“Él lo dijo todo… y yo elegí callarme.”-Esmeralda
ESMERALDA
Me arriesgué lo reconozco. Fue un impulso momentáneo, algo que hice de manera incosciente tras el incidente que paso en casa, por las palabras que le dije a Cole sin pensarlo. Fue un error que esperaba que simplemente se quedara en una curiosa adcnetota que contariamos a lo largo de los años.
Por ello, me aventuré a llamar a Ben, titubeé, estuve como mediahora si no, más, mirando el dichoso aparato, mirando el número que cubría la pantalla, pero lo hice, marqué y le dije a Ben de tomarnos ese café.
Y ahora, me encontraba en una cafetería de la universidad, con mi café con leche, oyendo a Ben hablar animadamente de su familia. Sus padre eran profesores en una universidad de por aquí cerca, tenía dos hermanos mayore que él y un perro llamado Bobby, detalles que, sin duda, hacía que esta quedaba fuera más real de lo que pensaba. Yo me animé, todo había que decirlo y hablé de mis madres, de que era hija única, de que no tenía animales pues al final de cuentas era una responsabilidad y no disponía del tiempo suficiente para dedicarselo a ellos.
Le conté que mi color favorito era el marrón, no entré en detalles de porque. No quería decirle al chico que estaba "conociendo" que en realidad con anterioridad mi color favorito había sido el fucsia y que, tras ver los ojos del amor de mi vida, alias: Cole Silver, y sus ojos marrones, se había convertido en mi color favorito dos años atrás. Era una absurdez en mi opinión, algo que sinceramente no precisaba en la situación que nos encontrabamos ahora.
Ben era de sonrisa fácil, de esas cálidas que te provocan un poco de calorcito en el cuerpo, pero aunque no quería darle más vueltas, mis pensamientos traicioneros continuamente acudían a Cole. Estaba obsesionada, sí, había descubierto que estaba obsesionada y que sería mejor que fuera a terapía, se lo podía decir a la señora Corlina; la psquiatra de mi padre, pero no sabía como podía comenzar esa conversación sin hacerme sentir ridícula.
—¿Cuál es tu comida favorita?
—Los espaguetis —me reí—. Y más desde que probé la pasta de la madre de una de mis amigas. Es italiana y juro que podría comerme tres o cuatro platos —dije de forma exagerada, simplemente para acallar los pensamientos que en ese momento invadían mi mente.
—Vaya, debe de ser buena cocinera, se te ha iluminado la mirada y todo —de nuevo me reí.
—Sí... ¿y la tuya?
Podía haber hecho otras preguntas, lo sabía. Había millones que podría haber formulado, como: "¿Cuál es tu mayor miedo?", "¿Qué es lo que más te gusta?", "¿Qué quieres hacer después de acabar la universidad?". Pero la verdad era que no tenía las fuerzas necesarias para mantener una conversación.
—Pues la verdad... me gustan muchos platos... ¿el dulce cuenta? —preguntó de manera inocente.
Negué con la cabeza.
—Vaya, entonces se reduce considerablemente la lista —me tapé la boca antes de reírme.
Después de la cafetería fuimos al cine. Una cita normal, de esas que, sin duda, saldrían en cualquier comedia romántica o en libros donde las relaciones se idealizan. Pero no me sentía del todo yo. No sentía que estuviera dando pie a que Ben se abriera más conmigo. Quizás estaba más cohibida. Quise culpar al cansancio que llevaba esa semana, pero la verdad es que no me había parado a pensar qué era lo que realmente me pasaba. De todos modos, consideré que, por el momento, no llegaría a ninguna conclusión, así que me propuse darlo todo: ser yo misma, no pensar, conocer gente nueva y disfrutar de la experiencia.
Al final optamos por una película de acción. Nada de amor, nada de comedia absurda o terror escalofriante. Acción. Aunque no era una apasionada del género, me gustaba la idea de que las cosas no se forzaban. Era un gesto simple, pero bastante significativo si lo pensaba con frialdad.
Después de llenarnos el estómago con palomitas y de dar un corto paseo por el parque de allí cerca, Ben me acercó a casa. Un gesto de lo más caballeroso. Estuve tentada de invitarle a cenar, simplemente para agradecerle el día, pero, cuando vi a Cole bajando del coche, se me cortó la respiración.
Y fue a peor cuando sus ojos me encontraron y se detuvieron en el chico que tenía a mi lado. Apartó la mirada, y yo le di un portazo al coche antes de subir las escaleras de dos en dos, con una postura enfadada.
—Bueno, me tengo que ir —le di un beso en la mejilla—. Te llamaré de nuevo —le prometí.
Él asintió, poco convencido, y más aún cuando me vio salir pitando hacia el edificio.
No sé por qué, pero algo en la actitud de Cole me preocupó. Quizás tenía un mal día, quizás había pasado algo, y no pude evitar que una opresión en el pecho se apoderara de mí. Odiaba que sus sentimientos, de alguna manera, me afectaran. Quería ligarlo a la idea de que era un buen amigo, que me pasaba con todos los demás, pero eso sería engañarme demasiado en un día como hoy.