“A veces, callarte no evita perder a alguien… solo retrasa el momento.”-Esmeralda.
ESMERALDA
Al contar la historia me hacía más consciente de la cruda realidad. Las caras de Chiara pasaban de la emoción a la duda, y de la duda a la seriedad. Era impresionante la capacidad que tenía aquella mujer de transmitirlo todo solo con el gesto de su cara.
En esos momentos nos encontrábamos las dos con una taza de café. Su hijo dormía tranquilamente en mi cuarto, donde habíamos colocado cojines con esmero para que no se cayera.
Chiara se apartó el cabello rizado y se enderezó en el sillón. Sin dudarlo, dejó la taza en la mesita y sus ojos verdes, penetrantes, se clavaron en los míos como agujas en el alma. Se mordió el labio y luego suspiró.
Podía sentir cómo su mente iba a mil por hora, seguramente organizando todo lo que quería decirme y con qué palabras. Algo que, sin duda, apreciaba de corazón.
No quería que me dijeran de manera directa y clara que era una estúpida.
—Eres una estúpida.
A la mierda lo que había pensado.
Me quedé pasmada, con la boca abierta, analizando esas palabras que se quedaron grabadas en mi mente.
—Vaya, gracias —dije con sarcasmo.
Ella se encogió de hombros.
—Estaba intentando averiguar cómo decirte las cosas, pero es que no lo he podido evitar. Eres estúpida, y él también es estúpido. Los dos sois estúpidos.
Hizo una pausa muy dramática, en mi opinión.
No sabía cuántas veces más iba a repetir que éramos unos estúpidos. La verdad es que no iba a negar que esperaba otra reacción por parte de Chiara. Creía que diría las cosas con más sutileza, puesto que ella había pasado por algo similar. Pero me equivoqué. Era tan directa como una bala en el pecho.
Y aunque al principio me había molestado, ahora, sopesando lo que acababa de decirme, entendí que tenía razón.
Que era una estúpida.
Nadie sabía a ciencia cierta cómo me sentía. La sensación de que algo se te escapa de las manos. El miedo a que esa persona ya no esté contigo, ya sea en el plano amistoso o en el romántico.
No quería perderlo. Era lo único que tenía claro.
Prefería mil veces seguir guardando mis sentimientos como si fueran nocivos para los dos. Pero no iba a negar que, cuando Cole soltó aquello, mi mundo colapsó para después reconstruirse y volverse más grande y brillante.
Aunque no hubiera dicho nada.
Aunque el miedo me hubiera paralizado hasta el punto de bloquearme, y las palabras que tanto ansiaba decir se hubieran muerto en mi interior.
Chiara me miró con seriedad, con sus ojos verdosos fijos en mí. Quería decir más cosas, lo notaba. Quería soltar todo lo que se le pasaba por la cabeza. Pero se contuvo.
Sabía hasta dónde podía llegar.
Y aunque la parte masoquista que tenía me pedía que la animara a decir más, mi parte sensata me decía que era mejor así.
Que no estaba preparada para la cruel realidad que venía.
—Bueno, sí... es verdad, somos unos estúpidos —empecé—. Pero es complicado...
Me cortó con una mirada.
—Lo hacéis complicado, pero no lo es. Tenéis ese absurdo miedo a perder la amistad, a perder esa parte de vosotros que tenéis en el otro. Pero la realidad es que, tarde o temprano, uno de los dos terminará cansándose y marchándose. Ya ha sido Cole. La próxima puedes ser tú... o él, pero de forma definitiva.
Hizo una pequeña pausa.
—Al actuar así, estás consiguiendo justo lo contrario: lo estás alejando de ti.
Un golpe se apoderó de mí.
Noté cómo mi cuerpo se tensaba casi de forma automática. Mi respiración se cortó y mis manos empezaron a temblar. Rápidamente, Chiara colocó sus manos delicadas sobre las mías.
—Relájate. Puedo entender la decisión de Cole. Quiere aclararse, quiere saber cómo lidiar con todo esto. No puedes culparle de nada, ¿lo sabes, verdad?
Asentí.
Sí, no podía culparle de nada. Yo había decidido callar cuando debía haber hablado.
Aquella escena aparecía una y otra vez en mi mente. Un recuerdo que se me había grabado a fuego, y que en esos momentos no ayudaba en absoluto a mi malestar, solo lo empeoraba.
Podía haber dicho tantas cosas.
Podía haberle besado. Abrazado.
Pero mi cobardía me lo había impedido.
No podía compadecerme más. Había cometido un error y, por consiguiente, eso implicaba una consecuencia.
La consecuencia había sido que Cole se hubiera ido sin mirar atrás.
—Quizás... —empecé.
Negó con la cabeza.
—Ahora mismo es mejor que le des el espacio que necesita. Deja que se tranquilice. Si vas ahora, solo conseguirás que su malestar aumente, porque todavía no está preparado para verte. Te lo repito: deja que se aclare. Ahora mismo nada de esto está en tu mano.