Perdona Si Te Enamoro-Tercer Libro-

Capítulo 14

68747470733a2f2f73332e616d617a6f6e6177732e636f6d2f776174747061642d6d656469612d736572766963652f53746f7279496d6167652f466b364e4d7079654c766b7865673d3d2d313631313138393438352e313861323035363530613734323564643231353432363832303534332e706e67

“La quería tanto… que al final la perdí por decirlo.”-Cole

68747470733a2f2f73332e616d617a6f6e6177732e636f6d2f776174747061642d6d656469612d736572766963652f53746f7279496d6167652f30354b7579654c67496c79326a413d3d2d313631313138393438352e313861323035366366386138646466643432383530333030363932382e706e67

COLE

El camino a casa de mi madre fue tortuoso. Las imágenes de todo lo que había pasado y los celos que me estaban consumiendo hicieron que apretara el volante como si mi vida dependiera de ello.

Había sido un cobarde al irme de esa manera, pero necesitaba despejar mi mente, asimilar que ella no había querido eso, que, al fin de cuentas, el único que sentía era yo... y la había cagado al confesarlo. Me arrepentía. Debía haberme callado, no haber dicho nada, haber mostrado una sonrisa falsa, felicitarla y preguntarle por la cita que había tenido. Pero llevaba tanto tiempo aguantando todo lo que sentía dentro que tuve que expulsarlo.

Era consciente de que no podía haber aguantado más el secreto. Yo creía que sí, que podía hacerlo, pero era demasiado emocional, demasiado sentimental, un amante del amor... y muchas más cosas que se me venían a la mente tras lo sucedido.

No quise darle más vueltas de las necesarias, o eso me había propuesto en el camino a mi casa de la infancia.

Mi madre vivía a dos horas de la universidad. No me pillaba lejos, pero desde que empecé la universidad quise tener esa independencia que ansían los jóvenes: volar del nido. Y lo había hecho. Mi madre no estuvo de acuerdo con eso. Decía que, sin duda, podía haber vivido con ella, ahorrar lo suficiente para después de la universidad y empezar mi vida independiente. Y aunque sabía que lo hacía con todo el inmenso amor que tenía, también sabía que aquella casa, que tanto le recordaba a mi padre, había días que la consumía.

Alba Silver había amado a Leo Silver —apellido que ella misma se puso cuando se casó con él— con una intensidad que rozaba lo surrealista. Un amor de esos que se reflejan en las novelas, en las historias de romance. Y cuando él se fue, aunque ella no lo quisiera admitir, una parte de ella se fue con él, a aquel agujero bajo tierra, junto con todo el amor que tenía.

Mi padre había sido el mejor hombre que había conocido en mi vida. Un ejemplo a seguir, alguien al que siempre había admirado y que, sin dudarlo, hubiera deseado —y sigo deseando— ser como él.

Después de un par de minutos, o quizás una hora —había perdido la noción del tiempo—, vi poco a poco el camino tan familiar que, de inmediato, hizo que una sonrisa se apoderara de mí y que mi malestar se relajara.

Los árboles, las pequeñas casas y las personas, tan conocidas y a la vez tan extrañas, me dieron la bienvenida a mi barrio.

En uno de los semáforos, me quedé mirando el descuidado parque que, antaño, fue el sitio en el que Aria, Eri y yo, junto con nuestras madres, nos reuníamos. Los recuerdos vinieron a mi mente y mi sonrisa se incrementó.

No pude resistirme a la idea, así que aparqué y bajé del coche para mirar aquel sitio.

Las malas hierbas habían consumido parte del recinto, los columpios estaban torcidos, con sus cuerdas oxidadas, y el balancín estaba astillado. Pero, aun así, la visión que en esos momentos tenía no era la realidad, sino todo lo contrario.

El pasado se adueñó de mí.

Vi a tres mujeres maravillosas, preciosas y sonrientes. De distintos cabellos: desde el marrón más claro, pasando por el azabache más puro, hasta el del color del sol.

Giré la mirada hacia los columpios y allí estaban tres niños, riendo, de apenas cinco o seis años, saltando sin parar.

La más pequeña, de cabello negro, corría, mirando todo con sus ojos verdes esmeralda llenos de curiosidad. Mientras tanto, la otra, de hermosos ojos miel, sujetaba una flor en su mano y se la colocaba rápidamente en el cabello... pero no fue buena idea.

Ante ese recuerdo me reí.

Aria había sido demasiado ingenua... y yo demasiado bobo.

Ella y Eri querían las flores lilas que crecían cerca de un robusto árbol. Lloraban porque querían esas flores y yo, que había visto cómo mi padre se pinchaba una y otra vez cuando le hacía un ramo a mi madre, no lo dudé y me adentré entre ellas.

Eri aplaudía emocionada y Aria me pedía que no me metiera más, que podía pincharme. Le quité importancia. Nada podía conmigo. Era el hijo de Alba y Leo Silver.

Por eso cogí las dos flores lilas.

Obviamente, sí me pinché. Y recuerdo cómo mi madre, después de mi "heroísmo", tuvo que sacarme las espinas con unas pinzas de depilar.

En ese momento me daba igual. Si ellas querían las flores, yo se las iba a dar. No podía negarles nada, y mucho menos a ellas.

Y aunque mi madre me había dicho que la ropa era nueva y que no debía mancharla por ninguna circunstancia, y aunque el barro cubría la camiseta blanca y mis gafas estaban torcidas... les di las flores. Ya lidiaría con mi madre después.

Aria y Eri me abrazaron.

Y fue entonces cuando juramos ser amigos para siempre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.