me quité ni siquiera me moví, temeroso de despertar a Esmeralda y de que el contacto de nuestras manos desapareciera.
Sabía que, en cierta manera, me estaba condenando yo mismo al hacer esto. Era consciente. Pero no me arrepentí ni un maldito segundo de lo que pasó, de cómo estábamos.
Una sacudida hizo que mi cuerpo se tensara. Maldije en silencio al ser consciente de que, en realidad, esa burbuja de felicidad ya había explotado cuando noté cómo sus manos se separaban de las mías. Apreté los labios, aguanté las lágrimas que amenazaban con salir de mis ojos, pero me las tragué. Sonreí y me di la vuelta.
—Buenos días —mi voz sonó más cantarina de lo que pretendía.
Ella parpadeó varias veces. Me miró de arriba abajo. Vi cómo fruncía el ceño y luego abría los ojos de par en par. Era como si, en una milésima de segundos, su mente hubiera formulado mil preguntas con sus respectivas respuestas. Lo ignoré. Fingí que no lo había visto y no titubeé en mi sonrisa; me mantuve firme.
—Buenos días —pude notar que su voz sonó un pelín más nerviosa de lo que pretendía.
No sabía cómo tomarme eso, pensé. Quizás se había visto demasiado forzada a dormir conmigo, pero tampoco dijo nada cuando le propuse dormir en el sillón ni se negó cuando se metió conmigo en la cama. No habíamos hecho nada, pero aun así la sensación de mariposas revoloteando por todo mi cuerpo hacía que el pequeño Cole de mi consciencia diera volteretas.
—¿Qué tal has dormido? —ahora mi voz sonó más baja, quizá más dubitativa.
—Bien, la verdad. Pensaba que roncabas o que te moverías mucho, pero, sorprendentemente, eres como un mueble —se burló.
Rodé los ojos y le saqué la lengua.
Esta me miró los labios durante un microsegundo. La diversión de antes se transformó en algo distinto. De nuevo, ese maldito deseo. Y de nuevo, esa necesidad imperiosa de meter mis manos en su cabello y acercarla hasta mis labios hasta que no se acordara de cómo se respiraba, ni siquiera de su jodido nombre.
Ella, de manera inconsciente, se aproximó más a mí.
Luego yo un poco más. Así, poco a poco, hasta que nuestros rostros quedaron a escasos centímetros. Si me agachaba un poco más, podía besarla. Sería tan sencillo, tan celestial. Quizás idílico. Eso implicaría que Esme sentía algo por mí.
Noté un cosquilleo en mi mano, mi corazón latiendo con fuerza, mi deseo latiendo con desesperación. Por Dios, esto no podía ser normal. Casi rozaba lo enfermizo. Solo se había aproximado un poco a mí y ya me tenía así, a su jodida merced. Pero qué fácil sería doblegarme a ella y mostrarle quién era... a la maldita diosa que adoraba.
—Cole... —de nuevo sus ojos en mis labios, ojos que rápidamente volvieron a los míos.
—Sí... —susurré.
Contuve las manos para no colocarlas en su cintura. Necesitaba tenerla más cerca, más y más, hasta que no quedara espacio entre ella y yo, hasta que nuestras respiraciones se volvieran una.
—Creo... debería irme a bañarme. Seguramente se me ha quedado el hedor de la discoteca —y, al decir eso, se separó de forma tan brusca que casi cae de bruces al suelo.
Actué rápido. Le cogí del brazo y tiré de ella, pero no calculé mi fuerza, pues antes de que pudiera darme cuenta la tenía encima de mí.
Su cabello corto rozaba mi rostro y sus ojos verdes estaban posados en los míos. Verdes y marrones. La combinación perfecta, me dije a mí mismo.
—Ostras...
Y entonces—
Abrí los ojos. Entré en pánico. Me agobié, y ella también, pues se movió. Negué con la cabeza rápidamente y le coloqué las manos en la cadera.
—Mejor no hagas eso —dije en un gruñido.
Ella suspiró. Lentamente se separó de mí.
—Estás... —se apresuró a decir.
—Sí, estoy bien —respondí con los ojos cerrados.
—Pero... —iba a decir algo, pero la corté con una sonrisa.
—Esme, ve a ducharte —dije, a pesar de que en esos momentos quería tenerla de nuevo encima de mí.
Ella se apresuró a salir de mi cuarto, y fue entonces cuando me permití, simplemente, relajarme. Dios mío. Miré mi erección.
—No te podías comportar...
Supe que no, porque con Esmeralda no había control ni comportamiento que valiese.
Era la tortura de cualquier hombre, y solo de pensar en su peso sobre mi cuerpo... qué delicia.
Me levanté de la cama y decidí que era buena idea darme una ducha de agua fría. Sería lo mejor, me recordé. Pero el problema era que no podía salir así. Aunque, claro, Esme seguramente estaría ya en el baño o, como mínimo, cogiendo las cosas de su cuarto.