“No me arrepiento de haberlo dicho… me duele haberlo perdido.”-Cole
COLE
Cuando me levanté, al principio me sentí desorientado. Me costó situarme. Las paredes azul cielo y las luces colgantes captaron enseguida mi atención, y el pequeño balcón que daba al jardín me ubicó: estaba en casa de mi madre... bueno, en la casa de mi infancia.
El olor al suavizante que usaba mi madre inundó mis fosas nasales y, en ese instante, aunque momentáneo, noté cómo me relajaba a un nivel que no creía posible.
Apenas había dormido por la noche tras la charla con mi madre y el maratón de películas que nos habíamos dado. Había dado vueltas en la cama, asimilando mi situación actual.
Ya le había confesado a Esmeralda que me gustaba. No me había escondido. Y, aunque había sido una liberación, también había sido un castigo. No creía que hubiera sido lo más inteligente, aunque en esos momentos mi corazón estuviera más que agradecido. Pero mi mente, tortuosa, se burlaba de mí, diciéndome lo imbécil que era.
Gruñí de frustración y me levanté de la cama. Necesitaba un café, o dos quizás. Quería despejar la mente, que tanto me estaba atormentando.
Abrí la puerta con suavidad, temeroso de que mi madre estuviera descansando, pero cuando olí las tortitas que solía hacerme supe que estaba despierta.
Recorrí el pequeño pasillo y vi la puerta entreabierta de su habitación. Suspiré, sabiendo que era demasiado olvidadiza. Iba a cerrarla cuando me detuve en seco al ver lo que había dentro.
La cama estaba hecha.
Y eso me indicó que no había dormido allí esa noche... otra más en vela. O, quizás, había dormido en el salón.
Desde lo que le pasó a mi padre, mi madre no había tenido la valentía suficiente para dormir en la habitación de matrimonio, la que compartía con él.
Me adentré en la habitación.
Y noté cómo me picaban los ojos.
Una lágrima recorrió mi mejilla, pero me la quité rápidamente.
Lo que había provocado eso era ver el pijama de mi padre extendido sobre la cama, colocado con sumo cuidado. Ese de cuadros horrible que a él le encantaba.
También vi la fotografía de su boda. Y otra, en la mesita, en la que salíamos los tres cuando fuimos a pescar.
Eché un vistazo a la puerta y abrí el armario. Y, como supuse, la parte que le correspondía a mi padre estaba exactamente igual que él la dejó el día del accidente.
Algo me decía que las terapias que estaba tomando mi madre, aunque hiciera caso, no estaban surtiendo el efecto deseado.
Se me hizo un nudo en el estómago al pensar en el infierno que estaba viviendo.
Me quedé parado.
Los recuerdos de aquel fatídico día aparecieron en mi mente.
El olor a desinfectante del hospital.
Los médicos corriendo de un lado a otro.
Los gritos de mi madre. Sus súplicas.
Ladeé la cabeza.
No.
No quería pensar en eso. No quería recordar lo que vi, cómo reaccionó mi madre ni lo que pasó después.
Me negaba.
Tenía que ser fuerte por ella.
Bajé las escaleras más rápido de lo que pensé. Mi madre, que estaba cocinando, se sobresaltó ligeramente. Vi cómo apretaba con más fuerza la rasera con la que le daba la vuelta a las tortitas.
Entendía por qué estaba así.
Lo vi.
La manta grisácea en el sofá. Los cojines desordenados. Y la almohada, estirada sobre el sillón.
Miré la espalda de mi madre, erguida.
Vi el brillo reluciente de su alianza de matrimonio... y cómo se llevaba la mano al rostro.
Se había limpiado una lágrima.
La conocía demasiado bien.
—¡Buenos días, cielo! —se giró y forzó una sonrisa.
Una punzada se apoderó de mí.
Bueno... punzada era demasiado leve para lo que estaba sintiendo.
Era más bien como dagas atravesándome el cuerpo.
—Mamá, estás pálida... y tienes ojeras —me atreví a decir.
—Sí, he pasado una mala noche.
—¿Una? —dudé.
Ella apartó la mirada.
—Cole...
—Mamá, debemos hacer algo. No puedes seguir así —dije, cruzándome de brazos.
Alzó la cabeza.
Y, de nuevo, esbozó esa sonrisa que tanto detestaba.
—Lo sé. Mañana tengo sesión.
Eso me alivió.
Pero no lo suficiente.
Me senté en la mesa y ella me tendió el plato de tortitas. Se quitó el delantal y se sentó enfrente de mí. Estuvimos en silencio un rato, hasta que no pude callarme más y solté:
—Mamá, insisto, debemos hacer algo... no quiero perderte —dije con la voz temblorosa.
—No, cielo, no llores, mi vida —se apresuró a acercarse a mí—. Estoy bien. Ya no me estoy tomando las pastillas y estoy durmiendo sin ellas. Además, he escrito cómo me siento en un diario. Mañana se lo daré a la doctora Carson —sonrió.